Capítulo 3 El precio de una malteada
JENNIFER
Mi tío Adrian me lleva tras un mausoleo, me recuesta en el frío mármol, pone una mano en mi hombro y la otra en la pared.
—Mírame a los ojos —me pidió. —Respira conmigo.
Me concentro en sus ojos azules y trato de respirar correctamente.
—Lo peor ya pasó —susurró con voz tranquilizadora.
Afirmo con la cabeza como un acto reflejo, él trata de calmarme y mi parte racional sabe qué debo hacerle caso, pero no puedo dejar de llorar, no sale de mi mente el sonido de la pala introduciéndose en la tierra, cayendo sobre los ataúdes.
—Sufro de claustrofobia —mascullé y él asintió con la cabeza—. Creí que estaría preparada, quería… Yo quería despedirme, ellos murieron por mi culpa.
— ¡Shh! —Eso no es cierto —dijo y de nuevo me abraza muy fuerte.
Quiero creerle, escapar del terrible dolor, me dejo llevar por la agradable sensación de ser sostenida por un hombre.
Estos brazos no se sienten como los de mi papá. Despiertan en mí una sensación cruda.
El mármol frío en mi espalda contrasta con el calor de su pecho, y el aroma de su colonia es un bálsamo…
Mi cuerpo reacciona con un estremecimiento que no debo sentir, una descarga en mi vientre, un destello entre mis piernas. Algo prohibido que me hace olvidar que es mi tío.
Me reprendo de inmediato, horrorizada dejo caer mis brazos. ¿Cómo puedo pensar algo así en este momento, con mis padres bajo tierra?
Él dio dos pasos hacia atrás, veo a cualquier parte menos a él. Me siento demasiado avergonzada por lo que acabo de sentir. Entonces levanta mi barbilla para verme bien y yo muerdo mi labio inferior.
Él achica los ojos como si tuviera el poder de leer mis pensamientos.
¿Será que también sintió lo que yo?
—Vámonos de aquí —susurra con voz ronca.
Pestañeo varias veces sin saber qué pensar.
— ¿A dónde? Pero… ¿Y mi abuela?
—Ella sabe que estarás bien conmigo.
Me dejo llevar por él mientras trato de dar sentido a lo que ocurrió.
Muy fácil, mi mente como método de defensa envió dopamina y oxitocina para sacarme del sufrimiento de ver enterrar a mis padres. No soy una enferma, además jamás había sentido nada parecido, fue solo eso, química cerebral…
—Hace años, había una heladería cerca —dijo interrumpiendo mi autoanálisis—. ¿Te apetece una malteada? Dicen que es bueno para el alma.
Su mirada es luminosa. Solo quiere hacerme sentir bien. Es mi tío.
¡Es todo!…
—Me gustaría, gracias —respondí más tranquila.
Regresamos a la avenida que cuando llegué estaba llena de autos. Ahora solo había uno. Una camioneta Range Rover plateada, último modelo. Era de él.
—El alquiler debió salir muy costoso. ¿No tenían un auto más discreto?
Él me miró con el ceño fruncido.
—La camioneta no es alquilada, es mía.
Estoy confundida.
—Pensé que acababas de llegar.
Me abre la puerta del copiloto y no dice nada, da la vuelta y entra también, arranca, pero no quiero dejarlo pasar, así que insisto:
—Creí que vivías en Singapur.
—Es cierto —respondió concentrado en la carretera—. Sin embargo, tengo dos meses en New York.
¡Dos meses!
— ¿Y no pudiste venir en todo ese tiempo? —Merecido lo tendré si me llama entrometida, pero era raro, e injusto también.
—Estuve ocupado —respondió y es obvio que no diría nada más al respecto, pero como no me resisto ante una injusticia dejo caer sin ánimo de extenderme:
—Deberías visitar más a la abuela, ahora sin nosotros, se quedará muy sola.
Estaciona frente a un negocio que yo jamás hubiera elegido, su fachada es antigua, como si hubiera visto su mejor momento en los setenta.
— ¿A dónde irás tú?
— ¿Cómo? —No entiendo a qué se refiere por estar criticando el establecimiento al que me ha traído.
—Dijiste que mi mamá estará muy sola. ¿Cuáles son tus planes?
— ¡Oh! En realidad no me iré tan lejos, pero me mudaré a un departamento en Manhattan y entraré a estudiar en Juilliard.
—Entiendo…
Caminamos a la heladería en silencio.
— ¡Oh por Dios! No lo puedo creer —gritó una mujer detrás de la barra al vernos llegar. Mira a mi tío, embobada.
La mujer sale de detrás de la barra y se le tira encima, ambos sonríen abrazados y yo aquí, como el mal tercio.
—Lo lamento mucho Adrian, me enteré esta mañana —dijo ella con pesar.
Él se pone serio y me mira.
—Ella es mi sobrina, la hija de Sebastian.
Ella me sonríe y no sé por qué, pero de inmediato me cae mal.
— ¿Cómo es que aún estás aquí, Viviana? —Le preguntó mi tío, muy interesado.
—Mi papá tuvo una enfermedad larga y desgastante —respondió acongojada—, muchas veces le dije que vendiera. Ahora que murió quedé endeudada y no soy capaz de vender. Es todo lo que me queda de él.
Por todos los cielos, ve a Adrian como la gallina de los huevos de oro, pero el muy estúpido no se da cuenta, estira la mano y toma la de ella.
—Lamento mucho lo de tu padre, Viviana.
La aprovechada sonríe limpiándose los ojos… ¡Bah!, estoy resistiendo las ganas de poner mis ojos en blanco.
—No te preocupes, no hablemos de cosas deprimentes. ¿Qué desean? —dijo como buena comerciante.
—Para mi sobrina, una malteada de chocolate, para mí un café.
—En seguida —respondió y se ocupa del pedido.
—Pensé que querrías malteada —dije solo para él.
—Debo cuidarme.
—Hubieras pedido café para ambos, yo también me cuido.
—No tienes por qué hacerlo, eres una niña —justo en ese momento regresó la señorita tragedia con una malteada de chocolate coronada por crema batida y una cereza, la puso frente a mí.
—Y para los adultos, café —dijo y colocó un par de tazas, ignorándome por completo.
Pero qué maleducada la arribista.
—Si me ve como una niña es que se percibe a sí misma como una anciana —solté con ironía. Detesto que me digan niña, por si no había quedado claro.
Adrian me mira alzando una ceja.
—Pues luces exquisita, Viviana, como siempre —le dijo mirándome con expresión desafiante. Como no continuo la mira—. No me digas que te sientes como una anciana, pues soy mayor que tú.
Ambos se echan a reír como idiotas. Me limito a beber mi malteada.
Entran unos clientes y la caza fortuna tiene que ir a atenderlos.
— ¿Verdad que es muy buena? —Me preguntó Adrian.
— ¿La malteada o tu novia? —Frunce el ceño ante mi sarcasmo.
— ¿Siempre eres tan maleducada?
— ¿Cuándo fui maleducada?
Él alza las cejas con ironía.
—Ella lo fue primero —dije como defensa—. Me llamó niña.
—Lo eres —me dijo con obviedad.
—Pues no lo soy. Y si lo fuera, entonces ustedes son dos ancianos babosos. Ella queriendo quitarte tu dinero, y tú tonto que no te das cuenta.
—Claro que no…
—Como sea, no es mi problema.
Tomo de mi malteada y casi me echo a reír al verlo fruncir el ceño. Le he dado en qué pensar.
— ¿Por qué lo dices?
—Es obvio —dije levantando los hombros.
—Si lo sacas como conclusión por este momento, déjame decirte que no la conoces.
Me acerco como para decir un secreto y lo miro con un puchero, inclinando mi rostro en actitud desvalida y digo con voz ronca:
—Desde que murió mi padre estoy aquí, sola, con muchas deudas y una heladería que se cae a pedazos. Tú eres soltero, rico ¿quisieras ayudarme a cambio de sexo desenfrenado?
Su mirada me hace sentir que acabo de cruzar una línea.
