Capítulo 4 Un ejemplo depravado
JENNIFER
Él pestañea varias veces y espabila echando la cara hacia atrás y yo sonrío. De verdad que he disfrutado viéndolo ponerse rojo, toma la taza y mira a todas partes.
Quiero seguir pinchando a mi tío, pero entonces miro hacia la puerta cuando la campanilla suena porque ha entrado alguien y mi corazón salta dentro de mi pecho.
Es Richard Calhoun, me quedo estática, y él al verme sonríe de medio lado y alza la mano. Me ha reconocido, mi corazón salta de gozo.
— ¿Quién es ese hombre? —Pregunta mi tío.
—Un profesor —respondo.
Mi tío se levanta buscando su billetera.
—Iré a pagar, espérame en el auto.
Ubico a Richard con la mirada y está mirándome, yo le sonrío, o eso creo que hago, el hombre me pone tan nerviosa.
Camino fuera de la heladería y antes de llegar al Range Rover escucho que me llaman. Me giro y es Richard que ha salido detrás de mí.
De repente tengo la extraña sensación de que estoy flotando, él se acerca y mete las manos en los bolsillos.
—Lo siento mucho. Vi la noticia en los periódicos.
—Gracias —me satisface de que haya pensado en mí, no quiero despedirme tan pronto, me devano los sesos pensando en cómo continuar conversando—. ¿Y qué haces por aquí?
Él sonríe con picardía y desvía la mirada.
—Cosas —responde subiendo los hombros—. Bueno, ya es bastante incorrecto perseguir a las alumnas, no debería...
—Aún no soy tu alumna —le interrumpí con el corazón a millón.
Mira mis ojos tal y como lo he soñado.
—No, aun no lo eres —respondió en voz baja—. Pero mejor me voy, porque no estás sola…
—Él es…
—Sí, imagino que un familiar. No tienes permitido salir con cualquiera.
Me quedo en blanco.
— ¿Qué quieres decir?
Él sonríe y se pasa una mano por la cabeza.
—Eres de clase privilegiada, protegida… Fuera de alcance.
Wow. ¿Él me quiere tener al alcance? Quiero responderle que estoy a su alcance y a su entera disposición, pero obvio no lo haré. ¿Entonces qué le digo?
—Bueno, nos vemos en el conservatorio en unos días —me dice a modo de despedida y yo no quiero que se vaya, pero mi tío está saliendo ya de la heladería.
¿Qué hago?
—No soy inalcanzable —dije, y he sonado tan patética que quiero darme una patada, debo arreglarlo antes que llegue mi tío que ya nos está mirando con el ceño fruncido—. De hecho hoy vine a tomar una malteada con un amigo.
Richard inclina la cabeza alzando las cejas.
Las palabras salieron de forma impulsiva, no lo analicé, solo lo dije. Quise parecer audaz, una mujer que sabe lo que quiere, pero lo que escuché fue la voz de una niña jugando a ser adulta.
— ¿Un amigo? Es un poco mayor para ti, tus amigos deberían ser chicos de tu edad
—No me gustan los jóvenes de mi edad —mascullé sintiéndome aun mal por la mentira.
Richard voltea y ve a mi tío en camino.
—Bien… Entonces quizás podamos tomarnos un café en algún momento —dijo ofreciéndome su teléfono móvil.
Pues la victoria es de los audaces, puede que no haya sido correcto, pero aquí estoy dando mi número a Richard Calhoun. Le entregué el teléfono y llega mi tío.
—Buenas —dijo muy serio.
—Buenas —respondió Richard, luego me mira—. Nos vemos Jennifer, y mis condolencias una vez más —añadió y tomó mi mano helada entre ambas de él un instante más del necesario.
—Gracias Richard —respondí y lo veo alejarse con una sonrisa en mis labios.
—Los profesores de instituto son tan… ¿familiares? —Me dice mi tío sin quitar la vista de Richard que regresa a la heladería.
— ¿Te parece que me ha tratado con familiaridad? —Pregunté con un poquitín más de emoción de la que planeé que sonara.
—Con demasiada familiaridad —responde hosco mientras me abre la puerta de la camioneta.
No puedo creerlo. Subo a la camioneta y escucho el impacto de su puerta. Acaba de tirarla. Lo veo y sigue con el ceño fruncido.
—Seguro son ideas tuyas —comento para que lo olvide. Si tuviera a mi mamá, podría hablar con ella, siempre fuimos unidas y sinceras como amigas.
— ¿Y por qué tanta sonrisa? Se supone que estabas triste —el comentario tan mezquino me arranca de mis pensamientos.
Me mira y pasa una mano por su cabello, espero que se disculpe, pero no lo hace.
—No me conoces, no tienes derecho a juzgar mis sentimientos —escupí llena de veneno.
—Puedo entender que a tu edad las hormonas nos dominan, pero tendrás que madurar, porque eres una heredera con mucho dinero. Muchos querrán aprovecharse de ti…
—Él solo fue amable —le interrumpo molesta.
—Fue más que eso, y es un profesor —aprieta el volante y sin verme siquiera continua—. Además, no deberías andar de risitas con él.
¡¿Qué?!
—Yo no andaba de risitas.
Fija sus ojos azules inescrutables en mí y me pregunta:
— ¿Acaso no te gusta?
Siento como la sangre sube a mi rostro, desvió la mirada a la carretera y dejo caer mi cabello como cortina entre ambos, él resopla de una manera despreciable.
—Ese no es tu problema —acentué con seguridad.
—Deberían gustarte los chicos de tu edad. No los profesores manipuladores interesados en tu herencia.
—No tienes pruebas para asegurar eso.
—Tú me advertiste lo mismo con Viviana —me arrojó con desprecio. Ahora soy yo la que resoplo de una manera infantil. Debo recordar no hacerlo delante de él que me cree una niñita.
Me siento correctamente y digo de manera pragmática imitando la actitud de mi padre:
—Traté de hacerte un favor, esa es una mosca muerta…
—Pues te devuelvo el favor. Ese es un degenerado.
—Parece que estuvieras celoso.
¿Por qué dije eso? Siempre hablando sin pensar.
Su carcajada fue ofensiva.
—No soy un degenerado como tu profesor.
— ¡No lo es! —Grité indignada, y con dificultad me abstengo de seguir defendiéndolo para no dar poder a su argumento. Richard es un hombre que podría tener la mujer que quiera, pero demostró interés en mí.
Respiro profundo y me digo:
«Recuerda, debes mantener el pragmatismo de una mujer y no las rabietas de una niña».
Es un sabio consejo de mi padre ante las situaciones que me arrancan respuestas viscerales.
—Y si yo le gusto, no hay problema, soy una mujer y él un hombre…
—Muy mayor para ti.
— ¿Quién lo dice?
—La lógica…
Solté una risa burlesca como la suya.
—La lógica dice que para gusto colores. No como con nosotros, por ejemplo, tú y yo somos familia.
Me arrepentí del ejemplo, la verdad sí se escuchó muy depravado. El semáforo cambia a rojo y él aprovecha para quedarse mirándome.
— ¿Por qué me pones de ejemplo?
«Resiste su escrutinio, mantente serena».
—Porque eres un hombre mayor para mí, guapo, que acabo de conocer. La moral indica que no puede haber nada entre nosotros porque somos familia. Pero la lógica indica que no hay obstáculos. La edad son solo números.
Creo que sonó bastante pragmático, él frunce el ceño e inclina la cabeza sin dejar de mirarme.
— ¿Y entonces asumes que me gustas como mujer?
