Capítulo 5 Cosas que no debería sentir
JENNIFER
¿Cómo contestar a semejante pregunta?
La pregunta está por completo fuera de lugar. No debería habérmela hecho, no debería mirarme como lo hace.
Es algo prohibido.
El semáforo sigue en rojo, pero el mundo parece haberse detenido solo para nosotros dos. Adrian no sonríe. Tampoco se enfurece. Solo me mira, y eso es lo que más me inquieta.
Sus dedos se aferran al volante con más fuerza de la necesaria y yo me siento como un animalito enjaulado. Aunque lo que siento no es miedo a que me dañe. La verdad no tengo experiencia previa, pero una vez más estoy segura que esto que siento no debería sentirlo, y la pregunta es: ¿Él también lo está sintiendo?
— ¿No vas a responderme? —Me preguntó sin dejar de observarme fijamente.
—Creí que era una pregunta retórica. Porque obviamente no puedo gustarte como mujer.
No me responde de inmediato. Me observa como si estuviera calibrando algo, mi ritmo cardiaco se acelera y presiento que me dirá algo para lo que no estoy preparada.
—No —dice al fin, con voz serena—. Pero has creído que sí. Porque no sabes distinguir el interés real y una representación bien ejecutada.
Me vuelvo hacia él, ofendida.
— ¿Estás diciendo que Richard finge interés en mí? ¿Acaso no soy lo suficientemente interesante para llamar la atención de un hombre?
Su mandíbula se tensa, puedo verlo, he podido resquebrajar su máscara de autocontrol.
—Estoy diciendo —responde, soltando el volante solo para girar ligeramente hacia mí— que hay hombres que saben exactamente qué decir, cuándo mirar y cómo inclinar la cabeza para provocar una reacción. Y hay mujeres jóvenes que confunden eso con algo auténtico.
Su cercanía me toma por sorpresa. No me ha tocado, pero lo siento demasiado cerca, incluso puedo sentir el ligero aroma de café en su aliento, su colonia, su respiración. El calor que emana de su cuerpo invade mi espacio y mis pensamientos.
Mojo mis labios resecos y digo en voz baja:
— ¿Y cómo sabes que no soy capaz de notar la diferencia? —Le reto intentando sonar segura de lo que digo.
Adrian ladea la cabeza. Sus labios se curvan apenas, no en una sonrisa, es algo más peligroso. Está tan cerca que puedo ver sus pupilas agrandadas haciendo ver sus ojos oscuros.
Y su boca, ay qué boca más atractiva. No puedo resistir morderme mis propios labios.
¿Qué demonios está pasando?
—Puedo hacerlo yo también —me susurró a centímetros de mi boca.
« ¿Y qué es lo que quieres hacer?»
Por un momento creí que había hecho la pregunta en voz alta, pero sigo en silencio, o más bien en shock.
Se inclina un poco más. No invade del todo mi espacio, pero lo suficiente para que mi espalda se pegue al asiento. De repente, siento que me falta el aire de nuevo, quizás esté a punto de tener otro ataque de pánico, pero muy diferente.
Esto no puede estar pasando.
—Mírame, Jennifer —dijo en voz baja y ay de mí… Lo miro porque estoy por completo hipnotizada por su voz ronca—. Imagina que no soy tu tío. Imagina que soy solo un hombre.
Mi corazón comienza a latir con violencia. No debería estar escuchándolo. No debería dejarlo continuar. Pero no puedo apartar la mirada.
—Un hombre mayor —continúa—, seguro de sí mismo, que sabe que eres hermosa, vulnerable, impresionable. Que nota cómo se te acelera la respiración cuando alguien te presta atención.
Trago saliva. Siento un nudo en el estómago.
—Un hombre que podría decirte —añade, acercando su rostro lo justo para que su voz me roce la piel del cuello— que te ve, que te desea, que te encuentra fascinante… y hacerte creer cada palabra.
El semáforo sigue en rojo. Nadie toca la bocina. El mundo no interviene.
— ¿Ves lo fácil que es? —susurra—. ¿Ves por qué la lógica sabe protegerte más que la moral?
¿Qué?
Sus ojos bajan un instante a mis labios. Y eso me desarma.
Me besará, quiero que lo haga.
—Esto —dice, separándose apenas— es actuación. Control. Teatro.
Se aleja unos centímetros de mí y sonríe, pero su respiración está alterada. Y yo lo noto. Hemos tenido un extraño momento y no solo fueron cosas mías, a él le afectó y quiero que lo reconozca.
—Entonces… —repliqué, aunque con voz temblorosa— ¿por qué no parece que tengas tanto control?
Sus ojos regresan a los míos, oscuros, tensos. Y por un segundo puedo verlo.
Duda, deseo…
El semáforo cambia a verde.
Adrian se endereza de golpe, vuelve al volante y arranca sin mirarme.
—Jennifer, entiende algo —dice con la frialdad recuperada—. Incluso los hombres maduros pueden cometer errores si olvidan su lugar. Espero que hayas aprendido la lección. Debes enfrentarte a un mundo despiadado y tienes mucho que perder. ¿Has entendido?
Crucé mis brazos y miré fijamente la carretera, si pretendía darme una lección, solamente ha conseguido enfurecerme. En definitiva es un hombre frío, severo y… mi cuerpo sigue ardiendo donde nunca me tocó.
El resto del camino a casa de mi abuela transcurre en silencio.
Mi abuela nos espera en el pórtico, me abraza y acaricia mi cabello.
— ¿A dónde te ha llevado tu tío?
—Me invitó una malteada —respondí en voz baja, no me atrevo a mirarlo, pues siento que atravesé una especie de portal interdimensional desde que tomé la malteada hasta este momento.
—Me alegro que se lleven bien.
—Me conseguí con Viviana —dijo él—. No sabía que su padre había muerto.
—Un infarto, su pobre esposa estaba muy afectada. Viviana lo dejó todo y vino a hacerse cargo del negocio y su madre.
—Sí, es una mujer muy capaz —respondió él con tono meloso.
No me gusta, no sé por qué, pero no me gusta.
Mi abuela dirige su atención a mí.
—He mandado a acomodar tus cosas en la vieja habitación de Adrian. Allí estarás cómoda.
Me atreví a mirar a Adrian.
— ¿No te quedarás? —pregunté en tono neutro.
Él tiene las manos en los bolsillos y una vez más tiene el ceño fruncido, niega con la cabeza.
—Me quedaré en la ciudad, debo ir a la empresa muy temprano a preparar todo para la lectura del testamento.
Mi abuela me aprieta entre sus brazos.
—Despídete de tu tío, querida.
Yo lo miro y no sé cómo debo tratarlo, no me nace un trato familiar, pero es que ha sido muy tosco, quizás debería tratar de ser amable para que las cosas no queden tan raras. Decido hacerle una broma.
— ¿Algo en la habitación que no deba ver?
—Si quieres jugar con mis soldados de guerra, adelante.
Imbécil…
En definitiva me cae muy mal y jamás llegaré a amarlo como a un tío.
—Bueno, que descanses. Adiós —le digo a él.
—Hasta mañana Jennifer.
—Mi chofer nos llevará para la lectura del testamento, estamos contigo mi niña —me consuela mi abuela llena de amor. Le doy un beso y al llegar a la escalera siento su mirada en mí. Giró la cabeza y puedo verlo frente a mi abuela. Habla con ella, pero está mirándome
Entiendo, demasiado tarde, que su lección no me alejó del peligro.
Lo definió.
Adrian Cameron es peligroso para mí.
