Capítulo 6 Tutor forzado
ADRIAN
“Señor Cameron, lo esperan en la sala de juntas”
La voz de mi nueva secretaria me saca de mis pensamientos, pulso el botón del intercomunicador y le indicó que iré en un momento.
No quisiera estar aquí, Sebastian debió formar una mesa directiva y dejarme a mí con mi vida. ¿Será que ella se lo pidió? Bueno… Quizás cuando lo dispuso no tenía idea de que podría pasar.
Me fui hace tantos años de mi país, alejado de mi hogar, de mi madre y mis amigos para evitar enfrentamientos con mi hermano. Lo quería, en realidad lo hacía, pero no pude perdonarlo. Ahora me preguntó:
¿Valía la pena?
Hasta qué punto mi arrebato fue por lo que él dijo la última vez que nos vimos: “experiencia y madurez, por eso no podrás igualarme jamás. Te llevo ventaja”.
Mi hermano era brutalmente lógico, y aunque me pese, en muchas cosas fue mi mentor.
Como en los negocios, no sería quien soy de no ser por él y su absurda competitividad. Pues ya no está para ser superior, entonces significa que gané. ¿Qué se supone que gané?
Me asomo a la pared de cristal. Abajo, muy abajo, se ven los humildes mortales. Todo este edificio es un templo a la arrogancia de mi hermano.
—Sebastian se sentía aquí seguramente como un dios.
Y ahora yo debo tomar su lugar en su empresa. No… qué va.
No viviré a su sombra.
No necesito nada de esto, a distancia dirigiré la empresa hasta nombrar una mesa directiva que se encargue de todo.
Tomo aire, acomodo mi corbata, mi saco, y camino a la sala de reuniones. A escuchar el testamento.
Allí solo estaban mi madre y Jennifer.
Mi madre me sonríe y yo me acerco a besar su mejilla, miro a mi sobrina y ella se mantiene mirando la ventana ignorando mi presencia.
Casi me rio. La malcriada tiene la arrogancia del padre. Y el encanto de la madre.
Existen mujeres con una capacidad inquietante para alterar el equilibrio de un hombre sin mover un dedo.
Jennifer era una de ellas, aunque no lo supiera manejar aun. Ponerla en su sitio anoche me costó mucho, y es que debo reconocer que no es fácil obviarla.
Ayer después de dejarla con mi madre, estuve pensando en mi reacción ante ella y llegué a una conclusión:
Me afectó porque es hija de Delilah. Aunque no se parece a ella físicamente, el magnetismo debe ser hereditario.
Jennifer es rubia, sus ojos son verdes, Delilah en cambio tenía ojos color marrón claro y su cabello era negro como la tinta, contrastaba con su piel blanca como porcelana. Solo tenía pecas en los hombros, manchitas doradas que me…
¡Por todo lo que es sagrado!, no puedo tener estos pensamientos. Era mi cuñada, mi cuñada muerta.
El abogado miró su reloj, acomodó sus papeles.
—Ahora leeré la voluntad de mis clientes y amigos, Sebastian Cameron y Delilah De Cameron:
—Por disposición del señor Cameron, el cargo de CEO es pasa a su hermano, Adrian Cameron.
No me sorprendió. Había venido preparado para eso. Tomar el timón unos meses, estabilizar la compañía.
El abogado comenzó a enumerar las propiedades que irían a la caridad de Delilah, una buena parte a mi mamá, era lo usual para una fortuna tan grande como la de mi hermano y que solo tenía una heredera, entonces el abogado pidió atención.
—Ahora quiero recalcar que la heredera universal es de su única hija: Jennifer Claire Cameron. Sin embargo. Todos los activos quedan bajo la administración de Adrian Cameron.
¿Cómo? Me quedé sin palabras.
—Hasta que la joven cumpla veinticinco años o contraiga matrimonio, siempre y cuando Adrian Cameron lo apruebe.
— ¡¿Qué?! —Preguntó Jennifer, se ve confundida y yo no puedo estar menos—. ¿Abuela, sabías de esto?
Mi madre negó con la cabeza.
— ¡No es justo! —Exclamó Jennifer.
—Estoy de acuerdo —dije muy seguro y ella me miró con desconfianza.
—No me quedaré lo suficiente —aclaré—, puedo guiarla, estar al pendiente de sus inversiones, pero es su dinero. No quiero esa responsabilidad.
El abogado se aclaró la garganta de nuevo y sacó un sobre distinto, estaba firmado a puño y letra, y claro que conocía la caligrafía. Era la letra de Delilah.
—La última voluntad de Delilah De Cameron, puede darle algo de claridad, señor Adrian.
No quería tomarla, era muy duro saber que ella pensó en mí, que me dejó una carta.
El abogado la sostenía para que la tomara.
—Hijo, tómala —susurró mi madre.
Aflojé el nudo de mi corbata, sentía que me costaba respirar con normalidad. Tomé el sobre. Aunque quisiera leerla a solas, sé que si salgo de aquí la arrojaré al Hudson.
Suspiro, me levanto y les doy la espalda a todos para leerla.
“Adrian, si estás leyendo esto es porque ni Sebastian ni yo estamos en este mundo.
Me he percatado de que si no estamos, mi hija queda con pocas opciones. Olivia, tu mamá, sé que la cuidará con amor, pero te necesitará a ti.
A pesar de la distancia entre nosotros, siempre he sabido que eres un hombre con un enorme corazón. No es justo dejarte esta responsabilidad, lo sé. Pero nuestra fortuna es demasiado grande, y mi hija demasiado sensible. Jennifer vive para el arte, para la música, y me aterra pensar que su fortuna se pueda convertir en un ancla que la hunda en vez de ayudarla. Por eso si nosotros no estamos, quiero que tú seas quien la proteja. Que seas más que un administrador. Que seas su guía y tutor.
Te confío mi más grande fortuna, mi hija adorada. Perdóname, sé que no te lo he puesto fácil, pero debes prometérmelo. Aunque no quieras hacerlo por mí, hazlo entonces por ella que es inocente.
Delilah…
Doblé la carta en silencio. Maldita Delilah, no era justa, mira que arrancarme una promesa póstuma.
No era solo un cargo, no era solo dinero.
Era su hija.
No vine para esto. La última voluntad de Delilah era cuidar la jaula de oro de su hija.
Un guardián forzado.
Todo muy lógico y sensato en papel. Salvo por un pequeño detalle:
También me había puesto dentro de la jaula.
