Capítulo 1 1

―No pienso quedarme más de tres días.

La agente inmobiliaria sonrió como si hubiera escuchado esa frase mil veces.

―Eso dicen todos cuando vuelven a Bahía Umbría.

―Yo no he vuelto. Solo vine a vender.

El cartel de bienvenida al pueblo seguía torcido junto a la carretera. La pintura azul estaba descascarada y alguien había añadido una gaviota obscena con marcador negro.

Nada cambiaba.

Yo sí.

O al menos eso llevaba ocho años repitiéndome.

Conduje hasta la casa de mi abuela con las manos apretadas alrededor del volante. El mar aparecía entre los árboles, gris y enfadado. La lluvia golpeaba el parabrisas con esa insistencia que recordaba demasiado bien.

La casa seguía al final de la calle.

Y la de al lado también.

No miré.

Miré.

Maldita sea.

Un hombre estaba agachado junto a la cerca que separaba ambas propiedades. Camiseta oscura, vaqueros mojados, espalda ancha. Sostenía una tabla con una mano mientras clavaba algo con la otra.

Reconocí sus hombros antes que su cara.

Mi cuerpo también.

Traidor.

Apagué el motor.

Kael Norwood levantó la cabeza.

Ocho años desaparecieron con una eficiencia insultante.

Seguía teniendo el cabello negro, solo que más corto. La mandíbula más marcada. Una cicatriz pequeña junto al mentón que no recordaba. Y esa forma de mirar como si pudiera desmontarte sin tocarte.

Yo había imaginado este momento cientos de veces.

En ninguna versión llevaba él una camiseta pegada al torso por la lluvia.

―Perfecto ―murmuré.

Salí del coche.

Kael dejó el martillo sobre el césped.

―Iria.

Su voz seguía siendo baja.

También seguía provocando cosas que no había autorizado.

―Esa cerca está dentro de mi terreno.

Él miró la cerca.

Luego a mí.

―Buenos días para ti también.

―Muévela.

―Lleva quince años ahí.

―Entonces has tenido quince años para equivocarte.

Una esquina de su boca se movió.

Odié recordar exactamente cómo sabía esa boca.

La última vez que la había besado yo tenía diecinueve años y suficiente estupidez para creer que una noche podía convertirse en una vida.

A la mañana siguiente Kael me explicó lo contrario.

Anoche quería acostarme contigo. Eso es todo.

No había olvidado una sola palabra.

―Sigues discutiendo antes de saludar ―dijo.

―Y tú sigues reparando cosas que nadie te pidió.

―Tu abuela sí me lo pidió.

Eso me frenó.

―¿Cuándo?

―Hace dos semanas.

Dos semanas.

Antes de morir.

El dolor llegó sin aviso.

Aparté la mirada.

―No sabía que seguían hablando.

―Hablábamos.

―Qué bien.

Kael frunció el ceño.

―Iria.

―No empieces.

―No he empezado nada.

―Esa es una de tus especialidades.

Silencio.

Su expresión cambió apenas.

Bien.

Que doliera.

Yo llevaba ocho años cargando la parte que me correspondía.

Abrí el maletero y saqué una caja.

Kael apareció a mi lado.

―Dámela.

―No.

―Pesa demasiado.

―Sorprendente. Pensé que habías perdido la capacidad de preocuparte por mí.

Sus dedos se cerraron alrededor del borde de la caja.

Los míos también.

Quedamos demasiado cerca.

La lluvia resbalaba por su cuello y desaparecía debajo de la camiseta. Mi cerebro, claramente afectado por el regreso, siguió el recorrido.

Kael bajó los ojos hacia mi boca.

Mi pulso dio un salto.

Él sonrió.

No mucho.

Lo suficiente.

―¿Qué?

―Nada.

―Estás sonriendo.

―Tú estás mirando.

Solté la caja.

Casi se le cayó.

―Eso te pasa por presumido.

―Eso me pasa por olvidar que eres peligrosa con objetos domésticos.

―Todavía no has visto nada.

Kael levantó la caja como si pesara papel.

Lo seguí hacia la casa.

―No te invité.

―La puerta está abierta.

―Eso no convierte esto en tu casa.

Se detuvo bajo el porche.

―Nunca dije que lo fuera.

Otra frase con demasiado peso.

Saqué las llaves del bolso.

La cerradura se atascó.

Por supuesto.

Empujé.

Nada.

Kael esperó detrás.

―Ni se te ocurra.

―No he dicho nada.

―Lo estás pensando.

―Estoy pensando que la puerta siempre se atasca con humedad.

―Puedo sola.

―Sé que puedes.

Forcejeé otros veinte segundos.

La llave no giró.

―Bien. Hazlo.

Kael se acercó.

Su pecho rozó mi espalda.

No debía haberlo notado.

Lo noté.

Mucho.

Su mano cubrió la mía sobre la llave.

Caliente.

Demasiado caliente.

―Estás ardiendo.

Él se quedó quieto.

―¿Qué?

―Tu mano.

―Siempre he tenido temperatura alta.

―No así.

―Hace frío.

―Eso no tiene ningún sentido.

Kael giró la llave con un movimiento suave.

La puerta cedió.

―Ya puedes apartarte.

―Claro.

No lo hizo inmediatamente.

Un segundo.

Dos.

Sentí su respiración cerca de mi oído.

―Kael.

―Iria.

―Estás demasiado cerca.

―Tú también.

Me giré.

Error.

Su cara quedó a centímetros de la mía.

Ocho años y mi cuerpo seguía reconociéndolo mejor que mi orgullo.

Su mirada bajó.

Mi boca recordó antes que yo.

Retrocedí.

―No vuelvas a hacer eso.

―¿Qué cosa?

―Mirarme como si...

Me callé.

―¿Como si qué?

―Como si tuvieras derecho.

La expresión de Kael se endureció.

―Nunca lo tuve.

Eso sí me dolió.

Tomé la caja de sus manos.

―Al fin estamos de acuerdo.

Entré.

La casa olía a madera, romero seco y ausencia.

Las plantas de mi abuela seguían alineadas junto a la ventana. Su taza favorita estaba boca abajo junto al fregadero. Había dejado una chaqueta colgada detrás de la puerta.

Tuve que respirar por la boca.

Kael permaneció en el umbral.

―Puedo irme.

―Hazlo.

No se movió.

―¿Qué?

―Nada.

―Kael.

―Tu abuela me pidió otra cosa.

Lo miré.

―¿Qué cosa?

Sacó una llave del bolsillo.

La reconocí.

La copia de emergencia.

―Dijo que si volvías, me asegurara de que la casa estuviera habitable.

―Devuélvemela.

Kael sostuvo la llave entre dos dedos.

―Es tuya.

Fui por ella.

Sus dedos rozaron los míos.

Otra descarga absurda me recorrió el brazo.

Kael inhaló.

Muy despacio.

Lo miré.

―¿Qué fue eso?

―Nada.

―Otra vez esa respuesta.

―Otra vez esa pregunta.

Le arranqué la llave.

―Ya puedes irte.

―Iria.

―¿Qué?

―No salgas esta noche.

Me reí.

―¿Ahora también das órdenes?

―No.

Su cara había cambiado.

Nada de humor.

Nada de provocación.

―Entonces explícate.

Kael miró hacia el bosque detrás de la casa.

―Cierra ventanas. Puertas. Todo.

―¿Por qué?

―Porque hubo otro animal muerto cerca del acantilado.

―¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

―Nada, si haces lo que te digo.

―Excelente manera de conseguir que haga exactamente lo contrario.

Kael me miró.

―Lo sé.

Se marchó bajo la lluvia.

Cerré la puerta.

Dos horas después había abierto seis cajas, llorado una vez y encontrado una botella de vino demasiado vieja para ser legal.

A las once escuché el primer golpe.

Seco.

Contra la ventana trasera.

Me quedé inmóvil.

Otro golpe.

Después un arañazo.

Tomé el atizador de la chimenea.

―Genial.

Fui hasta la cocina.

La ventana estaba abierta.

Yo recordaba haberla cerrado.

Un olor extraño entró con el viento.

Metal.

Tierra mojada.

Algo se movió afuera.

Levanté el atizador.

Entonces escuché pasos dentro de la casa.

No fuera.

Dentro.

Mi respiración se detuvo.

Una sombra cruzó el pasillo.

Retrocedí.

La puerta principal se abrió de golpe.

Kael entró empapado, respirando fuerte.

Sus ojos parecieron extrañamente claros en la oscuridad.

―¿Estás sola?

―¿Qué demonios haces aquí?

Kael olió el aire.

De verdad.

Como un animal.

Luego me miró.

No preguntó quién había entrado.

No preguntó si faltaba algo.

Su voz salió baja y peligrosa.

―Iria, dime ahora mismo si eso que estuvo aquí llegó a tocarte.

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