Capítulo 10 10

―Iria, soy Matías. ¿Puedo pasar?

Kael me miró.

Yo miré la puerta.

―Qué puntual.

―No lo invité ―dije.

―Eso mejora muchísimo mi humor.

―No parece.

―Estoy haciendo un esfuerzo heroico.

―Tu cara parece a punto de demandar a alguien.

Matías volvió a golpear.

―¿Iria?

Fui hacia la puerta.

Kael habló detrás de mí.

―Tu metro.

Me giré.

―¿Perdón?

―Naira dijo un metro.

―Ahora te preocupa la ciencia.

―Muchísimo.

Abrí.

Matías estaba bajo el porche con el cabello húmedo, una chaqueta azul y una bolsa de papel en una mano.

Durante un segundo olvidé lo raro que era verlo allí.

Después sonrió.

―Hola.

―Hola.

Me abrazó.

Fue breve.

Normal.

Detrás de mí, una olla golpeó contra algo.

Matías levantó la vista por encima de mi hombro.

―Kael.

―Matías.

Eso fue todo.

Dos hombres adultos demostrando siglos de evolución.

Me separé.

―¿Qué haces aquí?

―El proyecto del hotel del puerto adelantó reuniones. Vi tu coche al pasar y pensé que quizá necesitabas ayuda con la casa.

Levantó la bolsa.

―Traje cena.

Desde la cocina llegó la voz de Kael.

―Ya estamos cocinando.

Matías miró hacia dentro.

―Veo.

Yo cerré los ojos un segundo.

―Pasa.

Kael dejó de mover la pasta.

―Claro. Que pase.

―Gracias por tu entusiasmo ―dije.

―Soy un anfitrión excelente.

―Esta ni siquiera es mi casa ―murmuré.

Matías entró.

Su mirada bajó a mis botas junto a las de Kael, luego a la ropa secándose cerca del radiador.

No dijo nada.

Lo conocía lo suficiente para saber que había registrado cada detalle.

―La ventana de mi casa se rompió ―expliqué.

―¿Por la tormenta?

Kael respondió antes que yo.

―Algo así.

Lo miré.

―Puedo hablar.

―Lo sé.

Matías arqueó una ceja.

―Veo que siguen llevándose igual.

―Peor ―dijimos Kael y yo al mismo tiempo.

Matías sonrió.

―Eso sí lo recuerdo.

Odié que lo recordara.

También odié que Kael dejara la cuchara sobre la encimera con demasiada calma.

―¿Quieres vino? ―pregunté.

―Si tienes.

―Yo tengo ―dijo Kael.

―Qué previsión.

Kael abrió una botella.

―Vivo aquí.

Matías tomó el vaso que le ofreció.

―Cierto.

Me senté en la barra.

Kael sirvió tres platos.

―¿Te quedas a cenar?

La pregunta sonó educada.

Sospechosamente educada.

Matías me miró.

―Solo si no interrumpo.

―Interrumpes ―dijo Kael.

Le di una patada en la espinilla.

―No interrumpes.

Kael me miró.

―Violencia doméstica.

―Ni siquiera somos domésticos.

―Eso ha dolido más que la patada.

Matías soltó una risa.

Me sorprendió.

Kael también pareció molesto porque le había hecho gracia.

Nos sentamos.

Los primeros minutos fueron demasiado normales.

Matías habló del hotel. Yo de la venta de la casa. Kael comió en silencio hasta que Matías preguntó:

―¿Ya firmaste con la inmobiliaria?

―Todavía no.

Kael levantó la vista.

―Pensé que querías vender en tres días.

―Y yo pensé que sabías no escuchar conversaciones ajenas.

―Mi cocina mide cuatro metros.

Matías me miró.

―¿Cambiaste de idea?

―Todavía no sé.

Kael dejó el tenedor.

Su reacción fue mínima.

La escuché igual.

―Creí que volver aquí sería entrar, vaciar, firmar y salir ―continué―. Resultó más complicado.

Matías miró a Kael.

―Ya veo.

―No veas tanto ―dije.

―No dije nada.

―Tienes cara.

Kael soltó una risa.

―Eso también me lo hace a mí.

―Porque ambos creen que sus caras no hablan.

Matías bebió vino.

―Siempre traducías demasiado.

―Y tú escondías demasiado detrás de una sonrisa educada.

―Eso también lo recuerdo.

La conversación se aflojó.

Por un rato.

Hasta que Matías dejó el vaso.

―Voy a estar aquí unas seis semanas.

Mi mano se detuvo.

―¿Seis?

―El proyecto creció.

Kael tomó agua.

Demasiado despacio.

―Qué suerte ―dijo.

Matías lo miró.

―¿Para quién?

―Buena pregunta.

―Kael ―advertí.

―Estoy comiendo.

―Con hostilidad.

―La pasta está agresiva.

Matías se rió otra vez.

―Tranquilo. No vine a reclamar nada.

Kael apoyó el tenedor.

―Nunca pensé que vinieras a reclamar.

―Perfecto.

―Perfecto.

―Voy a matarlos a los dos.

Matías levantó las manos.

―Yo estoy siendo amable.

―Ese es el problema ―murmuró Kael.

Lo miré.

―¿Qué dijiste?

―Que la salsa necesita sal.

―Mentiroso.

Mi teléfono vibró.

Naira.

Abrí el mensaje.

NO SE TOQUEN. Y NO ME HAGAS EXPLICARTE QUÉ CUENTA COMO TOCAR.

Se me escapó una risa.

Kael extendió la mano.

―¿Qué dijo?

―Nada.

―Tu cara dice otra cosa.

―Mi cara está leyendo.

Matías miró entre nosotros.

―¿Siempre hacen eso?

―¿Qué cosa? ―pregunté.

―Responderse antes de que el otro termine.

Kael y yo nos callamos.

Muy bien.

Matías sonrió sin humor.

―Entiendo.

El ambiente cambió.

Me levanté con mi plato.

―Voy a lavar esto.

Kael se levantó también.

―Yo lo hago.

―Puedo lavar un plato.

―Sé que puedes.

Matías miró mi mano.

Kael estaba a menos de un metro.

Retrocedió de inmediato.

El gesto fue tan rápido que Matías lo notó.

―¿Qué fue eso?

―Nada ―dije.

―Regla médica ―dijo Kael.

Cerré los ojos.

―Idiota.

Matías frunció el ceño.

―¿Qué regla?

Kael me miró.

Esperó.

Por primera vez en la noche, no respondió por mí.

―Tuve un susto de salud ―dije―. Naira me pidió evitar ciertas cosas hasta tener resultados.

Matías se levantó.

―¿Estás bien?

―Sí.

―¿Qué pasó?

―Todavía lo estamos averiguando.

―Puedo llevarte a la ciudad mañana. Conozco a un cardiólogo.

Kael se quedó inmóvil.

―Gracias ―dije―. Si lo necesito, te aviso.

―Iria, esto sí es importante.

―Lo sé.

―No tienes que resolver todo sola.

Mi mandíbula se tensó.

Kael lo notó.

Claro que lo notó.

Matías también.

―No quise decirlo así.

―Ya.

Kael recogió los platos.

―Ella dijo que te avisará.

Matías lo miró.

―Puede responderme sola.

Kael dejó los platos.

―Correcto.

Retrocedió.

Ese gesto me irritó y me gustó a la vez.

Matías respiró hondo.

―Creo que llegué en mal momento.

―Un poco ―admití.

Tomó su chaqueta.

―Te llamaré mañana.

―Bien.

Me besó la mejilla.

Kael miró hacia el fregadero.

Demasiado tarde.

Había visto la tensión en sus hombros.

Acompañé a Matías hasta la puerta.

Antes de salir, bajó la voz.

―¿Estás quedándote aquí?

―Temporalmente.

―Con Kael.

―La ventana de mi casa está rota.

―Iria.

―No empieces.

Matías asintió.

―Solo recuerda por qué te fuiste la primera vez.

La puerta se cerró.

Me quedé quieta.

Kael habló desde la cocina.

―Eso fue sutil.

―No lo ayudes.

―No pensaba.

Me giré.

―Estuviste celoso toda la cena.

―Sí.

La respuesta directa me descolocó.

―Ah.

―Muchísimo.

―Podrías fingir dignidad.

―Contigo ya gasté la cuota.

Me acerqué.

Kael levantó una mano.

―Un metro.

Me detuve.

―Te odio.

―Ahora mismo tu corazón discrepa.

―Mi corazón necesita terapia.

―Podemos compartir tarifa.

Sonreí a pesar mío.

Kael también.

Luego su expresión cambió.

―¿Matías sabe lo de aquella noche?

―Sabe que me rompiste el corazón.

―Eso no fue lo que pregunté.

―Sabe lo suficiente.

Kael apretó la encimera.

―¿Y sabe que todavía quieres besarme?

Mi pulso se disparó.

Él lo escuchó.

―Kael.

―Solo pregunto.

―Entonces pregunta bien.

Sus ojos bajaron a mi boca.

―¿Todavía quieres besarme, Iria?

Di un paso.

Quedamos separados por menos de medio metro.

―Sí.

Kael dejó de respirar.

Yo también.

Entonces su teléfono sonó.

Naira.

Contestó sin apartar los ojos de mí.

―¿Qué pasó?

La voz de Naira salió fuerte desde el altavoz.

―Encontré la ficha de aquella noche.

Kael palideció.

―¿Y?

Hubo un silencio corto.

―Kael, el estabilizador que tomaste esa semana estaba contaminado.

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