Capítulo 2 2

―¿Eso que estuvo aquí?

Kael cerró la puerta detrás de él y pasó el cerrojo.

―Respóndeme primero.

―No me tocó nadie.

Sus hombros bajaron apenas.

Demasiado poco para que pareciera alivio.

Demasiado para que yo no lo notara.

―Ahora tú ―dije―. ¿Qué demonios significa “eso”?

Kael miró el pasillo oscuro.

―Algo entró.

―Ya llegué a esa brillante conclusión.

―Iria.

―No uses ese tono conmigo.

Fui hasta la cocina y encendí la luz. Parpadeó dos veces antes de quedarse fija.

Kael se acercó a la ventana abierta.

No tocó nada.

Olió el aire otra vez.

Lo vi claramente.

―Haz eso una tercera vez y voy a empezar a cobrarte por espectáculo.

No respondió.

Se agachó junto al marco.

Había cuatro marcas profundas en la madera.

No parecían hechas con cuchillo.

―Eso no estaba antes ―dije.

―Lo sé.

―¿Cómo puedes saberlo?

Kael levantó la vista.

―Porque revisé la casa esta mañana.

Me crucé de brazos.

―¿Entraste?

―Tu abuela me pidió que comprobara tuberías, ventanas y electricidad.

―Y tú obedeces mucho a las mujeres Salvat cuando están muertas.

Su mandíbula se tensó.

Golpe bajo.

Lo sabía.

No me arrepentí del todo.

Kael se puso de pie.

―Tienes razón.

Eso me desarmó.

―¿Qué?

―Debí avisarte.

―No estaba preparada para que aceptaras culpa tan rápido.

―Puedo discutir si te hace sentir mejor.

―Un poco.

Su boca se movió.

Ahí estaba otra vez.

Ese casi gesto.

Ese hombre era irritante incluso cuando no hacía nada.

Me acerqué al marco.

―¿Un animal?

―Probablemente.

―Tienes cara de “probablemente no”.

―¿Y cómo es esa cara?

―La misma que ponías cuando escondías algo.

Kael bajó la mirada hacia mí.

―Sigues recordando mucho.

―No te emociones.

―No lo hago.

Mentiroso.

Lo supe porque su mirada cayó un segundo a mi boca.

Mi cuerpo respondió con una precisión humillante.

Kael inhaló despacio.

Otra vez.

―¿Qué?

―Nada.

―Te juro que si vuelves a decir “nada”...

Un golpe sonó afuera.

Los dos giramos.

Algo cruzó frente a la ventana.

Rápido.

Oscuro.

Mi mano buscó el atizador.

Kael me lo quitó.

―Oye.

―Quédate aquí.

―No.

―Iria.

―No tienes autoridad sobre mí.

―No estoy hablando de autoridad.

―Suena muchísimo a autoridad.

Kael abrió la puerta trasera.

Lo agarré del brazo.

Su piel estaba caliente incluso a través de la camiseta mojada.

Él miró mi mano.

Yo también.

La solté.

―No salgas solo.

―Hace diez minutos querías que me fuera.

―Y ahora alguien araña mi casa. Las circunstancias evolucionan.

―Qué adaptable.

―Cállate.

Salimos al porche.

La lluvia había disminuido, pero el jardín seguía oscuro.

Kael caminó primero.

Yo detrás.

―No hagas ruido.

―¿También respiras por mí?

―Si pudiera, probablemente sería más fácil.

―Encantador.

Llegamos al invernadero.

La puerta estaba abierta.

Mi estómago se apretó.

―La cerré.

Kael se detuvo.

―Quédate detrás.

―Ni sueñes.

Entramos.

Varias macetas estaban rotas.

Tierra húmeda cubría el suelo.

Una mesa estaba volcada.

Y, junto a la pared, había una caja de madera abierta.

La reconocí.

Era de mi abuela.

―No.

Me arrodillé.

Dentro quedaban papeles viejos, sobres y herramientas pequeñas.

Faltaba algo.

No sabía qué.

―¿Qué guardaba aquí? ―preguntó Kael.

―No lo sé.

―Piensa.

―Acabo de llegar hoy.

―Iria.

―No me presiones.

Respiré.

Recordé a mi abuela trabajando allí, siempre con las manos manchadas de tierra y una libreta verde cerca.

―Una libreta.

Kael se quedó quieto.

―¿Verde?

Lo miré.

―¿Cómo sabes eso?

Silencio.

―Kael.

―La vi alguna vez.

―¿Cuándo?

―Hace meses.

―¿Y por qué demonios recuerdas el color?

No respondió.

Eso bastó.

Me puse de pie.

―Sabes algo.

―Sé que tu abuela escribía mucho.

―Eso lo sabe cualquiera.

―Iria.

―No. No vuelvas a hacer esto.

―¿Hacer qué?

―Mirarme como si supieras algo que yo no y decidir cuánto merezco escuchar.

La lluvia golpeó el techo de vidrio.

Kael apretó los dientes.

―No es tan simple.

Me reí sin humor.

―Contigo nunca lo es.

El recuerdo llegó antes de que pudiera detenerlo.

Su cama.

Mi vestido en el suelo.

Su boca en mi cuello.

La mañana siguiente.

Su voz helada.

Anoche quería acostarme contigo. Eso es todo.

Kael vio mi expresión cambiar.

―No mezcles aquello con esto.

―Tú lo mezclaste primero hace ocho años.

―Iria.

―¿Por qué sabías que debía cerrar la casa?

Él miró hacia la puerta.

―Porque alguien estuvo aquí ayer.

Sentí frío.

―¿Ayer?

―Encontré huellas detrás del invernadero.

―¿Y no pensabas decírmelo?

―Pensaba hacerlo.

―¿Cuándo? ¿Después de vender la casa?

―No.

―¿Después de que alguien entrara?

―No.

―Pues felicidades. Llegaste justo a tiempo.

Me aparté.

Kael atrapó mi muñeca.

No fuerte.

Solo suficiente para detenerme.

Mi respiración cambió.

La suya también.

―Suéltame.

Lo hizo al instante.

Eso me dejó extrañamente peor.

―No vuelvas a tocarme sin preguntar.

―No lo haré.

―Bien.

―Pero deja de correr hacia lugares donde alguien podría estar esperándote.

―No eres mi guardaespaldas.

―No.

―Entonces deja de comportarte como uno.

Kael dio un paso.

Yo no retrocedí.

―No sé hacerlo cuando se trata de ti.

El aire cambió.

O quizá fui yo.

Su cara estaba demasiado cerca.

La lluvia le había dejado una gota en la mandíbula.

Recordé cómo sabía su piel.

Ocho años.

Ocho años y mi memoria seguía siendo una traidora profesional.

―Ese es tu problema ―murmuré.

―Lo sé.

―Entonces resuélvelo.

Su mirada bajó a mi boca.

―Lo he intentado durante ocho años.

Mi corazón golpeó fuerte.

Kael cerró los ojos un segundo.

Fruncí el ceño.

―Otra vez.

―¿Qué?

―Haces algo raro cuando me pongo nerviosa.

―No estás nerviosa.

―¿Perdón?

―Estás enfadada.

―¿Y tú cómo lo sabes?

Demasiado silencio.

Retrocedí.

―Kael.

Él miró hacia el jardín.

―Tenemos que entrar.

―No cambies de tema.

―No lo estoy cambiando.

―Acabas de mudarlo a otro continente.

Un ruido grave surgió fuera del invernadero.

No era un perro.

No era un zorro.

Kael giró.

Su cuerpo cambió antes que su cara.

Hombros tensos.

Manos abiertas.

Una especie de alerta animal.

―Dentro. Ahora.

―Kael...

El vidrio del lateral explotó.

Grité.

Algo oscuro saltó entre los cristales.

Kael me empujó detrás de él.

Vi ojos.

Demasiado brillantes.

Dientes.

Después todo ocurrió rápido.

Kael chocó contra la criatura.

Rodaron sobre la tierra.

Yo agarré una pala.

―¡Iria, no!

―Estoy harta de que me digas que no.

La criatura giró hacia mí.

Kael la sujetó por el cuello.

Escuché un gruñido.

No de ella.

De él.

Me quedé inmóvil.

Kael levantó la cara.

Sus ojos ya no eran marrones.

Eran dorados.

Sus uñas se habían alargado.

Sus dientes también.

La criatura escapó por el vidrio roto.

Kael no la siguió.

La pala pesaba entre mis manos. Una parte de mí quería correr. Otra quería acercarse y comprobar si aquello era real. Kael seguía respirando como si acabara de salir del mar después de demasiado tiempo bajo el agua. Vi una línea roja en su antebrazo. La herida empezó a cerrarse delante de mí. Retrocedí un paso.

―No.

Él bajó la mirada hacia su brazo.

―Iria, escucha.

―Acabo de verte pelear con una cosa que atravesó una ventana y ahora tu piel está reparándose sola. Creo que escuchar ha bajado bastante en mi lista de prioridades.

Kael hizo una mueca.

―Justo.

Solo me miró.

Yo levanté la pala.

―Explícate.

―No puedo.

―Prueba.

―Iria.

―¿Qué eres?

Kael respiró con dificultad.

Sus ojos seguían brillando.

―El hombre del que debiste mantenerte alejada desde el principio.

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