Capítulo 3 3

―Eso no responde qué eres.

Kael seguía entre los cristales rotos del invernadero, con los ojos dorados.

―Lo sé.

―Entonces responde bien.

―Vesper.

Parpadeé.

―Eso no significa nada para mí.

―Mejor.

―No, Kael. Peor.

Bajé la pala, pero no la solté.

―Tenemos que salir de aquí.

―Tenemos que hablar.

―Podemos hacer ambas cosas.

―Qué conveniente.

―Iria.

―Deja de decir mi nombre como si fuera una cuerda para arrastrarme.

Sus pupilas se estrecharon.

―No estoy intentando arrastrarte.

―Llevas dos días diciéndome qué hacer.

―Porque alguien entró en tu casa y una criatura acaba de atravesar el invernadero.

―Y tú acabas de sacar garras.

Kael miró sus manos.

Las uñas ya parecían normales.

―Se retractan ―dije.

―Sí.

―Qué práctico.

―No parece que estés impresionada.

―Estoy reservando el colapso para después.

Una risa seca escapó de él.

Lo señalé con la pala.

―No te rías.

―No me estoy riendo de ti.

―Peor. Te estás divirtiendo.

―Un poco.

―Eres insoportable incluso siendo... lo que seas.

―Vesper.

―Sigue sonando a marca de motocicleta.

Esta vez sí sonrió.

―¿Todos en este pueblo saben?

―No.

―¿Mi abuela sabía?

La sonrisa murió.

―Sí.

Sentí el golpe.

―¿Desde cuándo?

―Desde antes de que tú nacieras.

―¿Y decidió no contarme?

―No era mi secreto para explicar.

―Pero sí para esconder.

Kael se pasó una mano por el cabello mojado.

―Tu abuela protegía a mucha gente.

―¿Incluyéndote?

―Especialmente a mí.

Miré la caja abierta.

La libreta verde faltante.

―¿La persona que entró buscaba algo sobre ustedes?

―Probablemente.

―Otra vez probablemente.

―No tengo una respuesta segura.

―Milagro. Una verdad.

El viento hizo crujir el vidrio roto.

Kael se acercó.

―Te vas a cortar.

―Puedo caminar sola.

―No dije que no pudieras.

―Lo pensaste.

―Pensé que estás descalza.

Bajé la mirada.

Mis zapatos habían quedado en la casa.

Kael extendió una mano.

―¿Puedo?

―¿Qué?

―Cargarte.

Lo miré.

―Ni loca.

―Hay vidrio por todas partes.

―Dame tus botas.

―Mis pies son casi el doble de los tuyos.

―Presumido hasta con los pies.

Kael cerró los ojos.

―Iria.

―Bien. Pero solo hasta la casa.

―Eso estaba planeando.

―Y no pongas cara de satisfacción.

―No tengo una cara específica para eso.

―La conozco.

Su expresión cambió.

Kael se acercó despacio y deslizó un brazo detrás de mis rodillas.

―¿Lista?

―No.

Me levantó después de esperar a que yo asintiera.

Mi brazo fue automáticamente alrededor de su cuello.

Error.

Su piel estaba ardiendo.

El olor a lluvia, sal y madera húmeda me golpeó con una familiaridad obscena.

―Sigues oliendo igual ―murmuré.

Kael tropezó apenas.

Sonreí.

―¿Qué?

―Nada.

―Eso fue un tropiezo.

―Había tierra.

―Claro.

Su mano se ajustó bajo mi muslo.

Mi cuerpo decidió recordar demasiado.

La última vez que me sostuvo así no había cristales ni monstruos.

Había una cama.

Su boca diciéndome mi nombre como si significara algo.

Apreté la mandíbula.

―Bájame.

Kael se detuvo.

―Todavía hay vidrio.

―Me da igual.

Me dejó en una mesa limpia.

Quedó entre mis rodillas un segundo antes de retroceder.

Demasiado tarde.

El calor de su cuerpo seguía contra el mío.

―No hagas eso ―dije.

―¿Cargarte?

―Recordarme cosas.

Su mirada se oscureció.

―Créeme, no necesito ayuda para recordarlas.

El silencio fue inmediato.

Mi corazón golpeó fuerte.

Kael inhaló.

―Otra vez escuchaste algo.

―Sí.

―Mi corazón.

No respondió.

―Kael.

―Sí.

Me quedé inmóvil.

―¿Puedes escucharlo siempre?

―Cuando estás cerca.

―¿Desde cuándo?

Su mandíbula se tensó.

―Hace años.

―¿Cuántos?

―Iria.

―No me hagas repetirlo.

―Desde que tenías dieciocho.

Se me secó la boca.

―Eso es imposible.

―Para ti.

―¿Podías escucharme cuando...?

Me callé.

Su mirada bajó a mis labios.

―Sí.

El calor me subió por el cuello.

―Eres un cerdo.

―No podía apagarlo.

―Podías haber avisado.

―¿Qué querías que dijera? “Hola, Iria, escucho cómo se acelera tu corazón cuando me quito la camiseta”.

―Habría sido información relevante.

Una voz femenina sonó desde la entrada.

―Y habría ahorrado años de tensión sexual insoportable.

Giré.

Una mujer pelirroja, con botas de lluvia y una mochila médica, nos miraba desde la puerta rota.

Kael gruñó.

―Naira.

―Hola a ti también.

Ella me observó.

―Tú debes ser Iria.

―¿Todo el pueblo sabe quién soy?

―No. Solo quienes hemos escuchado a este idiota fingir durante ocho años que tu nombre no le afecta.

Kael la fulminó.

Yo miré a Naira.

Luego a él.

―Me cae bien.

―Eso era inevitable ―murmuró.

Naira señaló el brazo de Kael.

―Déjame verlo.

―Ya cerró.

―No te pregunté.

Kael obedeció.

Eso me hizo arquear una ceja.

―Interesante.

Naira sonrió.

―¿Quieres aprender a manejarlo? Tengo manual.

―No existe.

―Debería.

Kael retiró el brazo.

―¿Qué encontraste?

Naira sacó una bolsa transparente. Dentro había pelo oscuro y sangre seca.

―No era un animal normal.

―Eso ya lo había deducido ―dije.

Naira me miró.

―¿Te contó?

―Lo mínimo para que no lo golpeara con una pala.

―Entonces bastante.

Kael soltó aire.

―Naira.

―Está bien.

Se agachó junto a las huellas.

Yo bajé de la mesa.

Kael me sujetó por la cintura antes de que pisara vidrio.

Nos quedamos quietos.

Su mano ocupaba demasiado espacio sobre mi cuerpo.

―Suéltame.

―Cuando tengas zapatos.

―Podrías simplemente decírmelo.

―Lo hice antes.

―Eso no te autoriza a agarrarme.

Su mano desapareció.

―Tienes razón.

Naira levantó la cabeza.

―Qué ambiente tan relajado.

―Cállate ―dijimos ambos.

Ella sonrió.

―Perfecto. Ya sincronizan.

Kael fue por mis zapatos.

Cuando regresó, se arrodilló delante de mí.

―Puedo ponérmelos sola.

―Lo sé.

Los dejó en el suelo.

No intentó ayudar.

Me los puse.

Esa corrección me molestó menos de lo esperado.

Naira guardó las muestras.

―Voy a llevar esto a la clínica.

―Voy contigo ―dijo Kael.

―No.

Ambos la miramos.

Naira señaló hacia mí.

―Tú te quedas. Ella necesita respuestas.

―No necesita niñera.

―Nunca dije eso.

Yo crucé los brazos.

―Por una vez, la veterinaria tiene razón.

―Veterinaria y médica Vesper.

―Eso explica la mochila.

Naira caminó hacia la salida.

Antes de irse se volvió.

―Ah, Iria.

―¿Sí?

―Si sus ojos vuelven a ponerse dorados mientras te mira, no significa necesariamente que quiera comerte.

Kael cerró los ojos.

―Naira.

―Aunque tampoco descartaría la otra interpretación.

Se fue riéndose.

Mi cara ardía.

Kael miró el techo.

―Voy a matarla.

―No antes de explicarme todo.

Él bajó la mirada hacia mí.

―No puedo contarte todo esta noche.

―Entonces empieza por lo que sí puedes.

―Soy Vesper. Mi familia también. Algunos habitantes del pueblo lo son. Tenemos sentidos distintos, fuerza, recuperación y cambios físicos bajo estrés.

―¿Y la criatura?

―No lo sé todavía.

―¿Y mi abuela?

―Nos ayudó durante años.

―¿Y yo?

Su expresión se cerró.

―¿Qué quieres decir?

Me acerqué.

―Quiero saber por qué puedes escuchar mi corazón desde que tenía dieciocho.

Kael no retrocedió.

―Porque algo ocurrió.

―¿Qué?

―No aquí.

―Kael.

―Iria.

―Odio cuando haces eso.

―Lo sé.

―Entonces habla.

Sus ojos bajaron a mi garganta.

Luego a mi boca.

―La primera vez que tu corazón cambió para mí fue la noche antes de que cumplieras diecinueve.

Sentí un vacío extraño.

―La noche que estuvimos juntos.

Kael sostuvo mi mirada.

―No. Fue antes.

―¿Cuánto antes?

Su voz bajó.

―Meses.

―Entonces ¿por qué nunca dijiste nada?

Kael respiró despacio.

―Porque la noche que te acostaste conmigo no fue cuando empecé a desearte, Iria.

Se acercó apenas.

―Fue cuando entendí que mi cuerpo ya te había elegido mucho antes.

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