Capítulo 4 4

―No vuelvas a decir que tu cuerpo me eligió.

Kael no apartó la mirada.

―¿Por qué?

―Porque suena como si yo fuera un premio que te asignaron.

―No es eso.

―Entonces explícate.

El invernadero seguía lleno de cristales, tierra y restos de macetas. Mi casa estaba a unos metros, con una ventana abierta que alguien había forzado, y aun así el problema más urgente parecía ser el hombre delante de mí.

Kael respiró despacio.

―La Resonancia no decide a quién amas.

―Bien.

―Tampoco obliga a la otra persona a sentir nada.

―Mejor.

―Solo hace que ciertos sentidos se vuelvan demasiado precisos alrededor de alguien.

―¿Ciertos sentidos?

―Tu pulso. Tu olor. Tu temperatura. A veces tu dolor.

Me quedé quieta.

―¿Mi olor?

Kael hizo una mueca.

―Sabía que elegirías esa palabra.

―¿Llevas ocho años oliéndome?

―No cuando estabas a trescientas kilómetros.

―Gracias por la aclaración científica.

Una risa breve se le escapó.

―No es divertido.

―Para mí tampoco. Estoy descubriendo que mi antiguo vecino podía saber cuándo estaba nerviosa, enfadada o...

Me callé.

Kael levantó una ceja.

―¿O qué?

―Nada.

―Curioso. Esa palabra te molestaba hace cinco minutos.

―Cállate.

Su boca se curvó.

―Eso tampoco funciona conmigo.

Tomé aire.

―¿Podías saber cuándo te deseaba?

La sonrisa desapareció.

Kael me miró como si hubiera quitado una tabla de la cerca y dejado el terreno abierto.

―Sí.

Calor.

Directo a la cara.

―Perfecto. Voy a mudarme esta noche.

―Acabas de llegar.

―Ya cumplí mi cuota anual de humillación.

Me aparté, pero Kael señaló el suelo.

―Cristales.

―Puedo verlos.

―No todos.

―Otra vez estás dando órdenes.

―Estoy evitando que termines en urgencias por orgullo.

―Mi orgullo tiene seguro médico.

Él soltó aire por la nariz.

―Ven.

―No.

―La ventana de tu cocina está rota, el invernadero también y no sabemos qué entró.

―Puedo dormir en un hotel.

―El más cercano está cerrado por reformas.

―¿Una pensión?

―Llena.

―¿Mi coche?

―Iria.

―No pongas esa cara.

―¿Qué cara?

―La de “vas a terminar en mi casa”.

―No iba a decirlo.

―Pero lo pensaste.

―Muchísimo.

Lo odié un poco por acertar.

Quince minutos después estaba cruzando la puerta de la casa Norwood con una mochila, mi botella de vino y la sensación irritante de estar participando voluntariamente en una mala idea.

Kael dejó unas toallas sobre el sofá.

―Puedes dormir aquí.

Miré el sofá.

Luego a él.

―Eso mide metro y medio.

―Tú no.

―Yo sí valoro mis vértebras.

―Entonces usa mi cama.

Lo miré.

―Ni loca.

―Yo dormiré aquí.

―Ah.

La respuesta salió demasiado rápido.

Kael sonrió.

―¿Decepcionada?

―Sorprendida de que conozcas el concepto de distancia.

―He tenido ocho años de práctica.

Eso dolió más de lo que debía.

Caminé hacia la cocina.

―¿Tienes café?

―Son las dos de la mañana.

―¿Y?

―Tienes vino en la mano.

―Me gusta tener opciones.

Kael abrió un armario.

Había tres tazas.

Tomó una azul y se quedó quieto.

La reconocí.

Tenía una pequeña grieta cerca del asa.

―Esa era mía.

―Lo sé.

―La dejé aquí cuando tenía dieciocho.

―También lo sé.

La sostuve.

―¿Por qué la conservas?

Kael apoyó las manos sobre la encimera.

―Porque funciona.

―Tienes otras.

―También funcionan.

―Respuesta pésima.

―Pregunta peligrosa.

Nos quedamos mirándonos.

La cocina era demasiado pequeña para ocho años de cosas no dichas.

Dejé la taza.

―No quiero recuerdos.

―Yo tampoco los pedí.

―Pues pareces coleccionarlos.

Su expresión cambió.

―No todo lo que conservé fue voluntario.

―¿Eso también es Resonancia?

―No.

―Entonces ¿qué?

Kael se acercó.

No demasiado.

Lo suficiente.

―Tú.

Mi corazón golpeó fuerte.

Él cerró los ojos.

―Eso.

―No hagas comentarios.

―Estoy intentando.

―Intenta mejor.

Kael abrió los ojos.

Dorados en los bordes.

No como durante la pelea.

Más sutil.

Más inquietante.

―¿Por qué cambian?

―Control.

―¿Estás perdiéndolo?

―Un poco.

Debería haberme alejado.

No lo hice.

―¿Por mí?

―Iria.

―Eso no es respuesta.

―Es advertencia.

―Nunca he sido buena obedeciendo.

―Lo recuerdo.

La distancia entre nosotros desapareció hasta quedar reducida a respiración.

Kael no me tocó.

Eso fue peor.

Sus manos permanecieron junto a sus costados.

―Si te beso ―murmuré―, ¿vas a escuchar exactamente lo que me provoca?

Su mandíbula se tensó.

―Sí.

―Qué injusto.

―Para mí tampoco es fácil.

―Tú tienes información privilegiada.

―Y llevo años intentando ignorarla.

Mi mirada cayó a su boca.

Kael inhaló con fuerza.

―No hagas eso.

Sonreí.

―¿Qué?

―Sabes qué.

―Ahora entiendo por qué te divertías.

―Iria.

―¿Tu corazón también cambia conmigo?

Tomé su muñeca.

Kael dejó de respirar.

Puse dos dedos sobre su pulso.

Rápido.

Muy rápido.

Levanté la vista.

―Vaya.

―No empieces.

―El temible Kael Norwood está nervioso.

―No estoy nervioso.

―Tu cuerpo contradice tu boca.

Él soltó una risa incrédula.

―Eso era mío.

―Te lo devuelvo mejorado.

Su mano cubrió la mía.

No para apartarla.

Para mantenerla sobre su pulso.

Mi sonrisa desapareció.

―Kael.

―Ahora tú tienes información privilegiada.

El aire se volvió demasiado denso.

Su pulgar rozó mi muñeca.

Nada más.

Mi cuerpo reaccionó como si hubiera hecho mucho más.

Kael lo supo.

Sus pupilas se abrieron.

―No digas una palabra.

―No iba a hacerlo.

―Mientes fatal.

―Solo cuando estás cerca.

Aquello me dejó sin defensa durante un segundo.

Retiré la mano.

―Voy a dormir.

Kael retrocedió primero.

―Mi habitación es la última puerta.

―¿Y tú?

―Sofá.

―Bien.

Caminé hacia el pasillo.

―Iria.

Me giré.

Kael sostenía la taza azul.

―¿Qué?

―Mañana te contaré lo que sé de la libreta de tu abuela.

El deseo se convirtió en alerta.

―¿Sabes qué había escrito?

―Parte.

―¿Y por qué no me lo dijiste antes?

―Porque estaba intentando confirmar algo.

―Otra decisión tomada por mí.

Kael bajó la taza.

―Tienes razón.

Eso frenó mi rabia.

―No hagas eso.

―¿Qué?

―Aceptar tan rápido cuando quiero pelear.

―Puedo llevarte la contraria si lo necesitas.

―Idiota.

―Duérmete.

Entré en su habitación y cerré la puerta.

No con llave.

Diez minutos después seguía despierta.

La cama olía a él.

Terrible detalle.

Me levanté para abrir la ventana.

Entonces vi una fotografía apoyada boca abajo sobre una repisa.

No debía tocarla.

La toqué.

Era de nosotros.

Yo tenía dieciocho. Kael, veinte.

Estábamos en la playa, riendo.

En el reverso había una fecha.

Y una frase escrita con su letra.

“Primer día que pude escucharla.”

Recordé aquella tarde. Habíamos ido a la playa porque yo había suspendido un examen y Kael decidió que necesitaba cometer un delito contra mis responsabilidades. Compramos helado, nos metimos al agua vestidos y terminamos discutiendo porque él se negó a prestarme su sudadera.

Yo había pensado que era un día cualquiera.

Para él, al parecer, había sido otra cosa.

Pasé el pulgar por la esquina de la fotografía.

Mi sonrisa me resultó ofensiva. Esa chica todavía creía que Kael era el vecino imposible que algún día besaría. No sabía que él podía escucharla. No sabía que su cuerpo había empezado a reaccionar al mío. Y, sobre todo, no sabía cómo acabaríamos una noche después de tantos meses de querer demasiado y decir demasiado poco.

La puerta se abrió detrás de mí.

Kael se quedó inmóvil al ver la foto en mis manos.

―¿Por qué guardaste esto?

Su rostro perdió todo color.

―Porque esa fue la tarde en que entendí que si alguna vez te tocaba como quería, quizá ya no sería capaz de dejarte ir.

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