Capítulo 5 5

―¿Guardaste una fotografía mía durante ocho años y todavía pretendes que aquella noche no significó nada?

―Nunca dije que no significara nada.

Me reí, pero salió feo.

―Claro que lo dijiste.

―Dije que había sido un error.

―Después de acostarte conmigo.

―Lo sé.

―Después de besarme como si llevaras años esperando.

Su mandíbula se tensó.

―También lo sé.

―Entonces explícame esto.

Kael miró la imagen, no a mí.

―Ya te dije qué significa.

―No. Dijiste que ese día entendiste que tu cuerpo me había elegido. Eso es una frase muy dramática para alguien que a la mañana siguiente me trató como si hubiera confundido tu cama con un autobús.

Una risa casi escapó de él.

Lo fulminé.

―Ni se te ocurra.

―No me río de eso.

―Pues tu cara parece intentarlo.

Kael avanzó dos pasos.

―La Resonancia no es amor.

―Fantástico. Gracias.

―Déjame terminar.

―No tienes historial de finales agradables.

Se pasó una mano por el cabello.

―La Resonancia puede aparecer aunque la otra persona no quiera nada contigo.

―¿Y tú qué querías?

Silencio.

Mi corazón golpeó una vez, duro.

Kael lo escuchó.

Lo odié.

―Eso no vale ―murmuré.

―¿Qué?

―Que puedas saber cuándo una pregunta me importa.

―Créeme, tampoco lo considero ventaja.

―Responde.

Sus ojos encontraron los míos.

―Te quería a ti.

La habitación pareció reducirse.

―¿Desde cuándo?

―Mucho antes de esa foto.

―Entonces ¿por qué...?

Odié eso todavía más.

Kael dio un paso, pero se detuvo antes de tocarme.

―No tienes que hablar de aquella noche ahora.

―Tú no decides eso.

―Tienes razón.

Apreté la foto.

―Me hiciste sentir ridícula.

Su rostro cambió.

―Lo sé.

―No, no lo sabes. Yo llevaba años enamorada de ti. Me acosté contigo creyendo que finalmente habíamos dejado de fingir. Desperté pensando que íbamos a desayunar juntos como dos personas normales y tú ni siquiera me mirabas.

Kael bajó la cabeza.

―Iria...

―Me dijiste que solo querías acostarte conmigo.

―Mentí.

La palabra me cortó.

―¿Qué?

―Mentí.

―Eso no mejora nada.

―No pretendía que lo hiciera.

―Entonces deja de decirlo con esa calma.

―No estoy calmado.

―Pareces una estatua.

―Estoy intentando no romper algo.

Miré alrededor.

―Esta casa tiene demasiados objetos caros para tus crisis emocionales.

Kael soltó aire.

―Ese jarrón es horrible.

―Era de tu madre.

―Precisamente.

Una risa se me escapó antes de poder detenerla.

Kael sonrió.

―Eso sí fue cruel.

―Te lo merecías.

El silencio después fue distinto.

Menos afilado.

Más peligroso.

Kael seguía frente a mí, descalzo, con una camiseta gris y el cabello todavía húmedo. Yo llevaba su camisa vieja porque mi ropa estaba mojada y, por algún motivo, esa combinación parecía diseñada para arruinar decisiones sensatas.

Sus ojos bajaron a mis piernas.

―Deja de mirar.

―Estoy intentando.

―Intenta mejor.

―Eso dijiste ayer.

―Porque sigues haciéndolo.

―Tú llevas mi camisa.

Miré la prenda.

―Me la diste.

―Sí.

―Entonces no te quejes.

―No me estoy quejando.

Su voz bajó.

Mi cuerpo reconoció el tono.

―Kael.

―¿Qué?

―Estás haciendo otra vez esa cosa.

―¿Mirarte?

―Sí.

―Puedo irme.

No quería que lo hiciera.

Eso fue irritante.

―No.

Él se quedó quieto.

―No te vayas todavía ―corregí.

―Eso entendí.

―No pongas esa cara.

―¿Cuál?

―La de hombre satisfecho porque ganó algo.

―No he ganado nada contigo desde que regresaste.

―Bien.

―No dije que me gustara.

Nuestros ojos se quedaron atrapados.

Su pulso era visible en el cuello.

Ahora yo sabía dónde mirar.

Kael lo notó.

―Eso es trampa.

Sonreí.

―Información privilegiada.

―Te estás vengando.

―Muchísimo.

Bajé de la cama.

Al pasar junto a él, mi hombro rozó su pecho.

Kael inhaló.

Me detuve.

―¿Eso qué significa?

―Nada.

Giré despacio.

―No me insultes.

―Significa que estás demasiado cerca.

―¿Y?

―Y que llevas mi camisa.

―Ya establecimos eso.

―Sin nada debajo.

Mi cara ardió.

―¿Cómo sabes...?

Kael levantó una ceja.

―No necesito Resonancia para tener ojos.

Le lancé una almohada.

La atrapó.

―Cerdo.

―Tú preguntaste.

―Estoy empezando a arrepentirme de volver.

―Eso sí sería novedad.

La frase me detuvo.

―¿Qué significa?

Kael dejó la almohada.

―Que llevas años arrepintiéndote de haberte ido.

―No sabes nada de mi vida.

―Sé que nunca vendiste la casa aunque tu abuela te ofreció hacerlo.

―Era suya.

―Sé que preguntabas por ella cada semana.

―Era mi abuela.

―Y sé que nunca preguntaste por mí.

―Exacto.

―Precisamente.

―¿Te molestó?

―Mucho.

―Pensé que eso querías.

―También.

―No puedes querer ambas cosas.

―Por eso llevo ocho años bastante malhumorado.

Volví a reírme.

―Eso explica poco.

―Naira diría que explica todo.

Como si hubiera sido invocada por hablar mal de ella, alguien golpeó la puerta.

Kael gruñó.

―Si es Naira, no estoy.

―Tu casa tiene ventanas.

―Puedo esconderme.

―Mides casi dos metros.

―Detalles.

Abrí antes que él.

Naira sostenía una bolsa de papel y dos vasos de café.

―Buenos días. Traje desayuno y malas decisiones.

Miró mi camisa.

Luego a Kael.

Luego otra vez a mí.

―Veo que llegué tarde para una de las dos.

―No pasó nada ―dije.

―Qué decepción.

Kael tomó un café.

―¿Qué encontraste?

Naira entró.

―Primero comida.

―Naira.

―Primero comida porque la señorita Salvat lleva olor de estrés suficiente para que hasta yo lo note.

La miré.

―¿Tú también?

―Vesper.

―Este pueblo necesita folletos informativos.

―Lo he dicho durante años.

Nos sentamos en la cocina.

Naira abrió la bolsa.

Pan dulce, fruta y algo que parecía haber sobrevivido una guerra.

Señalé el objeto.

―¿Eso se come?

―Empanada.

―¿De qué?

―Legalmente, queso.

Kael tomó una.

―Están buenas.

―Tú comes pescado crudo.

―Una vez.

―Tres ―corrigió Naira.

―Necesitábamos sobrevivir.

―Necesitabas una sartén.

Por primera vez desde que había vuelto, desayuné riéndome.

Eso debería haber sido agradable.

En cambio, me asustó.

Era demasiado fácil sentarme frente a Kael y recordar una versión de nosotros que nunca llegó a existir.

Naira acabó con el café.

―La muestra de anoche está alterada.

Kael dejó la comida.

―¿Cómo?

―No es una transformación normal.

―¿Enfermedad?

―Puede ser.

Yo levanté una mano.

―Antes de que empiecen a hablar en idioma monstruo, sigo aquí.

Naira asintió.

―Algo está enfermando a algunos Vesper. Tu abuela lo sospechaba.

Pensé en la libreta verde.

―¿Por eso la buscaban?

―Es posible.

Kael me miró.

―Hoy revisaré el invernadero.

―Revisaremos.

―Iria.

―Ni empieces.

Naira sonrió.

―Me encanta cuando intenta protegerte y fracasa.

―No estoy fracasando.

―Ella sigue aquí.

―Gracias ―dije.

Kael nos ignoró.

―No quiero que vuelvas a entrar hasta que sepamos qué buscaban.

―Y yo no quiero que vuelvas a decidir por mí.

Su expresión cambió.

―Bien.

Parpadeé.

―¿Bien?

―Iremos juntos.

Naira levantó el café.

―Progreso. Qué día.

Después de desayunar, Naira se marchó y yo llevé la fotografía a Kael.

―Una última pregunta.

―Solo una suena optimista.

―Si me querías, si ya existía esa Resonancia y si sabías perfectamente lo que sentía por ti, ¿qué ocurrió realmente aquella mañana?

Kael dejó de respirar.

Esta vez no fue imaginación.

―No quiero mentirte otra vez.

―Entonces no lo hagas.

―Pero todavía no sé cómo contártelo.

―Empieza por el principio.

Sus ojos bajaron hacia mis manos.

―El principio no fue cuando despertaste.

―¿Entonces cuándo?

Kael me miró.

La culpa en su cara me borró cualquier respuesta preparada.

―Fue unas horas antes, Iria.

―¿Qué pasó?

Su voz salió ronca.

―Después de que te quedaras dormida conmigo, tu corazón dejó de latir durante once segundos.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo