Capítulo 6 6
―Después de que te quedaras dormida conmigo, tu corazón dejó de latir durante once segundos.
Me quedé mirándolo.
Once segundos.
La cifra era demasiado concreta para sonar improvisada.
―Eso es absurdo.
Kael no se movió.
―Ojalá.
―Habría acabado en un hospital.
―No despertaste.
―Entonces ¿cómo sabes que fueron once?
―Los conté.
Su respuesta me enfrió la espalda.
Kael se apoyó en el borde de la mesa, los dedos tensos.
―Tenía tu cabeza sobre mi brazo. Estabas dormida. Dejé de sentir tu pulso y pensé que me estaba equivocando. Te llamé. No respondiste. Te moví. Nada.
Tragué saliva.
―¿Y luego?
―Volvió.
―¿Así de simple?
―Para mí no.
Su voz cambió.
Ahí estaba algo que nunca había visto aquella mañana. Miedo.
Me crucé de brazos, más por sujetarme que por otra cosa.
―¿Llamaste a una ambulancia?
―Quise hacerlo.
―¿Quisiste?
―Mi madre entró.
Fruncí el ceño.
―¿Tu madre estaba aquí?
―Vivía aquí.
―Ya sé dónde vivía tu madre, Kael.
―Entonces sabes que escuchaba todo.
Eso me hizo cerrar los ojos.
―Fantástico. Qué detalle tan necesario.
―No me refería a eso.
―Prefiero no saber qué escuchó.
Una sombra de vergüenza pasó por su cara.
Bien.
Que sufriera un poco.
―Escuchó que te estaba llamando ―dijo―. Entró. Te revisó. Tu pulso ya había regresado.
―¿Y qué hizo?
Kael tardó demasiado.
―Me preguntó si la Resonancia había cambiado después de acostarnos.
―¿Cambió?
―Sí.
Se hizo silencio.
―¿Cómo?
―Te escuchaba con más fuerza.
―Eso sigue siendo bastante invasivo.
―Créeme, no estaba disfrutándolo.
―Qué alivio.
Me acerqué a la ventana. Afuera seguía lloviendo.
―¿Qué te dijo ella?
Kael apretó la mandíbula.
―Que existían historias antiguas sobre Vesper que dañaban a la persona con la que resonaban cuando el vínculo se volvía demasiado intenso.
Giré.
―¿Historias?
―Historias viejas. Casos que nadie podía demostrar bien. Humanos que se debilitaban, Vesper que perdían control cuando la Resonancia se intensificaba.
―¿Y con eso bastó?
―Yo tenía veintiún años, Iria.
―Tenías teléfono, coche y un hospital a veinte minutos.
―Lo sé.
―¿Me revisó alguien?
Kael bajó la vista.
―Mi madre.
―Tu madre no era cardióloga.
―También lo sé.
―¿Y después? ¿Me vigilaste mientras dormía hasta que amaneció?
―Sí.
―¿Toda la noche?
―Sí.
La respuesta me hizo recordar fragmentos que nunca habían tenido sentido. Despertarme una vez con Kael sentado en el borde de la cama. Su mano sobre mi muñeca. La luz del pasillo encendida. Yo había creído que estaba nervioso por lo que acabábamos de hacer.
―Pensé que estabas arrepentido ―dije.
Kael levantó la mirada.
―Estaba aterrorizado.
―Y decidiste transformarlo en crueldad.
―Sí.
―Le creíste.
―Sí.
La rabia llegó limpia.
―Le creí y decidiste qué.
Él ya sabía la respuesta.
Yo también.
Aun así necesitaba escucharlo.
―Decidí alejarte.
Me reí una vez.
―Claro.
―Pensé que si seguías conmigo podía volver a pasar.
―Entonces podrías haberme dicho que mi corazón se había detenido.
―Sí.
―Podrías haberme llevado al médico.
―Sí.
―Podrías haberme dejado decidir si quería verte otra vez.
―Sí.
Cada respuesta me enfurecía más.
―Pero elegiste decirme que solo querías acostarte conmigo.
―Sí.
Agarré la fotografía de la repisa y se la lancé al pecho.
Kael la atrapó.
―Eres un imbécil.
―Lo sé.
―Deja de estar de acuerdo.
―¿Qué quieres que haga?
―Que tengas una excusa mejor.
Su mirada bajó.
―No la tengo.
Me dolió porque esa era, probablemente, la primera cosa limpia que me daba en ocho años.
Caminé hacia la puerta.
Kael se apartó para dejarme pasar.
Eso también me molestó.
―¿No vas a detenerme?
―Me pediste que dejara de decidir por ti.
Lo miré.
―No uses mi argumento cuando estoy enfadada.
―No sabía que tenía horario.
―Ahora lo tiene.
Su boca quiso moverse.
―No te rías.
―Estoy haciendo un esfuerzo enorme.
―Se nota fatal.
Pasé junto a él.
Su brazo rozó el mío.
Fue mínimo.
Mi cuerpo reaccionó igual.
Kael inhaló.
Me detuve.
―Ni se te ocurra.
―No he dicho nada.
―Pero lo escuchaste.
―Sí.
―Odio esto.
―Yo también.
Lo miré de frente.
―Mientes.
Kael sostuvo mi mirada.
―A veces.
El calor me subió por el cuello.
―Eres repugnante.
―Me acabas de preguntar.
―No pregunté nada.
―Tu corazón sí.
Me acerqué un paso.
―Entonces dile que se calle.
―Llevo años intentándolo.
Eso me dejó demasiado cerca.
Podía verle la pequeña cicatriz junto al mentón. Recordaba el lugar exacto donde había besado esa mandíbula. Recordaba también sus manos.
Muy mal momento para recordar sus manos.
Kael bajó los ojos hasta la camisa que yo todavía llevaba.
―No hagas eso.
―¿Qué?
―Mirarme.
―Puedo mirar.
―Puedes mirar otra cosa.
―Estoy intentando.
―Fatal.
Su pulso volvió a marcarse en el cuello.
Sonreí.
―Tú tampoco estás muy tranquilo.
―Nunca dije que lo estuviera.
Mi mano subió antes de que pudiera pensar demasiado.
Toqué con dos dedos el costado de su cuello.
Kael se quedó inmóvil.
―Iria.
―Quería comprobarlo.
―Ya lo comprobaste ayer.
―Quería una segunda opinión.
Su respiración se volvió más lenta.
Controlada.
Eso me dio ganas de fastidiarlo.
Moví los dedos apenas.
Su mano se cerró sobre el borde de la mesa.
―¿Qué estás haciendo?
―Investigación.
―Eres restauradora botánica.
―Multidisciplinaria.
Una risa baja le salió por la nariz.
Me gustó demasiado.
Aparté la mano.
Kael atrapó mi muñeca en el aire, pero enseguida aflojó los dedos.
―¿Puedo?
La pregunta me desarmó más que el contacto.
Asentí.
Su pulgar se apoyó sobre mi pulso.
―Esto es muy injusto.
―Ahora estamos empatados.
―Tú llevas ventaja desde los dieciocho.
―Créeme, la ventaja nunca sirvió de mucho.
―Podías saber que me gustabas.
―Sí.
―Podías saber cuándo estaba nerviosa.
―Sí.
―Podías saber cuándo quería besarte.
Su mirada cambió.
―Sí.
―Y aun así esperaste meses.
―Porque eras tú.
―Eso tampoco explica nada.
―Explica demasiado.
La cocina se quedó pequeña otra vez.
Kael seguía sosteniendo mi muñeca.
Su pulgar no se movía, pero mi pulso sí.
―Suéltame.
Lo hizo de inmediato.
Me molestó.
Otra vez.
―Esto va a ser insufrible.
―Probablemente.
―Y deja de sonreír.
―No estoy sonriendo.
―Te conozco.
―Antes.
La palabra cayó entre los dos.
Ocho años.
Respiré.
―Entonces vas a tener que dejar que vuelva a hacerlo.
Kael se quedó quieto.
―¿Conocerte?
―No te emociones.
―Difícil.
Agarré mi taza.
―Voy a cambiarme y luego vamos al invernadero.
―Iria, quizá deberíamos esperar a Naira.
―Dijiste que iríamos juntos.
―Y lo mantengo.
―Bien.
Subí dos escalones.
―Una cosa más.
Me giré.
Kael seguía con la fotografía en la mano.
―¿Qué?
―La teoría de mi madre era lo único que tenía entonces.
―¿Y ahora?
Su expresión perdió el poco humor que quedaba.
―Ahora sé que estaba equivocada.
Bajé un escalón.
―¿Cómo lo sabes?
Kael me miró durante demasiado tiempo.
―Porque esa misma noche mi corazón también empezó a fallar, Iria.
