Capítulo 7 7

―¿Tu corazón también falló?

Kael dejó la fotografía sobre la mesa.

―Durante unos segundos.

―¿Y pensaste que eso confirmaba la teoría de tu madre?

―Pensé muchas estupideces esa noche.

―Esa está bastante arriba en la lista.

―No voy a discutirlo.

Bajé el escalón que había subido.

―Explícalo.

Kael pasó una mano por su nuca.

―Después de que tu pulso volvió, el mío empezó a desordenarse. Latía demasiado rápido y luego se saltaba golpes. Mi temperatura subió. Mis ojos cambiaron varias veces.

―¿Ya tomabas el estabilizador?

Su expresión se tensó.

―Una versión temprana.

Recordé la conversación con Naira.

Algo estaba enfermando a los Vesper.

―¿Y jamás relacionaste una cosa con la otra?

―En ese momento no.

―Conveniente.

―Tenía veintiún años y acababa de pensar que te había matado durante once segundos.

La frase me cerró la boca.

Kael bajó la mirada.

―No estaba razonando bien.

―Eso puedo creerlo.

―Gracias.

―No era un cumplido.

―También puedo creerlo.

Me crucé de brazos.

―¿Te volvió a pasar?

―Alguna vez.

―¿Y ahora?

―Iria.

―Respuesta equivocada.

―A veces.

Lo observé mejor.

La temperatura alta. Sus ojos dorados. El modo en que Naira había revisado su brazo la noche anterior. De repente, todo parecía encajar de una forma que no me gustaba.

―¿Naira lo sabe?

―Sí.

―¿Tuviste revisiones?

―Sí.

―¿Y estás bien?

Kael tardó medio segundo.

Suficiente.

―Estoy funcional.

―Eso dicen los hombres que están a punto de caerse de una escalera.

―Trabajo en rescate marítimo.

―Peor. Ustedes creen que “funcional” significa “todavía puedo levantar un bote”.

Una sonrisa breve le aflojó la cara.

―No levanto botes.

―Qué decepción.

El humor duró poco.

Miré hacia el pasillo.

―Voy a cambiarme.

―Y luego al invernadero.

―Mira qué rápido aprendes.

―Tengo incentivos.

―¿Cuáles?

Sus ojos bajaron a la camisa que llevaba puesta.

―Que dejes de usar mi ropa antes de que pierda la poca dignidad que me queda.

Me miré.

―Podrías haberme dado algo menos corto.

―Podrías haber elegido el pantalón.

―Estaba mojado.

―Ese detalle no ayuda.

Levanté una ceja.

Kael cerró los ojos.

―Ve a cambiarte.

Sonreí y subí.

Quince minutos después salimos con botas, guantes y dos cafés. La lluvia se había convertido en llovizna.

Kael abrió la puerta del invernadero y esperó.

―Después de ti.

―¿No vas a revisar primero?

―Me dijiste que dejara de tratarte como si fueras de cristal.

―No dije que fueras inútil.

Él entró antes.

―Mucho mejor.

Lo seguí.

El vidrio roto seguía cubierto con una lona. La tierra húmeda olía fuerte. Kael se agachó junto a la caja de Celia.

―Nada nuevo.

Me arrodillé al otro lado.

―Mi abuela escondía cosas en lugares absurdos.

―Lo sé.

―¿Por qué suena a experiencia?

―Una vez guardó mis llaves dentro de una maceta porque llegué borracho.

Lo miré.

―¿Tú borracho?

―Tenía diecinueve.

―Necesito detalles.

―No los tendrás.

―Entonces se los pediré a Naira.

―Eso es chantaje.

―Es eficiencia.

Busqué entre sobres y recortes. Había recibos, semillas antiguas, fotografías de plantas y notas médicas que no entendía.

Kael tomó una hoja doblada.

―Esto es de ella.

―Todo esto es de ella.

―Su letra cambia cuando escribe rápido.

Me quedé mirándolo.

―Conocías demasiado bien a mi abuela.

―Ella se encargó de que sobreviviera a varias malas decisiones.

―¿Incluyéndome?

La pregunta salió antes de que pudiera frenarla.

Kael dejó el papel.

―Tú nunca fuiste una mala decisión.

Se hizo silencio.

Mi mano quedó sobre un sobre.

―Entonces deja de llamarlo error.

Kael me sostuvo la mirada.

―Tienes razón.

―Otra vez.

―Estoy madurando.

―A velocidad preocupante.

Él sonrió.

Abrí el sobre.

Dentro había una tarjeta vieja y una hoja arrancada de libreta.

―Es verde.

Kael se acercó.

Demasiado.

Su hombro tocó el mío.

―Déjame ver.

―Pide permiso.

Se quedó quieto.

―¿Puedo acercarme?

―Ya estás respirándome encima.

―Eso no responde.

Lo miré de lado.

―Sí.

Kael se inclinó.

Su pecho rozó mi espalda.

Mi cuerpo reaccionó de inmediato.

Él dejó de leer.

―Ni una palabra.

―No dije nada.

―Tu cara sí.

―Mi cara está viendo una nota.

―Tu cara está siendo insoportable.

―Mi cara no tiene la culpa de tu pulso.

Giré demasiado rápido.

Quedamos a centímetros.

―¿Y el tuyo?

Kael tragó saliva.

―Peor.

Eso me gustó más de lo prudente.

Su mano estaba apoyada junto a la mía sobre la mesa. Moví un dedo y rocé el suyo.

Kael bajó la vista.

―Estás haciendo eso a propósito.

―Quizá.

―Iria.

―¿Qué?

―No juegues conmigo si vas a enfadarte cuando responda.

La advertencia me recorrió el estómago.

―¿Eso fue una amenaza?

―Fue información.

―Mucho mejor.

No retiré la mano.

Kael tampoco.

Su dedo rozó el mío otra vez, lento.

El aire se volvió demasiado caliente.

―Lee la nota ―murmuré.

―Estoy intentando.

―Intenta mejor.

―Tú eres el problema.

―Qué novedad.

Kael tomó la hoja y retrocedió.

Lo odié un poco por hacerlo.

Leyó en silencio.

La broma desapareció de su cara.

―¿Qué dice?

―Fechas.

―¿De qué?

―Síntomas.

Me quitó el papel cuando intenté tomarlo.

Lo miré.

Kael se corrigió enseguida y me lo entregó.

―Perdón.

Leí.

Temperatura elevada. Episodios de agresividad. Recuperación irregular. Alteración del pulso.

Varias fechas.

Varios nombres abreviados.

Uno tenía una K.

―¿Eres tú?

Kael miró el papel.

―Puede ser.

―No me hagas empezar otra vez.

―No estoy seguro.

―¿Cuándo escribió esto?

Busqué la fecha al pie.

Tres años atrás.

―Mucho después de que yo me fuera.

Kael asintió.

―Tu abuela siguió investigando.

―Y alguien robó la libreta completa.

―Eso parece.

Doblé la hoja.

Guardé la hoja en la bolsa que Kael había llevado para las muestras.

―Naira puede leer esto mejor que nosotros.

―Sí.

―¿Vas a llamarla o también tengo que recordarte que compartir información es sano?

Sacó el teléfono.

―Estoy sintiendo mucho apoyo en este proceso de crecimiento.

―No exageres. Solo quiero evitar tener que golpearte.

―¿Con la pala otra vez?

―Ya sé que te regeneras. Ahora puedo usar más entusiasmo.

Kael soltó una carcajada.

Me quedé mirándolo.

Era raro escucharlo reír así. De adolescente lo hacía más. Antes de aquella mañana. Antes de que cada recuerdo suyo acabara pasando por el mismo lugar.

Él notó que lo observaba.

―¿Qué?

―Nada.

―Te estás contagiando.

―Cállate.

Guardó el teléfono y se acercó a asegurar la lona del cristal roto. Una ráfaga la levantó. Fui a sujetarla y nuestras manos chocaron.

―Yo puedo ―dijo.

―Qué valiente.

―Iba a decir que puedo sostener este lado.

―Ah.

―Pero gracias por confiar tanto en mi ego.

―Se alimenta solo.

―Entonces encontraremos lo demás.

―Juntos.

Lo miré.

―Vas aprendiendo.

―No te acostumbres.

Salimos del invernadero con la nota dentro de una bolsa plástica.

A mitad del jardín, Kael se detuvo.

―Hay algo más que debes saber.

―Cada vez que dices eso, mi vida empeora.

―Lo sé.

―Habla.

Kael miró hacia su casa.

―Después de aquella noche, mi madre me hizo prometer que me alejaría de ti.

La rabia volvió.

―¿Y tú obedeciste?

Su mirada regresó a mí.

―No, Iria. Primero intenté quedarme contigo.

―Entonces ¿qué te hizo cambiar de opinión?

Kael apretó la mandíbula.

―Que mi madre me juró que, si la Resonancia volvía a intensificarse, la próxima vez tu corazón quizá no arrancaría de nuevo.

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