Capítulo 8 8
―Que mi madre me juró que, si la Resonancia volvía a intensificarse, la próxima vez tu corazón quizá no arrancaría de nuevo.
Me quedé quieta bajo la llovizna.
―¿Y eso te pareció suficiente para destrozarme?
Kael apretó la mandíbula.
―Me pareció suficiente para mantenerte viva.
―No digas eso como si arreglara algo.
―No intento arreglarlo.
―Pues suena bastante cómodo después de ocho años.
Di un paso hacia él.
―¿Tu madre tenía pruebas?
―No.
―¿Algún médico había visto algo parecido?
―No que yo supiera.
―¿Conocías a un humano que hubiera muerto por Resonancia?
Kael bajó la mirada.
―No.
Solté una risa corta.
―Increíble.
―Iria...
―Te acostaste conmigo, mi corazón se detuvo once segundos, tu madre contó una historia vieja y tú decidiste que la solución era hacerme creer que te había dado igual.
―Sí.
―Deja de responder que sí.
―Prefiero eso a volver a mentirte.
Eso me frenó.
Solo un segundo.
Luego seguí.
―Podrías haberme llevado a un hospital.
―Sí.
―Podrías haberme contado todo.
―Sí.
―Podrías haberme dejado elegir.
Kael levantó la vista.
―Sí.
Ahí estaba otra vez.
El problema entero reducido a una palabra.
Me pasé una mano por el pelo húmedo.
―Odio que ahora entiendas justo lo que hiciste mal.
―Llegué tarde.
―Ocho años tarde.
―Lo sé.
―No digas eso tampoco.
Una ráfaga levantó la lona del invernadero detrás de nosotros. Kael giró, la sostuvo antes de que se soltara y volvió a asegurarla.
Yo seguía enfadada.
Muy.
También seguía mirando sus manos.
Eso empeoró mi humor.
―¿Qué? ―preguntó.
―Nada.
―Tu corazón dice otra cosa.
―Mi corazón tiene pésimo criterio.
―En eso coincidimos.
Lo fulminé.
Kael sonrió apenas.
―No aproveches.
―No estoy aprovechando.
―Estás disfrutando esto.
―Un poco.
―Eres insufrible.
―Tú empezaste.
―Hace ocho años.
―Exactamente.
El teléfono de Kael vibró.
Miró la pantalla.
―Naira.
―Ponla en altavoz.
―Eso sonó mucho a orden.
―Aprendo de los peores.
Contestó.
―¿Qué pasa?
La voz de Naira salió entre ruido de puertas.
―Que tu muestra tiene algo raro y necesito ver la nota que encontraron.
―La llevamos.
―Y trae a Iria.
―Está aquí.
―Hola, Iria.
Me acerqué al teléfono.
―Hola, mujer sensata.
―Por fin alguien lo reconoce.
Kael cerró los ojos.
―¿Podemos centrarnos?
―Qué carácter. Ven a la clínica.
La llamada terminó.
Kael guardó el móvil.
―Vamos.
―¿Siempre obedeces tan rápido a Naira?
―Cuando amenaza con pincharme, sí.
―Me cae mejor cada minuto.
Cruzamos hacia su casa para coger las llaves del coche.
En la entrada, Kael se agachó para quitarse las botas mojadas.
Yo hice lo mismo.
Cuando me incorporé, él estaba demasiado cerca.
Otra vez.
―Tienes barro aquí ―dijo.
Su mano subió hacia mi mejilla y se detuvo antes de tocarme.
―¿Puedo?
La pregunta me cayó peor que el gesto.
Porque la esperaba.
Porque me gustó.
―Sí.
Kael pasó el pulgar bajo mi pómulo.
Lento.
Demasiado lento para limpiar barro.
―Eso ya debería haber salido.
―Probablemente.
―Entonces ¿por qué sigues?
Sus ojos bajaron a mi boca.
―Porque me dijiste que preguntara.
Mi respiración se desordenó.
―Preguntar no te da permiso infinito.
―Por eso sigo esperando.
El pulgar seguía allí.
Caliente.
Mi cuerpo tenía una opinión bastante clara.
Kael también la escuchó.
Se le oscurecieron los ojos.
―No digas nada.
―No iba a hacerlo.
―Estás respirando distinto.
―Tú también.
Me atreví a tocarle el pecho.
Solo la palma.
Su corazón golpeaba rápido.
Kael se quedó inmóvil.
―Información privilegiada ―murmuré.
―Estás abusando del sistema.
―Quiero una compensación por años de desventaja.
―Eso suena peligroso.
―Para ti.
Mis dedos bajaron apenas sobre la tela.
El abdomen de Kael se tensó.
Me gustó.
Mucho.
Su mano dejó mi mejilla y se apoyó en la pared, al lado de mi cabeza.
No me encerró.
Dejó espacio suficiente para que pudiera apartarme.
Eso también lo noté.
―Iria.
―¿Qué?
―Si sigues tocándome así, voy a preguntarte algo.
―Pregunta.
Su mirada bajó otra vez a mi boca.
―¿Puedo besarte?
El mundo hizo una pausa ridícula.
Mi cuerpo respondió antes que yo.
Kael cerró los ojos.
―Eso no cuenta.
―Qué conveniente.
―Quiero escucharlo de tu boca.
Tuve ganas de decir que sí.
Una parte de mí ya estaba inclinándose hacia él.
Entonces recordé una cama, una mañana y ocho años de rabia.
Retiré la mano.
―Todavía no.
Kael abrió los ojos.
La decepción estuvo ahí.
No la escondió.
―Bien.
Se apartó.
Sin protestar.
Sin convencerme.
Sin convertir mi respuesta en un debate.
Eso me dejó más alterada que el casi beso.
―No pongas esa cara.
―¿Cuál?
―La de hombre civilizado.
―Estoy intentando impresionarte.
―Vas fatal.
―Hace treinta segundos estabas tocándome el abdomen.
―Investigación.
―Claro.
Tomó las llaves.
―Vamos antes de que tu metodología empeore.
La clínica de Naira ocupaba una casa baja cerca del puerto. Olía a desinfectante, café y perro mojado.
Naira nos recibió con una carpeta abierta.
―Qué caras traen.
―Nada ―dijimos los dos.
Ella sonrió.
―Perfecto. Entonces sí pasó algo.
Kael dejó la bolsa con la nota sobre la mesa.
―Lee.
Naira se puso unos guantes y extendió el papel.
Su expresión cambió.
―Esta letra es de Celia.
―Eso ya lo sabemos ―dije―. Lo que quiero saber es si esas historias sobre Resonancias que matan humanos tienen alguna base.
Naira levantó la vista hacia Kael.
―¿Ya llegamos a esa parte?
―Sí.
―Bien.
Me apoyé en la mesa.
―¿Existe?
Naira se quitó los guantes.
―Hay relatos viejos. Muy viejos. Nada clínico. Nada que yo usaría para diagnosticar a nadie.
Kael se quedó tenso.
―Mi madre lo creía.
―Tu madre creía muchas cosas.
―Naira.
―Y tú tenías veintiún años. Ya sé.
Me miró.
―Si tu pregunta es si Kael tenía pruebas de que la Resonancia podía matarte, la respuesta es no.
Sentí que algo me ardía detrás de las costillas.
Kael no se defendió.
Eso casi fue peor.
Naira volvió a la hoja.
―Pero esta nota sí me preocupa.
―¿Por qué?
Señaló una fecha.
―Porque coincide con el primer estabilizador que Kael empezó a usar.
Él palideció.
―Naira.
Ella levantó otra hoja de la carpeta.
―Y porque Celia escribió esto al lado de tu inicial.
Me acerqué.
―¿Qué dice?
Naira leyó en voz alta:
―“La Resonancia puede estar siendo culpada por algo que empezó mucho antes.”
Kael me miró.
Yo ya estaba mirando la fecha.
Era de ocho años atrás.
―Entonces aquella noche quizá nunca tuvo nada que ver conmigo ―dije.
Naira cerró la carpeta.
―Eso es exactamente lo que tenemos que averiguar.
Naira miró primero a Kael y luego a mí.
―Y hasta entonces van a hacerme un favor.
―Esa frase nunca termina bien ―dije.
―Nada de provocar la Resonancia a propósito.
Kael frunció el ceño.
―¿Qué significa exactamente?
―Significa que quiero evitar picos hasta saber qué produjo la reacción de aquella noche.
Yo crucé los brazos.
―Define “picos”.
Naira sonrió con demasiada satisfacción.
―Besos largos, excitación intensa, sexo. Ya sabes, las cosas que claramente estaban a punto de hacer antes de llegar.
Kael tosió.
―No estábamos...
―Ni termines esa mentira.
Mi cara empezó a arder.
―¿Cuánto tiempo?
Naira cerró la carpeta.
―Hasta que encuentre una respuesta.
Kael me miró.
―Esto va a ser divertido.
Naira negó con la cabeza.
―No, cariño. Para ustedes va a ser una tortura, porque hasta que sepa qué causó esos once segundos, no pienso dejar que vuelvan a tocarse.
