Capítulo 9 9
―¿Nada de tocarnos?
Naira me miró por encima de la carpeta.
―Nada que dispare la Resonancia.
―Eso no responde.
―Porque tú estás buscando una grieta legal.
―Me conoces desde hace cuarenta minutos y ya me juzgas.
―Te conozco desde que Kael lleva ocho años diciendo tu nombre con el tono que usa para insultar al clima.
Kael apoyó los codos en la mesa.
―¿Podemos volver a la parte médica?
―Claro. Tú, siéntate.
―Estoy sentado.
―Más lejos de ella.
Lo miré.
Él me miró.
Naira chasqueó los dedos.
―Separación de un metro.
Kael arrastró la silla hacia atrás.
―Esto es ridículo.
―Tu madre construyó una teoría entera con menos datos.
Eso le borró la protesta.
Yo crucé una pierna sobre la otra.
―Entonces, ¿qué sí podemos hacer?
Naira empezó a guardar los papeles.
―Hablar.
―Qué castigo.
―Dormir.
―Por separado ―añadió Kael.
Lo miré.
―Nadie te preguntó.
―Estoy previniendo problemas.
―Tu especialidad.
Naira soltó una carcajada.
―También pueden comer, trabajar y existir en la misma habitación. Quiero evitar besos, sexo y cualquier cosa que los ponga a competir por quién respira peor.
―Eso es demasiado específico ―dije.
―Los vi entrar.
Kael se levantó.
―Nos vamos.
―Sí, huyan. Yo llamaré cuando tenga algo.
Me puse de pie.
―¿Cuánto tardarás?
―Unas horas para comparar notas. Más si necesito muestras antiguas.
―¿Y mientras?
―Mientras intenta no lamer a tu vecino.
Kael cerró los ojos.
―Naira.
―¿Qué? Ella parece la más peligrosa de los dos.
Salimos de la clínica con el viento empujando olor a sal desde el puerto.
Kael caminó hacia el coche.
Yo me quedé detrás.
―Un metro.
Se volvió.
―¿Hablas en serio?
―La doctora fue clara.
―Es veterinaria.
―Y médica Vesper.
―Te estás divirtiendo demasiado.
―Muchísimo.
Abrió la puerta del copiloto.
Esperé.
―¿Qué?
―Estás a menos de un metro.
Kael dejó la puerta abierta y retrocedió dos pasos.
―Suba, señorita Salvat.
―Así está mejor.
―Eres insoportable.
―Y tú escuchas mi corazón. Estamos empatados.
Subí.
Durante el trayecto mantuvo ambas manos en el volante. Ni siquiera rozó la palanca de cambios cuando mi rodilla quedó cerca.
Eso empezó a molestarme a los cinco minutos.
―Puedes conducir normal.
―Estoy conduciendo normal.
―Estás pegado a tu puerta.
―Tú pediste un metro.
―Era una broma.
―Yo estoy respetando indicaciones médicas.
―Qué obediente te volviste.
―Solo cuando implican no matarte.
Giré hacia la ventana.
―Eso dejó de ser gracioso hace ocho años.
El silencio duró hasta llegar a su casa.
Kael apagó el motor.
―Tienes razón.
―Ya.
―No quiero usar eso para manipularte.
Lo miré.
Su cara estaba seria.
―Bien.
―Y tampoco voy a fingir que la prohibición de Naira me resulta fácil.
Mi pulso dio un salto.
Kael miró al frente.
―Gracias por anunciarlo.
―Tú empezaste con las bromas.
―Yo no escucho tu cuerpo desde el asiento de al lado.
―Mi cuerpo lleva todo el camino gritando.
Me quedé muda.
Kael abrió la puerta.
―Un metro.
Lo odié.
Entramos en la casa.
Antes de empezar con la pasta, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua con gas.
La dejó frente a mí.
―¿Todavía tomas esta?
Miré la etiqueta.
Era la misma marca que compraba de adolescente.
―¿Por qué tienes eso?
―Me gusta.
―Mentira. La odiabas.
―Me acostumbré.
―¿A beber agua que odiabas?
―A tenerla aquí.
Lo miré.
Kael fingió interesarse muchísimo por una cebolla.
―Eso es bastante triste.
―Gracias.
―¿La comprabas por mí aunque yo no estaba?
―A veces.
―¿Durante ocho años?
―No cada semana, Iria. No estoy enfermo.
―Eso está por comprobarse.
Me lanzó una mirada.
―Cruel.
―Te la ganaste.
Abrí la botella.
Seguía sabiendo exactamente igual.
Ese detalle doméstico me desarmó más que la fotografía.
Kael lo notó y, por una vez, tuvo la delicadeza de callarse.
Yo recogí la ropa que había dejado secándose junto al radiador. Kael fue a la cocina.
―Voy a hacer algo de comer.
―¿Sabes cocinar?
―Sobreviví ocho años sin ti.
―Eso no responde.
―Pasta.
―Eso tampoco es cocinar.
―Puedes irte a tu casa.
―Mi ventana está rota.
―Entonces agradece la pasta.
Me apoyé en la encimera.
Él abrió un armario y sacó una olla.
La camiseta se le levantó al estirarse.
Aparté la vista.
Tarde.
―Tu corazón.
―Cállate.
―No dije nada.
―Lo ibas a decir.
―Iba a preguntar si querías salsa roja.
―Mentiroso.
Kael sonrió y puso agua al fuego.
Yo intenté concentrarme en mi teléfono.
Tenía siete mensajes de la agente inmobiliaria, tres del trabajo y uno de un número que conocía demasiado bien.
Matías.
¿Llegaste bien?
Bloqueé la pantalla.
―¿Problemas? ―preguntó Kael.
―Trabajo.
―Tu pulso cambió.
―Esto va a acabar conmigo.
―Puedes mentirme mejor.
―No tengo obligación de contarte cada cosa que altera mi pulso.
―No dije que la tuvieras.
Su voz había cambiado.
Muy poco.
Lo suficiente.
―Pero quieres saber.
―Sí.
―Qué pena.
Kael removió la pasta.
―Perfecto.
Sonreí.
―¿Estás celoso?
―No.
―Respuesta demasiado rápida.
―Estoy cocinando.
―Y apretando esa cuchara; parece que te debe dinero.
Kael la dejó.
―¿Quién te escribió?
―Alguien.
―Excelente conversación.
―Gracias.
Mi teléfono vibró otra vez.
Esta vez Kael vio el nombre en la pantalla.
MATÍAS.
Sus ojos bajaron un instante.
―Ah.
―¿Ah qué?
―Nada.
―Te odio.
―No he dicho nada.
―Tu cara sí.
―Mi cara está cocinando.
―Tu cara quiere romper mi teléfono.
―Tu teléfono me parece inocente.
―¿Y Matías?
Kael echó la pasta al agua.
―También.
―Mentiroso.
―No tengo derecho a opinar sobre tu ex.
Eso me pinchó de una forma rara.
―No.
―No.
La cocina quedó demasiado silenciosa.
Abrí el mensaje.
Estoy cerca por un proyecto. Si necesitas ayuda con la casa, dímelo.
Kael seguía de espaldas.
―Está en Bahía Umbría.
La cuchara chocó contra la olla.
―Qué bien.
―Eso sonó sincero.
―Estoy emocionadísimo.
―Podrías saludarlo.
―Podría tirarme del acantilado.
Me reí.
Kael se volvió y me miró.
―No entiendo qué le viste.
―Era amable.
―Yo también soy amable.
―A ratos.
―Tenía camisa planchada hasta para comprar pan.
―Eso es higiene.
―Eso es sospechoso.
Me reí otra vez.
Kael me sostuvo la mirada y algo cambió.
Se acercó.
Yo dejé el teléfono sobre la encimera.
Un paso.
Luego otro.
Se detuvo a la distancia que Naira había impuesto.
―Ahí está tu metro ―murmuré.
―Lo sé.
―Pareces molesto.
―Estoy intentando ser maduro.
―Te queda raro.
―A ti la camisa mía te quedaba mejor.
Mi respiración falló.
Kael bajó los ojos.
―Eso cuenta como provocar.
―No te estoy tocando.
―Peor.
―Naira prohibió contacto.
―Naira debería haber prohibido que me miraras así.
―¿Así cómo?
―Ya sabes.
―Dímelo.
Kael apretó la mandíbula.
―Como si quisieras que olvide cada instrucción que nos dio.
No respondí.
Él tampoco se movió.
Yo podía cruzar ese metro con un paso.
Solo uno.
Mi teléfono vibró otra vez.
Kael bajó la mirada.
MATÍAS: Estoy en el pueblo. Puedo pasar a verte ahora.
Kael soltó aire.
―Contesta.
―¿Te molesta?
―Muchísimo.
―Entonces quizá debería invitarlo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
―Haz lo que quieras.
Tomé el teléfono.
Antes de que pudiera escribir, golpearon la puerta.
Tres golpes.
Kael miró hacia el recibidor.
Yo también.
Una voz masculina atravesó la madera.
―Iria, soy Matías. ¿Puedo pasar?
