Capítulo 1 Los hombres son unos idiotas

Qué miserable es mi vida. 

Además de haber presentado mi renuncia a una empresa tacaña, que no soltaba dinero ni para vasos de papel, también he tenido las peores citas de mi vida. 

¿Es que acaso las empresas y los hombres deben ser igual de idiotas?

En cuanto entro a mi casa y me desplomo sobre el gran sofá de la sala. Tan bonita que me veía hoy para esta cita, y resultó peor que la anterior. ¡Agh! ¡Odio todo!

El ruido de una notificación me saca una mueca de fastidio. Al desbloquear el celular, me encuentro un mensaje de Armando Trinidad de los Ángeles y los Demonios Perdedores. Después de todo, tiene el descaro de preguntarme, por mensaje, si ya somos pareja. 

Mi respuesta es un rotundo y seco no. Aunque, como me criaron para ser amable, me veo obligada a agregar en el mensaje que, por el momento, quiero enfocarme en mí y en mi carrera. Pero me gustaría que siguieramos siendo amigos y ver qué sucede. 

Claramente, no quiero ni amistad con este sujeto. 

Oh, pero este sinvergüenza me responde que no le interesa, pues que para amigas, ya tiene un montón, y me lo creo. Agrega que, de haber sabido que yo no quería una relación seria y formal, no hubiera perdido el tiempo conmigo. 

¡Él perdió el tiempo! 

Y, si no fuera poco, me exige que le regrese el dinero que gastó en mí, pues lo hizo pensando que yo lo valía. Maldito sea este hombre de pacotilla. 

¡Fui yo quien lo recogió de la casa de su MADRE! 

Me dije: «Vamos Veronica, esto es un paso para tu empoderamiento. Los hombres no siempre deben pasar por ti, por eso tienes un buen auto. Ellos también quieren ser tratados como príncipes. Está bien, Veronica. Quizá vive todavía con su madre, porque ella está enferma o necesita de compañía. Tú también extrañas la compañía de tu mami». 

Armada con esa idea, lo fui a recoger. ¿Cuál fue mi sorpresa? Bueno, además de que iba tan desarreglado, que, en comparación, un vagabundo tendría mejor aspecto, su madre se veía super joven y super harta de tenerlo en casa. En su mirada le vi la súplica de que me lo llevara muy lejos. 

«Ay, bueno, Veronica, una no debe juzgar a nadie antes de conocerlo». Debí haberlo hecho. Debí juzgarlo muy duramente. 

Luego, llegó el momento en que quise entablar conversación con él durante el camino. El muy infeliz a veces ni respondía. Y para rematar la noche, fuimos a uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad. Él me invitó, así que pensé que pagaría, como debe de ser.

No debí sorprenderme cuando el espécimen este, desvergonzado, después de tragar como un muerto de hambre, como si se fuera de invernación, ¡dejó que pagara toda la cuenta yo sola! 

No solo me tocó un hombre que vive con su madre a sus treinta años, sino que, además, estaba desempleado. Justo cuando el mesero nos llevó la cuenta, se acordó de advertirme que llevaba seis meses sin encontrar trabajo. 

Qué poco hombre, y me quedo corta en insultos. Pero como soy una dama, yo no suelto groserías… yo golpeo fuerte. 

Ahora me reclama que fue él quien perdió el tiempo y el dinero conmigo. ¡Diecisiete miserables pesos! Eso es lo que se gastó por un helado que me compró la primera vez que nos vimos. 

Vaya dineral se gastó ese… ¡Agh!

Le transfiero sus miserables diecisiete pesos, le mando captura y un mensaje que dice: «Ten. Se nota que los necesitas para dejar de molestar a tu madre con tu simple presencia fracasada. Espero seas feliz con tu mini gansito de cinco pesos. Porque esos diecisiete, ni para el kilo de tortillas te alcanza». Y lo bloqueo. 

Suelto un grito de frustración. ¿Es que acaso nunca tendré un hombre que valga la pena? No puede ser. 

Vuelvo a agarrar el celular. Necesito hablar de esto con alguien. Como mamá está en Miami, en su luna de miel con su nuevo esposo, la descarto. Prefiero que se divierta antes de que cargue con mis problemas. También pienso en hablarle a Natalia, pero está en los preparativos de su boda, así que no… 

Me decanto por hablarle a Mel. Es algo alocada y no sabe consolar, pero si trae algo de vino, con eso me doy por satisfecha. 

Veinte minutos después de hablarle, Mel toca la puerta. Al abrir, la encuentro con una caja llena de cervezas. 

—¿Alguien de aquí tuvo una desastrosa cita y necesita de su amiga alcohólica para olvidar lo horrible que son los hombres? 

Le arrebato la cerveza que extiende hacia mí, la destapo y le doy un gran trago. Es justo lo  que necesito. Es refrescante y me quita el sabor amargo que me dejó el idiota de Armando Trinidad de los Ángeles del Averno. 

—Te juro, Mel —digo, con las palabras atropelladas por el alcohol. No sé cuántas cervezas he tomado ya—, no sé por qué me va tan mal en el amor. —Me da un poco de hipo—. ¿Tan mala suerte tendré siempre?

Mel sacude la mano, quién sabe por qué.

—Tu problema, Roni —se inclina, su aliento me golpea la cara—, es que buscas un hombre decente en esas aplicaciones que solo usan los urgidos y que las mujeres de su cuadra ya no quieren. 

—Ay, Mel, si hasta me pasa con los hombres que conozco en persona. —Hago un puchero con la boca. Todavía recuerdo a Rigoberto. O a Lucas. O a Fernando. Dos de ellos solo querían acostarse conmigo y después me dejaron de hablar. 

Mel me da un ligero manotazo en el brazo. 

—Tu segundo problema, Roni, es que buscas pareja solo para tener sexo. ¿De qué sirve tener sexo si pasarás el resto de tu vida con un imbecil?

Agarro otra cerveza. 

—Te equivocas, Mel. Yo no quiero solo sexo. Quiero compartir mi vida con un buen hombre, que me comprenda, que… —me callo cuando escucho a Mel burlándose de mí. Aprieto los labios, molesta. 

—Lo que quieres es coger, Roni —replica—. Y, para eso, no necesitas tener pareja. Mira. —Saca su celular y, mientras busca algo, me sigue explicando—. Tengo una amiga que diseñó esta app precisamente para tener sexo. —Me tiende el celular.

La app es bonita, de un morado lila, con adornos de ramas y flores. Muy discreto. Incluso el nombre lo es. Love in Love is not. 

—Tú mandas toda tu información a los desarrolladores, por medio de la inteligencia artificial y los dones de mi amiga, ellos buscan un perfil que encaje con el tuyo. Nada de «me gusta ver el atardecer». O: «Solo busco amistad sincera». Ninguna de esas mierdas. Si metes tu perfil, es para que te la metan o la metas. 

—Eres muy grosera. —Le regreso el celular. 

—Piensalo, Roni —dice ella, con una sonrisa—. Es lo que quieres, y esto te va a resolver todos tus problemas. Un buen momento no debe implicar sentimientos y esas cursilerías. 

Oh Dios, ¿será que tiene razón? ¿Debería solo tener sexo y bye amor de cuentos?

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