Capítulo 2 HombreCoqueto301
Bien, sí, estoy un poquito desesperada. Me descargué la estúpida aplicación y esta me unió a un hombre que, al parecer, conecta con mis gustos y rango de edad.
Es raro que nuestra primera vez conociéndonos sea en la habitación de un hotel, y no en un restaurante, o incluso un bar. Cuando tocan la puerta cinco veces —nuestra clave—, le doy permiso para que entre.
Vaya sorpresa la mía.
HombreCoqueto301 es bastante alto, como pedí. Es corpulento, así que check. Lleva barba, mmm. Tiene ojos azules, me da igual. Su piel es morena blanca, me gusta. Su rostro es en forma de diamante, suculento.
Lo que no esperaba es que tuviera la edad de mi padre si no me hubiera abandonado hace veinte años atrás. Lleva el cabello y la barba salpicados de canas. Si este es es mi rango de edad, no me quiero imaginar cuando me conecten con otro más cercano. ¿Qué hará la app? ¿Desenterrar a mi próxima cita?
—Buena noche —dice él con una voz profunda, extendiendo el brazo para darme un apretón.
Algo confusa, le regreso el saludo. ¿Cómo se supone que empezaremos esto? ¿Le digo que se quite la ropa y me tome? ¿Me arrodillo y…?
—Mi nombre es…
Sacudo las manos.
—Por favor, no. —Lo detengo de inmediato—. En la aplicación está expresamente dicho que no demos nuestros nombres reales.
Ni ninguna otra información.
—Oh, sí. —Se rasca la nuca.
Valgame. ¿Será que es virgen y por eso no tuvo más remedio que esta aplicación?
Mel se equivocó, Love in Love is not es la verdadera app para urgidos.
—Eh… bueno. —Sacudo los brazos—. ¿Cómo quieres… empezar?
—¿Eres nueva en esto?
Casi me atraganto con mi propia saliva.
—Oh, no, no. Yo ya he estado con varios hombres.
Me pregunto si estará bien que se lo comente. Sé que hay hombres que odian que hayan mujeres con vida sexual activa. Pero yo soy un adulta y ningún idiota va a venir a decirme con cuántos debo acostarme.
—No me refería a eso. —Se le dibuja una diminuta sonrisa. Tiene buena dentadura… aun—. Me refiero a si ya has tenido este tipo de citas a ciegas. Verás, esta es mi primera vez teniendo algo así sin conocer antes a la persona.
Ay, no, aquí vamos a la charla interminable sobre su vida. Ya lo decía yo. Ahora pasará a hablar sobre sus nietos —si es que ha tenido contacto femenino alguna vez—, sobre las noticias, el precio del dólar y el euro, y alguna tontería sobre el Congo.
Me siento mientras él explica que, aunque le va bien la tecnología, temía no poner bien los datos y blah, blah, blah. Cuando me está por decir algo más, lo detengo.
—Mira, creo que deberíamos empezar ya. O nos cobrarán extra.
Y yo no pienso pagarle otra vez nada a ningún hombre.
—Ah, claro. —Asiente—. Bueno, espero me perdones. Hace años que no estoy con una mujer… después de la muerte de mi esposa. No he tenido tiempo, con mis hijos y el trabajo, es difícil.
Antes de que continúe, me levanto y lo beso. Él se queda callado tras separarme. Como sé que esto no avanzará hasta que yo haga el primer paso, me quito el vestido. La tela se desliza por mis caderas y nalgas, hasta llegar al piso.
—Hagamoslo ya.
No voy a mentirte. Este hombre está bien dotado, de adelante y de atrás. Se nota que hace ejercicio, y su masa muscular todavía no lo ha abandonado. Tiene un trasero que, ufff, amiga, se lo envidio. Sus piernas, ay, como para que me cargue siempre.
De vez en cuando, bajo y le lamo el abdomen, donde desciende un escaso vello hasta su pene bien puesto, como Dios manda. Pero lo que Dios no mandó, es una erección. Por más estímulo que le dé con los pechos, la boca y hasta con los pies, esa cosa confirma la gravedad.
Todo cae por su propio peso.
Al final, se le para durante unos minutos que aprovechamos. Pero es tan torpe, que me termina lastimando.
Los diez minutos más desastrosos de mi vida. En cuanto termina, voy al baño, me limpio, me vuelvo a vestir y él no tarda en imitarme.
Vaya decepción y desperdicio de buen cuerpo.
—No estuvo tan mal —murmura—. Perdón. Como te mencioné, hace tiempo que no estaba con una mujer. Te prometo que, para la segunda cita, lo haré mejor.
¡¿Segunda cita?!
Me vuelvo hacia él. Lleva una sonrisa tímida. ¿De verdad piensa que le compraré viagra para que su amigo le funcione? No, no. No me da el dinero para nada más.
Él se levanta antes de que pueda responder nada y entra al baño. Mientras está ahí, entro a la app. Tal vez esta noche no esté del todo arruinada. Quizá me puedan emparejar con alguien más y quedar hoy mismo. Disfrutar un poco.
Pero por más que actualizo la información y pido otra cita, la estúpida app me sigue uniendo al mismo sujeto. Dice que somos muy compatibles.
Sí, claro, mucho. Esto ha de ser una broma. Reviso la edad que puse. En efecto, pone que tengo treinta y dos años, y yo que sepa, eso es ser muy joven. Entonces, ¿por qué creen que soy compatible con un abuelo?
Intento tres veces… a la cuarta, me doy cuenta que un sonidito sale del baño. Al principio pensé que provenía de mi celular, pero cuando el abuelo sale, me doy cuenta de que no es así.
—Creo que no te gustó la cita, ¿cierto?
Me enseña la pantalla de su iphone, donde se muestra como nos unieron cuatro veces seguida, lo que quiere decir que yo he estado buscando otros prospectos.
Apago mi celular. Despacio, me levanto y agarro mi bolso.
—Mira, no te voy a mentir, HombreCoqueto301. —Pongo mi mano en su hombro—. Creo que deberías jubilarte. Irte de vacaciones con tus nietos o bisnietos. Ver a más gente de tu edad. Disfrutar la poca… la gran vida —me corrijo de inmediato— que te aguarda como pensionado.
—¿Qué? —Frunce el ceño.
Coloco un dedo sobre sus labios, mientras sacudo la cabeza.
—No digas nada, HombreCoqueto301. A todos nos pasará algún día, cuando seamos viejos, como tú comprendes ahora. Incluso a mí me pasará. —Me señalo, con gran pesar—. Así que no hay nada de qué avergonzarse. Quizá te pueda presentar a mi abuela. Es una mujer de setenta años, pero se mueve como de sesenta. —Le guiño un ojo—. Es muy bonita, a pesar de los años.
Él se mueve, incómodo. Bajo mi mano y camino hacia la salida.
—Como sea —digo, con una mano en el picaporte de la puerta—, creo que estas apps no son para mí. Me voy, con la esperanza de que mi abuela tenga mejor suerte que yo. Adiós.
—Este…
Dejo al hombre con su «este…» y me largo. Yo a un hotel no vuelvo a entrar. Prefiero vestir de monja antes de volver a hacerle caso a Mel.
Desinstalo la app y me olvido de esta tontería.
