Capítulo 3 Un reemplazo para Sara

Apenas han pasado unas catorce horas desde que tuve la peor experiencia sexual de mi vida. Y eso que no cuento la vez que, en un campamento, cuando tenía unos veinte años, un amigo y yo estábamos tan borrachos que nos desconocimos por completo. 

Nunca imaginé que alguien me diría viejo en mi cara. Cuando eres joven, no piensas que va a llegar ese momento. Y no me habría importado tanto de haber estado en otra situación. Pero que te lo diga una bella mujer después del acto, es un insulto del que no te recuperas pronto. 

Cuando se fue, terminé por romper algunas cosas que tuve que pagar. No fue por ella, sino por mí. Porque debí haber dado más de mí. Pero ella… ella se parecía tanto a mi antigua esposa de joven. 

No quería hacer nada más que abrazarla. 

Sé que no fue buena idea usar esas aplicaciones para obtener una cita. Pero, aunque creo que todavía no estoy viejo, sí es cierto que los años vienen tras de mí sin compasión. 

Tener cuarenta y cinco años no te hace ser viejo. Mis canas son por genética y por haber criado yo solo a tres hombres y dos mujeres completamente diferentes entre sí. Creo firmemente que mi esposa buscaba burlarse de mí. Porque abandonarme con trillizos y gemelas, ha sido el trabajo más agotador que he tenido que ejercer. 

Termino de escribir un informe de seguridad para cuando Sara, mi asistente, entre a mi oficina. 

—Señor, ya está todo listo. 

—Muy bien, Sara. —¿Listo? Dejo de teclear y la miro—. ¿Para qué? —De pronto, abro los ojos ante cierta posibilidad que, quizá, dejé pasar por alto—. ¿Hay reunión? 

Comienzo a organizar las carpetas apiladas en el escritorio. Paso la vista por cada etiqueta, verificando si alguna tiene alguna nota sobre una reunión para el día de hoy.

Sara me detiene con un tono desenfadado.  

—No, señor. Todo está listo para que cheque mi reemplazo. 

Se me forma una mueca en los labios. Claro, su reemplazo. Lo olvidé por completo. 

—Sara, por favor, nadie podría reemplazarte. ¿Qué haré sin ti? ¿No puedes esperar un poco más?

Veo como traza círculos sobre su vientre hinchado. 

—Por supuesto, señor. Le diré a mi bebé que espere en la barriga otros nueve meses más. ¿Está bien? —Baja la mirada a su barriga—. Así se termina de formar muy bien. ¿Qué le parece que lo conserve aquí hasta que saque su credencial para votar? 

Arrojo los papeles sobre el teclado de la computadora, y me restriego los ojos con las manos. Estos jóvenes de hoy en día no respetan ni a quien les paga su salario. Estoy acostumbrado al sarcasmo habitual de Sara, pero hoy no tengo ganas de lidiar con nada que no sea del trabajo. 

—Nueve meses es poco —digo, siguiéndole la corriente, solo porque no quiero pelear—. Pero dime, Sara, ¿cuánto tiempo tendré que soportar a otra en tu lugar?

Ella sacude la cabeza, cansada de mi mala memoria. 

—Ya hablamos de esto, señor. Dos años, máximo. Necesito estar con mi bebé hasta que hable y comience a caminar. He sido muy buena asistente, ¿no es así? Durante casi diez años he trabajado con usted y no he faltado ni un solo día. Incluso en vacaciones, seguía trabajando. He ascendido gracias a que soy buena en lo que hago. Creo que minimo, como agradecimiento, me deberían dar estos dos años para estar con mi primer bebé. 

Descanso la espalda en el respaldo de la silla, la cual giro un poco. Nadie en esta vida le daría dos años de vacaciones a un trabajador. Lo más habitual son doce semanas, y ella espera mucho más que eso. Muchísimo más. 

Se está aprovechando de mí, y yo la dejo sin rechistar. 

—¿No tienes a alguien más que cuide a ese bebé? ¿Qué tal su padre? Seguramente tú ganas más que él. A veces siento que ganas más que yo. 

Mi asistente lanza un pesado suspiro. Se sienta en la silla delante de mi escritorio y me mira directo a los ojos. Esos mismos ojos de hace casi diez años atrás, cuando apenas tenía dieciocho años y aceptaron limpiar mi edificio con tal de poder pagar su universidad. 

—Señor, mi esposo seis días no consecutivos olvidó dónde estaban las llaves, dónde estaban los lentes, dónde tenía el celular, dónde había dejado el encendedor. Todos estos objetos los llevaba encima. No dejaré a mi bebé en manos de alguien que podría confundirlo con un pavo y dejarlo dentro del horno. 

Evito reír… y es no porque una vez me sucedió que olvidé que dejé a Lucy encerrada en la camioneta durante toda la noche. Eso sería muy irresponsable de mi parte. Muy irresponsable admitirlo. 

—¿Qué tal tu madre y tu suegra? —sugiero—. Un bebé debe entablar más conexiones. 

—Mi madre es poliamorosa; no pretendo dejar a mi bebé en un ambiente tan censurado. Y mi suegra viste a sus perros y gatos de duendes, y los obliga a bailar en los eventos de caridad de la iglesia. No pretendo que mi bebé se haga viral por un vídeo de él bailando con un disfraz de duende, señor. 

—Bueno, si me lo pones así. —Alejo la vista de ella, hacia los grandes ventanales que dan a la ciudad. El sol no tardará en bajar. Me rasco la nuca—. Está bien, Sara, hazlas pasar. 

Veo como asiente con los labios apretados. Sus ojos almendrados se fijan una vez más en mí. 

—Señor, aun seguiré para lo que necesite. Pero estoy cansada. Todos los días y a todas horas. He empezado a odiar lo que antes me hacía despertar emocionada cada mañana. Me he alejado de mi familia… no quiero hacer lo mismo con mi bebé. Esta es mi única opción. La otra… sería la renuncia. 

Sacudo de inmediato la cabeza. 

—Sara, basta. Prefiero que te tomes dos años fuera de la empresa, que toda la vida. Eres quien me ayuda a mantener este lugar en pie. Así que ya sabes, veamos quiénes serán tus reemplazos.

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