Capítulo 4 Entrevista de trabajo y... Oh, eres tú
Me quedo fascinado.
La primera mujer que entra para la entrevista, es sumamente hermosa. De cabellera rubia y sedosa, ojos azules y un escote que me obliga a bajar la mirada.
Sin embargo, poco importa que yo no mire, porque la joven se inclina sobre el escritorio para colocar su curriculum y darme la mano en un saludo formal. Sus dedos rozan los míos al separarse. Sé que fue intencional, pero mis pensamientos todavía giran en torno a la mujer de anoche.
—Buenas tardes, señor Daniel —dice con una bonita sonrisa que hace relucir su lápiz labial rojo—. Quería presentarme para…
—Días —la corrige Sara a mi lado. Agarra la carpeta y la hojea—. Le pediré, por favor, que, para la otra, me pase directamente a mí su curriculum. Y no olvide saludar a todos en la sala, no solo al principal. —Deja la carpeta en el escritorio y mira a la joven, que se ha quedado petrificada—. Cuéntanos, señorita Lorenza, ¿cuántos idiomas hablas?
—Eh… —Los ojos de Lorenza van de mí a Sara, y viceversa—. Sé hablar español…
Sara me lanza una mirada. Es la primera y ya se cansó.
—Como todos aquí. ¿Cuáles más?
—Inglés…
No la veo muy convencida de que siquiera sepa hablar español. Pero dejo que sea Sara quien le haga una pregunta en inglés básico, para saber si de verdad es capaz y solo está nerviosa, o si miente.
Cuando Sara termina de hablar, Lorenza vuelve a sonreír de forma incómoda. Se abalanza de arriba abajo, como si quisiera darle sentido a las palabras de mi asistente.
—Yes? —Sus ojos suplican que sea la respuesta correcta, pero…
Sara niega.
—Te pregunté acerca de tu familia y de dónde eres exactamente.
La joven lanza un suspiro.
—Bueno, es que recién estoy empezando con esto del inglés —comienza a gesticular mucho mientras habla. Su voz tiene un tono que, en lo personal, me disgusta un poco—. No estoy tan avanzada, pero estoy practicando mucho en Duolingo. Creo que en unos meses, ya sabré lo básico, básico.
—¿Duolingo? —pregunto, con una ceja arqueada—. ¿Estás aprendiendo inglés en una aplicación con un pájaro verde?
Ella asiente.
—O sea, es un pájaro muy bonito. Y me encanta ese sonidito que hace cuando una respuesta es correcta. Puedo mostrarles mi proceso. —Comienza a hurgar en su bolso y saca su celular—. Ya llevo casi trescientos días de práctica. O sea, casi soy experta en el inglés. Solamente que tengo un oído tapado, por eso no entendí bien la pregunta de la señorita.
—Señorita —me burlo, viendo el vientre hinchado que lleva la «señorita».
Sara me pellizca.
—Y estoy segura que seré capaz de integrarme bien —continúa Lorenza—. O sea, no entiendo por qué debería ser tan experta.
Sara endereza la espalda.
—¿Tú crees que solo entrego el café, Lorenza?
—Ah…, pues… sí, ¿no?
Me llevo las manos a la cara. Esto se va a poner muy feo. Debería alistarme por si una entra en labor o si la otra se desmaya.
Sara se pone de pie, toma el currículum de Lorenza y se lo entrega.
—No serías capaz de soportar a los hombre de esta industria, cariño. Verte bonita, no será suficiente. Te sugiero que saques tu cabecita —le da un toquecito en su cabellera rubia— de tu mundo rosita, y empieces a comportarte como una adulta funcional. Que el mundo empresarial está jodido. —Le dedica una sonrisa—. No nos llames, nosotros te llamamos.
Y la despide fuera.
El siguiente es un hombre. Va muy bien vestido, aunque su esmoquin se asemeja más al de un novio que al de un profesional, pero lo dejo un poco de lado.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto mientras Sara le da una leída al currículum de una página.
—Alfredo —responde con una sonrisa. Luego señala a la ventana—. ¿Puede ser con las cortinas cerradas o…?
Frunzo el ceño.
—¿Disculpa?
Alfredo se encoge de hombros. De pronto, lleva sus manos al cuello de su camisa y la desabotona.
—Me dijeron que la entrevista sería más privada. Pero está bien. Yo no tengo mucha vergüenza. —Mueve su cuerpo al son de alguna canción que solo habita en su cabeza.
—Se nota… —balbucea Sara, poniendo mucha atención en cómo Alfredo tira la corbata al suelo y se quita la camisa, mientras sus caderas trazan círculos.
Me levanto de inmediato, comprendiendo que se está por desnudar
—¡NO!
Sara también se pone de pie. para mi gusto, muy tarde.
—¡No sé qué tipo de empresa crees que es esta —le digo—, pero aquí no nos andamos desnudos ni aceptamos este tipo de sobornos!
—¿Sobornos? —Luce realmente confundido. Hurga en el bolsillo de su pantalón y saca un papel que desdobla—. ¿Aquí no es la empresa de strippers que me contactó hace dos días?
—¡¿Strippers?! —suelta Sara, aireandose la cara con las manos—. ¡Solo eso faltaría! ¡Otra vez los del Toro jugandonos una broma! ¡Estoy harta de esa gente!
Sacudo la cabeza. Rodeo el escritorio y le pido el papel al joven. Cuando leo, me doy cuenta que, sin duda, esta generación está peor en cuanto a la lectura.
—Esto es en la calle 11. Esta es la calle de la Mora. —Le entrego el papel, y me recargo en mi escritorio, cruzado de brazos.
—¡Oh! —Muestra una sonrisita nerviosa—. Cualquiera se puede equivocar. —Se muerde el labio. Tarda un poco en procesar la situación, después agarra su camisa y se la coloca. Sara le pasa la corbata también, aunque noto la miradita que le lanza—. ¡Mil perdones! ¡Mil perdones! Me voy.
—Vuelve cuando quieras —murmura Sara. Su sonrisa se borra cuando me mira negando con la cabeza—. ¿Qué?
—Estás casada y esperando un bebé.
—Son las hormonas. —Le resta importancia con un gesto de mano—. ¡Siguiente!
—¿Cuántos faltan? —Me vuelvo a acomodar en mi silla.
—La última vez que revisé, eran veinte.
Me masajeo el punte de mi nariz. No puede ser posible que tengamos más de esto.
Ya son las seis para cuando terminamos de entrevistar a quince personas que fueron igual o peores que los dos primeros. Algunos sí fueron lo suficientemente competentes y su currículum bastante variado, pero nadie me terminó de convencer.
Nadie le llega a los talones a Sara. Piensan que ganarán un salario elevado solo por servir café en reuniones. Sara hace mucho más que eso. Si no fuera por ella, esta empresa y yo estaríamos en la ruina total.
Cuando la siguiente mujer pasa, estoy por darme por convencido, hasta que la veo.
Su cabello es lacio y largo. Sus ojos enormes del color de la miel. Su piel de un moreno claro que contrasta con sus labios rosados. Lleva la falda ajustada y la camisa luce apretada, tratando de ocultar sus enormes pechos… Esos mismos que tuve anoche frente a mí.
Sara le recibe el currículum mientras nos saluda. Sus ojos me observan. Por un momento no sabe quién soy, entonces, su sonrisa se desvanece en cuanto me reconoce.
Sara me pasa su curriculum. Uno bastante extenso. Y ahí está.
—Bien, señorita Verónica, dígame, ¿por qué quiere este puesto de trabajo y qué aportaría a esta empresa?
Cuando abre la boca, con sus ojos abiertos de par en par, la detengo.
—Y, por favor, no se limite en cuanto a sus conocimientos.
Ella se fuerza a sonreír y empieza el mejor momento de mi día.
