Capítulo 5 La abuela contrataca otra vez
La veo sacar pecho, enderezar la espalda y poner cara de poker. Ella está lista para cualquier desafío.
Por mi parte, me debato en si debería ponerla a prueba. No pretendo humillarla, no sería capaz de hacer semejante cosa. Rebajarme al nivel de otros no es algo que suela hacer. Sin embargo, sí quiero que pruebe un poco de su propia medicina.
Si la vida me la puso de nuevo frente a mí, es por algo, y no pienso desaprovechar esta oportunidad.
—Bueno —comienza a decir, mirando más que nada a Sara—, soy buena organizando. Me gusta que todo tenga un orden, ya sea en tamaño, con un color asignado o palabras clave para no confundirse.
—Aquí dice que sabes de idiomas —la interrumpo. Sara me echa una mirada furibunda, como si quisiera regañarme. Ella ama a las personas organizadas—. Danos una demostración. Y —la vuelvo a detener con la palma. Noto que eso la enfurece—, por favor, si estudias en Duolingo, mejor vete a terminar tu lección del día. No nos interesa.
—¡Daniel! —me recrimina Sara. Solo me llama por mi nombre y olvida el «señor», cuando está furiosa conmigo. Aprieta los dientes y se vuelve hacia Verónica. O más, debería decir a: MujerBuscaNadaCasual11. Y le hace una serie de preguntas en inglés.
Verónica, con la mirada fija en mis ojos, responde en un perfecto inglés con acento britanico. Me sorprende, de eso no hay duda. Y más porque su respuesta es más una burla hacia mí.
—Vaya… —exclama Sara al tiempo que le doy vuelta a la hoja del curriculum, como Verónica me indicó. Oh, aquí está. Un certificado de Cambridge que demuestra que la señorita Verónica tiene un excelente C2.
Pero esto aún no ha terminado.
—Aquí dice que sabe inglés, lo que ya ha demostrado que es así…
—Mi primera lección fue en Duolingo —me interrumpe, con una sonrisa casi tierna—. Completé todo, sin un solo día perdido. Y también viví durante unos años en un pequeño pueblo en Inglaterra, con mi madre.
—Eso es fabuloso —suelta Sara, sumamente emocionada. Ella ama Inglaterra, maldición. ¿Hay algo que Verónica haga que Sara odie?
Carraspeo para llamar la atención de ambas.
—Como decía —continúo entre dientes—. También se menciona que habla italiano, francés y alemán.
—Y purépecha —agrega ella, con un brillo de suficiencia que me está poniendo de los nervios.
Sara y yo la miramos. Reviso las hojas, pero no hay nada que contraste con lo dicho.
—No suelo agregarlo —dice Verónica al comprender lo que estoy haciendo—, porque a la mayoría de las empresas no les interesa. Pero siempre lo menciono en las entrevistas. Para mí, es importante que la gente sepa que amo mis raíces y las tengo en cuenta en cada trabajo en el que estoy.
—Ah, ¿sí? —La miro, con los ojos entrecerrados—. Sara, ¿hablas purépecha?
Ella niega, con algo de vergüenza.
—No, pero podemos buscar a alguien que sí y confirmar si la señorita tiene un buen desempeño en el idioma. ¿Y cómo lo aprendiste? —le pregunta, bastante interesada.
Verónica da un paso hacia atrás. Tarda un poco en responder, lo que me da curiosidad.
—Mi abuela es indigena, de los pueblos originarios. Por eso para mí siempre ha sido importante llevar conmigo una parte de ellos y de ella.
Una sonrisa se me dibuja en el rostro. Cómo es la vida de bromista y de pesada. Aquí la tengo, una vez más, hablando de su abuela.
Coloco la carpeta sobre el escritorio. Entrelazo los dedos de mis manos y las coloca encima del curriculum. Me inclino un poco hacia adelante.
—Debo de imaginar que tu abuela es una mujer muy hermosa.
—Así es —asiente ella, sin dejarse intimidar—. Muy bonita, a pesar de los años.
—Y me imagino que debe de tener… Hum… —hago una pausa dramática, como si de verdad estuviera haciendo un cálculo— unos setenta años, ¿no? —Mi sonrisa se expande—. Pero estoy seguro que se debe de mover como de sesenta.
La mujer pasa su paso de una pierna a otra. La tengo justo donde la quiero. Le regreso cada palabra que ella me arrojó con ímpetu. Es lo que sucede cuando eres así de irrespetuosa.
—Sí, sí…
Los ojos de Sara vuelan de mí a Verónica. Sabe que estamos compartiendo una clase de chiste o insultos que ella desconoce. Cuando esta entrevista termine, estaré en graves problemas con Sara.
—Bien, bien —dice mi asistente—. Verónica, cuéntanos, ¿cuáles son las dos carreras que estudiaste?
Verónica me lanza una mirada furiosa. Aprieta sus manos en dos puños por un segundo, y luego se relaja al volver hacia Sara.
—Estudié y terminé las carreras de contabilidad y mercadotecnia. He trabajado en varias empresas, tanto grandes como pequeñas. En el currículum —lo señala, con cara de más odio al ver que sigue debajo de mis manos— pueden verificar las cartas de recomendación de mis antiguos jefes. Con ellas, puede ver que soy apta para este empleo. Ya he sido antes asistente personal, me sé mover por estas áreas.
—Por fin alguien sabe que es más que entregar café —dice Sara—. Mi trabajo es importante.
Verónica asiente.
—Por eso yo puedo ser su reemplazo durante el tiempo que no esté presente. Cuando vuelva, será como si nunca se hubiera ido. Mantendré todo organizado y me desempeño muy bien en responder llamadas y llevar trabajos. Incluso tengo mis propios proyectos. No encontrarán a alguien como yo. —Me mira y se sorprende al notar que yo ya lo hacía, con mucha atención en su bonito rostro.
—Eso lo veremos nosotros —digo, con el tono más firme de lo que pretendía. Me enderezo y le devuelvo el curriculum. Sara abre la boca, pero no se atreve a llevarme la contraria enfrente de alguien más—. No nos llames, nosotros te llamamos.
Me pongo a limpiar mi escritorio, a la espera de los demás candidatos. Verónica mira a Sara, y ella se encoge de hombros, con una sonrisita tímida.
—Bueno —dice Verónica—. Espero que sepan elegir bien a su asistente, pues eso es lo que necesita su empresa, no dramas innecesarios. Los asuntos personales se quedan fuera del trabajo, solía decir uno de mis antiguos jefes. Buen día, señores. —Y se marcha.
Sara se vuelve hacia mí, con la pregunta ya impresa en su expresión. Antes de que la siguiente persona entre, yo termino por contarle algunas de las cosas que acontecieron ayer.
