Capítulo 6 Esta noche es Halloween

Capítulo 6: Esta noche es Halloween

ALBA

(Semanas después)

Una fea marca rosada aún se dibujaba en la muñeca de mi brazo izquierdo, justo donde la pulsera de plástico del hospital me había apretado durante horas. Era lo único que quedaba como prueba física de que había estado a punto de morir en aquel accidente.

Tuve suerte. Mucha suerte. Solo unas leves quemaduras que, con el paso de las semanas, habían empezado a sanar. Pero ser diabética lo complicaba todo. Mi cuerpo no se reparaba como el de los demás. La piel tardaba el doble, a veces el triple, en cicatrizar. Por eso los médicos me habían llenado de medicamentos: antibióticos, analgésicos, corticoides… y todo eso, mezclado con mi insulina, me había tenido prácticamente drogada durante días. Flotando. Desconectada.

Ahora, por fin, empezaba a aterrizar de nuevo en este plano terrenal.

El baile de fin de año se acercaba. La graduación. La universidad. Y aunque una parte de mí sabía que debería estar emocionada por dar ese paso “correcto”, la verdad era otra: yo solo quería bailar. Vivir de la danza. Sentir la música metiéndose bajo mi piel y moverme hasta que el mundo desapareciera. Pero mi madre jamás lo permitiría. “Los sueños no pagan las facturas, Alba”, me repetía siempre. Así que ahí estaba yo, resignada a estudiar algo “de provecho” mientras guardaba en secreto la esperanza de que, algún día, por un golpe de suerte absurdo, pudiera dedicarme a lo que realmente amaba.

Estaba sentada en mi cama, doblando ropa, cuando Valeri entró como un huracán en mi habitación. Se tiró dramáticamente sobre el colchón y empezó a contarme, con los ojos brillantes de emoción, sobre la fiesta de disfraces que iban a hacer en su casa esa misma noche. No era una fiesta cualquiera: era por beneficencia, pero también era el cumpleaños de su padre. O sea, una mega fiesta.

De pronto, la puerta de mi habitación se abrió y mi madre apareció en el umbral. Vestía un elegante traje negro de pantalón y chaqueta, perfectamente entallado, el cabello recogido en un moño impecable y el maquillaje impecable. Lucía exactamente como la mujer de negocios exitosa que era. José pasó detrás de ella en dirección a las escaleras, con unos jeans rasgados, camiseta básica y la gorra puesta al revés. Como siempre. No pude evitar pensar que, la mayoría del tiempo, mi madre parecía más la mamá de José que su novia.

—Tengo el vuelo esta noche —anunció mi madre, revisando algo en su teléfono.

—Vale —respondí con voz neutra. No era la primera vez que se iba varios días por trabajo y me dejaba sola.

—No me gusta la idea de que te quedes sola en casa —dijo ella, colocando una mano en su cintura con esa postura que siempre usaba cuando estaba preocupada de verdad.

Valeri se incorporó de golpe, sonriendo de oreja a oreja.

—Ven a casa —me dijo, con los ojos brillando de emoción—. Así asistes a la fiesta de disfraces esta noche. Es también el cumpleaños de mi papá, ¡va a ser una mega fiesta!

En el instante en que mencionó a su padre, un flash me atravesó la mente, yo, tumbada en la camilla del hospital. Mis dedos temblorosos desabrochando el primer botón de la camisa del uniforme. La forma en que sus ojos se oscurecieron al mirarme. Y luego… El beso. Mis labios presionando los suyos. El calor me subió violentamente a las mejillas. Mis piernas temblaron debajo de la cama. Sentí un nudo en el estómago tan fuerte que casi me dobló.

Joder. ¡JODER!

¿Cómo había sido capaz de hacer eso? ¿Por qué me había comportado como una completa ofrecida con él? Cada vez que recordaba la escena, me desconocía por completo. Me sentía sucia. Barata. Una zorra.

—No… estoy bien —balbuceé, bajando la mirada—. Prefiero quedarme aquí.

No podía verlo a la cara. Ni muerta iba a poner un pie en esa casa.

—No puedes quedarte sola —me regañó mi madre—. Se te olvidan las pastillas, Alba. Y con tu diabetes no es un juego.

Suspiré. Tenía razón. Eran tantas pastillas, a tantas horas diferentes, que ya ni yo misma me acordaba.

—Yo te cuido —intervino Valeri con voz cantarina—. Te prometo que hoy volverás a ser feliz. Además… voy a invitar a Adam Samuels.

Fruncí el ceño, incrédula.

—¿En serio?

—Ujum —respondió ella con una sonrisa pícara y llena de segundas intenciones.

Mi madre nos miró sin entender absolutamente nada de lo que hablábamos. Yo, aún con el corazón latiéndome en la garganta por aquel recuerdo maldito, murmuré:

—Vale… me quedaré en tu casa.

Valeri soltó un gritito de emoción y se levantó de un salto para ayudarme a guardar mis cosas. Yo, en cambio, solo podía pensar en una cosa mientras metía ropa en la mochila con manos temblorosas: Esta noche de disfraces iba a cambiarlo todo. Y, sin saberlo todavía, perdería la virginidad con la persona que menos esperaba en toda mi vida.

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