Capítulo 7 Capítulo 7: La fiesta de disfraces

Capítulo 7: La fiesta de disfraces

ALBA

—Esto está muy corto —murmuré, dándome la vuelta frente al espejo de cuerpo entero.

El vestido blanco se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel. Apenas cubría unos centímetros por debajo de mi culo y el escote en forma de corazón era tan pronunciado que mis pechos se veían a punto de desbordarse. Unos tacones plateados altísimos y unas diminutas alas de ángel en la espalda completaban el look. Se suponía que era un ángel… pero parecía más bien la fantasía húmeda de cualquier hombre.

Valeri soltó un silbido desde la cama.

—Estás jodidamente hermosa. Además, la idea es que Adam Samuels no pueda quitarte los ojos de encima, ¿no? Con ese vestido te va a devorar con la mirada.

Me miré otra vez. La peluca rubia larga y el antifaz plateado que cubría la mitad de mi rostro me hacían sentir como otra persona. Alguien más atrevida. Más peligrosa. El vestido se ceñía a cada curva, marcando mi cintura y resaltando mis caderas. Me veía provocativa. Demasiado provocativa. Y sin embargo, no era Adam quien ocupaba mi mente. Era él. El señor Roy. Brandon.

«Estás pensando en cosas imposibles, Alba. Detente».

Estaba segura de que él nunca me prestaría atención real. No después de cómo me había comportado en el hospital: desabrochándome la camisa como una completa ofrecida. Probablemente solo sentía pena por mí. O peor… asco. La fiesta era enorme. El patio trasero de la casa de Valeri estaba repleto de gente, luces de neón, un DJ profesional, mesas llenas de comida y camareros circulando con bandejas de tragos. El señor Roy era tan querido en la comunidad que habían convertido su cumpleaños y Halloween en una celebración por todo lo alto.

Todavía no había llegado. Según Valeri, estaba trabajando hasta tarde, pero ya eran casi las ocho de la noche.

Mientras charlaba con Valeri, mis ojos se detuvieron en una mujer que destacaba entre todos. Vestía un despampanante vestido rojo ceñido que dejaba muy poco a la imaginación. Tenía un cuerpo envidiable, curvas perfectas y una sonrisa encantadora que parecía iluminar su alrededor.

—¿Ella es alguna tía tuya? —pregunté, intentando sonar casual.

Valeri levantó la vista de su teléfono y siguió mi mirada.

—Ah, esa es Rosana. Vecina de mi abuela. Al parecer mi abuela quiere juntarla con mi papá. Es policía.

Sentí que la sangre me subía a la cabeza. Un calor ácido y desagradable se instaló en mi pecho. Celos. Puros y crudos.

—¿Y tú cómo te sientes con eso? —pregunté, fingiendo indiferencia.

Valeri se cruzó de brazos.

—Pues… tal vez así mi papá deje de estar tan gruñón últimamente. Anda como rabioso con la vida. Yo me voy a la universidad pronto y me da lástima que se quede solo.

Volví a mirar a Rosana. La forma en que sonreía, cómo movía las manos al hablar, cómo parecía una mujer hecha y derecha… policía, segura de sí misma, adulta. Era el partido perfecto para Brandon Roy. Y eso me dolió muchísimo más de lo que debería.

Casi a las diez de la noche, él por fin llegó.

Entró por el jardín con su uniforme completo de bombero, como si acabara de salir de un turno real. El traje negro y amarillo se ajustaba a su cuerpo musculoso de una forma que debería ser ilegal. Todos empezaron a felicitarlo, a abrazarlo, a palmearle la espalda. Su sonrisa era cálida, su presencia… imponente. Me acerqué un poco más, escondida entre la gente, solo para observarlo. La forma en que hablaba, cómo se movía, cómo existía… Todo en él me hacía suspirar como una idiota.

«Realmente me encanta ese hombre…»

De repente, como si hubiera sentido mi mirada, sus ojos grises buscaron entre la multitud y se clavaron directamente en los míos. El mundo se detuvo. No supe si me reconoció o no, pero esa mirada… esa mirada me atravesó como una corriente eléctrica. Durante unos segundos solo existimos él y yo. Luego alguien le habló y rompió el hechizo. Yo aparté la vista, nerviosa, y me escabullí entre la gente para recuperar el aliento. Todo mi cuerpo temblaba. Solo había sido una mirada… pero fue diferente. Intensa. Hambrienta.

Cuando volví a mirarlo desde otro ángulo, el estómago se me revolvió. Rosana se había acercado a él. Brandon la miró de arriba abajo y ella le dedicó una sonrisa radiante. Ambos se sonrieron de una forma que parecía… premeditada. Como si todos en esa fiesta hubieran estado esperando ese preciso momento para que la química explotara entre ellos. Sentí que me daban una cachetada de realidad. Ese era el tipo de mujer que merecía un hombre como él. No una niña de dieciocho años disfrazada de ángel provocativo que se había comportado como una zorra en el carro y en una camilla de hospital.

Tomé una copa de la bandeja de un camarero que pasaba y me la bebí de un trago. El tequila me quemó la garganta. Tosí.

—Hey… no te reconocía.

Me giré sobresaltada. Adam estaba detrás de mí, con una sonrisa ladeada. Llevaba un disfraz de pirata que le quedaba increíblemente bien: camisa abierta, chaleco oscuro y un pañuelo en la cabeza.

—Llevo peluca —dije, tocándome el cabello rubio falso.

—Estás hermosa —respondió, recorriéndome con la mirada sin disimulo.

Mis mejillas se sonrojaron. Hacía semanas que coqueteábamos, incluso habíamos tenido conversaciones bastante subidas de tono. Adam me gustaba… o al menos me había gustado mucho. Pero ahora, después de conocer a Brandon, todo se sentía… vacío.

«Deja de pensar en él, Alba. Ya basta».

—¿Bailamos? —preguntó Adam, extendiendo la mano.

—Sí, claro.

Como las bebidas no parecían afectarme lo suficiente, empecé a beber más. Bailé con Adam, reí con él, dejé que me abrazara por detrás mientras nos movíamos al ritmo de la música. Con él todo se sentía normal. Cómodo. Sin esa tensión eléctrica que me hacía actuar como una loca. Tal vez solo necesitaba olvidar a Brandon Roy con Adam Samuels.

En un momento nos apartamos de la multitud y nos sentamos en un rincón más tranquilo del jardín. Adam tomó mis manos entre las suyas.

—Tú de verdad me gustas, Alba —susurró, mirándome a los ojos—. Quiero que seas mi novia.

Parpadeé, sorprendida.

Sacó un pequeño anillo de su bolsillo y, con cuidado, lo deslizó en mi dedo. Era delicado, con una diminuta piedra rosa que brillaba bajo las luces.

—¿Y por qué un anillo? —pregunté, sonriendo a pesar de todo.

—Para que me recuerdes siempre —respondió con ternura.

Sonreí. Me incliné y él me dio un beso suave en los labios. Dulce. Tierno. Sin fuego. Sin hambre. Solo… agradable.

Desgraciadamente.

—Debo irme —dijo, pegando su frente a la mía—. Ya pasaron las doce y mi mamá solo me dio permiso hasta las once.

—Eres un chico malo —bromeé.

Se levantó con una sonrisa y se despidió.

—Te escribo mañana para salir, ¿vale?

—Vale.

Cuando se fue, entré a la casa. Ya no tenía humor para seguir en la fiesta. Valeri estaba coqueteando descaradamente con el DJ y el señor Roy… seguramente estaría con Rosana.

Subí las escaleras con pesadez. Al llegar al pasillo del segundo piso, la puerta de la habitación principal estaba entreabierta. Me detuve en seco cuando Brandon salió de ella. Al verme, se quedó paralizado. Nuestras miradas se engancharon de nuevo, como si una corriente invisible nos uniera. El aire se volvió denso, cargado.

—¿Te conozco? —preguntó con voz grave, sus ojos bajando lentamente desde mi rostro hasta mis tacones, recorriendo cada curva.

No me reconoció. Ni la peluca rubia ni el antifaz lo dejaron. Perfecto. Negué con la cabeza. No quería hablar. No quería romper este momento. Él dio un paso hacia mí. Yo di uno hacia él. Como imanes. Brandon se detuvo a solo unos centímetros. Mi pecho subía y bajaba con violencia. Sus ojos grises parecían traspasarme el alma. Levantó la mano y sus dedos rozaron mi mejilla con una lentitud tortuosa. Todo mi cuerpo tembló. Cuando su pulgar delineó el contorno de mi labio inferior, abrí la boca instintivamente, sin aliento.

—Desde el momento en que llegué… no pude dejar de pensar en ti, angelito —murmuró con voz ronca, su aliento cálido rozando mis labios—. ¿Quieres entrar a mi habitación y darme mi regalo de cumpleaños?

Si esto era un sueño, no quería despertar nunca.

Tal vez era el alcohol. Tal vez era la locura que ese hombre provocaba en mí. Pero no tuve ni una sola duda.

Asentí con la cabeza.

No quería que supiera que era yo. Si podía tenerlo de esta forma, anónima, lo tomaría.

Él se echó a un lado y yo entré a su habitación, la luz estaba apagada, la música de afuera se escuchaba tenue cuando él cerró  la puerta y entonces, me volvió a mirar. Se deslizó el cierre de su uniforme de bomberos hasta la cadera cuando se giró hacía mí dejando su deslumbrante torso musculoso al descubierto. Tragué pesadamente saliva, estaba asustada, pero también estaba muy decidida a que esto sucediera y no pensaba en absolutamente nada más, solo en él y en lo que sucedería.

Él sonrió cuando notó que lo devoraba con la vista y entonces se abalanzó hacía mi, apenas reaccioné cuando me tomó de la cintura pegandome a su torso y devoró mi boca.

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