Capítulo 1 Capítulo 1
POV: Alessia
El calor de las sábanas de seda negra era lo único que me protegía del frío de la madrugada.
O más bien, el cuerpo de Arnold sobre el mío.
Sus manos, ásperas y marcadas por el mundo de violencia al que pertenecía, recorrieron mi cintura con una devoción casi sagrada. Se detuvo en mi cadera, presionando mi piel hasta hacerme ahogar un gemido contra su cuello.
—Dilo otra vez —murmuró su voz ronca contra mi oído, enviando un escalofrío electrizante directo a mi vientre.
—Eres un insaciable, Arnold —susurré, enredando mis dedos en su cabello oscuro.
Él sonrió con esa arrogancia peligrosa que solía quitarme el aliento.
Se elevó sobre mí, contemplándome en la penumbra con esos ojos grises que podían congelar a sus enemigos, pero que ahora solo ardían por mí.
—Dilo, Alessia. Di que me perteneces.
—Soy tuya —jadeé cuando sus labios descendieron a mi cuello, mordisqueando suavemente antes de besar el tramo de piel desnuda hasta mi pecho— Siempre tuya Arnold.
Aquella noche no había sombras entre nosotros. No había pactos de la mafia ni el peso de nuestros apellidos.
Éramos solo él y yo, consumiéndonos en un fuego lento pero voraz.
Cuando Arnold se hundió en mí con lentitud, el mundo entero desapareció.
Mis manos se clavaron en la firmeza de sus hombros mientras ambos alcanzábamos el borde del abismo, jadeando el nombre del otro como un juramento eterno.
Él me apretó contra su pecho, besando mi frente con una ternura que guardaba bajo siete llaves frente al resto del mundo.
—Si algo me pasa, Alessia… tú eres mi única verdad —susurró contra mis labios, antes de que el cansancio nos venciera.
Nunca sospeché que esas palabras serían el preludio de mi condena.
El olor a pólvora y el sonido ensordecedor de las alarmas me despertaron bruscamente horas después.
El humo denso sofocaba la habitación.
—¡Arnold! —grité, incorporándome de golpe entre las sábanas.
El lado de la cama a mi lado estaba vacío y frío.
Desnuda y desarmada, me envolví en una bata de seda negra y corrí por el pasillo principal.
El suelo helado hacía vibrar mis pies a causa de las explosiones lejanas.
Al llegar al salón principal, la escena me congeló la sangre.
Mis guardias de confianza estaban sometidos en el suelo. En el centro del lugar, envuelto en su impecable abrigo oscuro, estaba Arnold. Sostenía una pistola en su mano derecha.
—¿Arnold…? —mi voz salió apenas como un hilo roto— ¿Qué está pasando? ¿Nos atacan?
Él giró la cabeza lentamente.
Esperaba encontrar al hombre que horas antes me había amado con locura, pero los ojos grises que me miraron eran dos pozos de hielo absoluto. Distantes. Despiadados.
No me dio una explicación. No dijo una sola palabra.
Simplemente levantó el arma y me apuntó directo al pecho.
—Arnold, no… —rogué, dando un paso atrás mientras las lágrimas me nublaban la vista— ¿Por qué…? ¡Soy yo!
—Límpienla —ordenó con una frialdad que me atravesó el alma más rápido que cualquier disparo.
El sonido del gatillo resonó en el salón.
Un impacto ardiente me destrozó la parte alta del tórax.
La fuerza del proyectil me arrojó hacia atrás, haciendo que mi cuerpo rompiera el gran ventanal de cristal del salón.
El dolor fue desgarrador mientras los vidrios se clavaban en mi piel. Caí al vacío, directo a las aguas oscuras y embravecidas del acantilado.
El agua helada me tragó.
Mientras me hundía en la negrura del océano, viendo la silueta de Arnold alejarse en la cima, una sola pregunta quemaba en mi pecho antes de perder el conocimiento: ¿Por qué me destruiste si te lo entregué todo?
Cinco años después.
El espejo del vestidor de la suite presidencial devolvía la imagen de una mujer que la antigua e ingenua Alessia jamás habría imaginado.
Mi rostro no había cambiado. Conservaba los mismos labios carnosos, los pómulos marcados y los ojos verdes. Pero la mirada inocente había muerto aquella noche en el mar.
Ahora era de puro acero.
Ajusté mi vestido de corte elegante color marfil y pasé la mano sobre mi escote, cubriendo disimuladamente la fina cicatriz que aún marcaba el lado izquierdo de mi pecho. La bala de Arnold. El recordatorio diario de mi renacimiento.
No morí aquella noche. Un barco pesquero me rescató a kilómetros de la costa.
Pasé meses en coma, pero la sed de justicia me hizo despertar.
Durante cinco años, dejé que el mundo llorara a Alessia.
Yo misma enterré su debilidad y reconstruí mi vida bajo una nueva identidad: Lyuba.
Ya no era la chica indefensa del bajo mundo. Me alejé por completo del crimen para conquistar el mundo real.
Estudié, invertí con astucia y levanté un imperio corporativo de logística y comercio internacional.
Hoy, Lyuba era una de las jóvenes inversionistas más influyentes, respetadas y multimillonarias del continente.
Poseía poder legal, contactos en el gobierno, acciones en las empresas más grandes y una reputación intachable.
—Señora Lyuba —la voz de mi asistente resonó al otro lado de la puerta— La junta directiva para la adquisición del puerto principal está lista. Representantes de Moretti Enterprises acaban de llegar a la sala de conferencias.
Tomé mi bolso de diseñador y sonreí frente al espejo. Una sonrisa fría, refinada y destructiva.
Arnold gobernaba la ciudad con sus armas y su mafia. Pero no tenía ni idea de que hoy, la mujer a la que le disparó compraba la tierra que él pisaba.
—Excelente —murmuré, afinando mi voz— Es hora de hacerle una visita al señor Moretti.
