Capítulo 2 Capítulo 2

POV: Alessia / Lyuba

El sonido de mis tacones resonaba con elegancia sobre el piso de mármol del rascacielos.

Ajusté los puños de mi blazer blanco y exhalé despacio.

Durante cinco años me preparé para este instante. Practiqué cada gesto, cada tono de voz y el parpadeo exacto para no delatar ni un solo atisbo de emoción.

Mi asistente, una chica astuta llamada Elena, caminaba a mi lado sosteniendo la tableta con los informes del contrato.

—El señor Moretti intentó comprar las acciones del puerto a través de sus empresas fachada, señora Lyuba —me informó en voz baja— Pero cuando usted ofreció el triple en efectivo, la junta no tuvo más opción que cederle el control a su firma.

—Los hombres como Arnold Moretti creen que la fuerza lo compra todo, Elena —respondí con serenidad fría— Es hora de enseñarle cómo funciona el dinero de verdad.

Nos detuvimos frente a las grandes puertas de cristal esmerilado de la sala de conferencias principal. Dos de mis guardias de seguridad privada abrieron las puertas de par en par.

Al entrar, la atmósfera en el lugar se volvió densa.

Sentados alrededor de la mesa de caoba había varios ejecutivos de traje oscuro. Pero en la cabecera, de pie frente al ventanal que daba a toda la ciudad, estaba él.

Arnold Moretti.

Había cambiado. Su figura era aún más imponente y sus hombros lucían más anchos.

Llevaba un traje a medida de color gris marengo, pero en sus facciones ya no quedaba rastro de la calidez con la que solía mirarme. Su rostro era una máscara de severidad, y en sus ojos grises habitaba una sombra profunda.

En cuanto cruzamos miradas, el tiempo pareció detenerse.

Vi el preciso instante en que Arnold se congeló. Sus pupilas se dilataron y el vaso de cristal que sostenía en la mano estuvo a punto de resbalar de sus dedos. La palidez cubrió su rostro tan rápido que por un segundo creí que se desmayaría.

—Imposible... —murmuró en un susurro casi inaudible que solo los más cercanos lograron captar.

Mantuve la mirada fija en él, sin que un solo músculo de mi cara traicionara el volcán de rabia que amenazaba con erupcionar en mi pecho.

—Buenos días a todos —anuncié con voz clara, firme y melodiosa, avanzando hacia el centro de la mesa— Soy la doctora Lyuba Romanova, presidenta y fundadora del grupo Romanova Holdings. Lamento la demora.

Arnold se levantó de golpe y dio dos pasos acelerados hacia mí, ignorando por completo a los ejecutivos presentes.

Su respiración era agitada y la vena de su cuello se marcaba con fuerza.

—¿Alessia...? —pronunció mi antiguo nombre con un hilo de voz roto, cargado de un dolor tan denso que me descolocó por un milisegundo.

Levanté una ceja, cargando mi expresión de una educada pero distante confusión.

—Disculpe, señor... ¿Moretti, verdad? —respondí, ofreciéndole una mano enguantada en piel fina de tono crema— Creo que me está confundiendo con otra persona. Mi nombre es Lyuba.

Arnold no tomó mi mano. Se limitó a clavarme la mirada, recorriendo cada centímetro de mi rostro: mis labios, mi nariz, mis ojos verdes. Intentaba buscar una sola grieta en mi actuación.

—No te burles de mí —escupió él en tono bajo y peligroso, dando un paso más para acortar la distancia— Reconocería esos ojos en cualquier lugar del mundo. Estás viva... ¿Cómo es posible que estés viva?

Uno de mis escoltas dio un paso al frente de inmediato, pero lo detuve con un suave gesto de la mano.

—Señor Moretti, le sugiero que controle sus impulsos —dije, endureciendo ligeramente el tono sin perder la elegancia— No sé quién sea esa Alessia de la que habla, ni me interesa su vida personal. Estamos aquí para firmar la transferencia de derechos del puerto comercial. Si no está en condiciones profesionales de continuar la reunión, podemos posponerla.

—¡Deja de mentir! —rugió Arnold, apoyando ambas manos sobre la mesa de caoba y inclinándose hacia mí— Te vi caer. Te vi... —se interrumpió de golpe, apretando la mandíbula con tanta fuerza que crujió.

Un silencio sepulcral dominó la sala. Los ejecutivos se miraban entre sí, aterrados por el arrebato del hombre más peligroso de la ciudad.

Sonreí de forma sutil, una sonrisa cargada de veneno educado.

—Parece que tiene fantasmas del pasado que no lo dejan dormir, señor Moretti —dije, mirándolo directamente a los ojos— Pero le aseguro que yo no soy ningún fantasma. Soy la mujer que acaba de adquirir el sesenta por ciento de sus rutas logísticas.

Arnold dio un respiración profunda, luchando por recuperar el control.

Sus ojos grises, antes fríos, ahora ardiendo con una mezcla indescifrable de rabia, confusión y una extraña devoción, se clavaron en mi pecho, donde la tela de mi blusa tapaba por completo la cicatriz de la bala.

—No sé a qué juego estás jugando, Lyuba —susurró, pronunciando mi nuevo nombre como si fuera un insulto— Pero no me voy a tragar esta farsa.

—No es ninguna farsa. Es solo negocios —asentí, tomando mi estilográfica para firmar el documento sobre la mesa— Y en mis negocios, no hay lugar para la paranoia. ¿Firmará el traspaso o debo llamar a mis abogados para proceder con la ejecución de la deuda de su empresa?

Arnold me observó firmar.

Sabía que él podía ver la soltura con la que sostenía la pluma, la frialdad de mis movimientos y la seguridad con la que mandaba en la habitación.

La chica inocente que lloraba en sus brazos hace cinco años había desaparecido por completo. Ahora frente a él, se encontraba una completa desconocida con el rostro del pasado. Y eso lo estaba volviendo loco.

—Firmaré —dijo él despacio, tomando la pluma sin quitarme la vista de encima— Pero esto no se ha terminado aquí, doctora Romanova. Voy a descubrir quién te dio ese nombre... y qué hiciste con la mujer que dejé ir.

¿La mujer que dejaste ir?

Estuve a punto de soltar una carcajada amarga. Él no me dejó ir; él me disparó al pecho y me tiró al mar.

—Suerte con eso, señor Moretti —contesté suavemente mientras recogía mis papeles— Nos veremos en la inauguración del puerto.

Me di la vuelta y caminé hacia la salida sin volver la vista atrás.

Solo cuando las puertas de cristal se cerraron tras de mí y entré al ascensor privado, dejé que mis manos temblaran ligeramente.

Presioné el puño contra mi pecho, sobre la cicatriz invisible para él, sintiendo el galope desenfrenado de mi corazón.

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