Capítulo 3 Capítulo 3
POV: Alessia / Lyuba
El sonido de la lluvia azotando los cristales era el único ruido en mi oficina.
Eran pasadas las diez de la noche.
Miré la pantalla de mi ordenador, donde los gráficos financieros mostraban que el control del puerto ya estaba a mi nombre. Había ganado la batalla legal, pero mi mente seguía atrapada en la sala de juntas, en la mirada atormentada de Arnold.
¿La mujer que dejé ir?
Apreté los puños sobre el escritorio de cristal.
La rabia me quemaba por dentro.
Él no me dejó ir; me disparó a sangre fría y me dejó morir en el océano.
Un golpe firme en la puerta rompió el silencio.
—Adelante —dije, esperando ver a mi asistente con los informes nocturnos.
Pero la puerta se abrió y la figura de Arnold ocupó el umbral.
No llevaba saco. Tenía las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta los antebrazos y la corbata desabrochada.
Sus ojos grises estaban fijos en mí con una intensidad insostenible.
—Las oficinas están cerradas al público, señor Moretti —dije, manteniendo la voz serena mientras me ponía de pie— Y mis guardias no suelen dejar pasar a desconocidos.
—Tus guardias aceptan sobornos cuando la cifra es la correcta —respondió él con voz grave, dando pasos lentos hacia mi escritorio— O cuando se dan cuenta de que su jefa corre peligro... pero no por mi culpa.
—Nadie está en peligro aquí. Le sugiero que se retire o llamaré a la policía.
—Llámala —desafió, acortando la distancia hasta quedar a solo medio metro de mí— Explícales a los oficiales por qué la distinguida doctora Romanova tiene exactamente el mismo tono de voz, la misma forma de inclinar la cabeza al mentir y los mismos ojos verdes de la misma mujer que murió durante cinco años.
—¡Basta! —exclamé, dando un paso atrás.
La frialdad de mi máscara comenzó a agrietarse.
—No sé qué clase de obsesión enfermiza tiene con esa mujer, pero no soy su juguete emocional.
Arnold se detuvo.
Por un segundo, vi una chispa de auténtico dolor cruzar por sus facciones, una vulnerabilidad que jamás imaginé ver en el líder de la mafia.
—Ella no era mi juguete —susurró, y su voz tembló ligeramente— Era mi vida.
Antes de que pudiera responder, un trueno ensordecedor retumbó en la noche. La luz del despacho parpadeó y se apagó de golpe, sumiendo la oficina en una penumbra casi total.
Un segundo después, el sistema de emergencia de incendios del edificio se activó por error debido a un cortocircuito provocado por la tormenta.
Las alarmas comenzaron a sonar con un chirrido agudo y ensordecedor. Los aspersores del techo se abrieron, dejando caer una lluvia helada y constante dentro de la oficina.
El agua cayó sobre mi rostro, mi ropa, mi piel.
El agua helada. La oscuridad. El sonido sordo del agua cayendo...
En un segundo, mi mente fue arrastrada cinco años atrás. Al océano helado. A la sangre brotando de mi pecho. A la sensación de ahogarme en la negrura mientras me hundía sin poder respirar.
No puedo respirar.
El aire se atascó en mi garganta. Mi pecho se contrajo violentamente y las piernas me fallaron. Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra mojada, abrazando mi propio cuerpo mientras el pánico me devoraba.
—¡Alessia! —la voz de Arnold sonó distante, distorsionada por el eco de mi crisis.
—No... agua no... —jadeé, abriendo la boca para buscar aire, pero solo sentía que me ahogaba.
Las lágrimas se mezclaron con el agua helada de los aspersores.
Mis manos temblaban de forma descontrolada. La armadura de la magnate invencible se desintegró en cuestión de segundos.
De pronto, un calor firme y protector me envolvió.
Arnold se arrodilló a mi lado. Ignorando el agua que nos empapaba a ambos, pasó un brazo poderoso alrededor de mi espalda y el otro debajo de mis rodillas, pegándome a su pecho cargado de calor.
—Mírame —ordenó él con firmeza pero con una suavidad desesperada— Doctora Romanova, MÍRAME.
Su voz rompió la bruma de mi pánico.
Levanté la vista, temblando, y me encontré con sus ojos grises a pocos centímetros de los míos.
—Respira conmigo —murmuró, tomando una de mis manos temblorosas y presionándola fuertemente contra el centro de su pecho, justo sobre su corazón desbocado— Siente esto. Estás aquí. No te estás ahogando. Estás a salvo.
—No... puedo... —sollocé, apoyando la frente contra su hombro por puro instinto de supervivencia.
El olor a su perfume, mezcla de madera y lluvia, inundó mis sentidos, trayendo una familiaridad dolorosa.
—Sí puedes. Vamos, inhala conmigo. Uno, dos, tres...
Arnold no me soltó.
Me sostuvo contra su cuerpo con una fuerza casi desesperada, envolviéndome para protegerme de la caída del agua. Sus dedos rozaron mi espalda mojada con una ternura que me destrozó por dentro.
Poco a poco, el ritmo de su corazón bajo mi mano comenzó a calmar mi pulso. Y mi respiración se volvió menos acelerada.
Cuando las alarmas finalmente se apagaron y el flujo de agua se detuvo, el silencio volvió a la habitación.
Estábamos los dos empapados, arrodillados en el suelo.
Yo seguía atrapada en sus brazos, sintiendo su aliento cálido contra mi mejilla.
La distancia entre nuestros labios era casi nula.
Reaccioné bruscamente al recordar quién era él y lo que me había hecho.
Con las fuerzas recuperadas, lo empujé del pecho y me puse de pie tambaleándome, arreglándome el abrigo con torpeza para cubrir cualquier rastro de mi piel.
—¡Aléjese de mí! —grité, forzando una voz llena de rabia y altivez— ¡Es un descarado!
Arnold se levantó despacio, mirándome con confusión y una duda creciente en sus ojos.
—Sufres de claustrofobia y un trauma severo con el agua... —observó él en voz baja, estudiando mi reacción.
—Tengo un accidente del pasado del que no debo darle explicaciones a un extraño como usted —escupí con frialdad, cruzando los brazos sobre mi pecho— Casi muero en un naufragio de yate en Europa hace tres años. Mi expediente médico es público si tanto le interesa investigar. No intente conectar mis traumas con los fantasmas de su conciencia.
Arnold dio un paso hacia mí, buscando en mi rostro una grieta, pero apreté la mandíbula y le sostuve la mirada con puro desprecio.
—Mi vida personal no es asunto suyo —agregué con elegancia venenosa— Ahora, hágase un favor y abandone mi oficina antes de que ordene a mi equipo legal demandarlo por acoso e invasión a la propiedad privada.
Arnold guardó silencio durante varios segundos.
La duda atormentaba su mirada: mi explicación médica sonaba lógica y mi frialdad implacable lo hacía vacilar sobre si realmente era Alessia o simplemente una mujer físicamente idéntica.
—Si no eres ella... entonces tienes su cara y su misma maldita capacidad para hacerme perder el control —dijo él con voz ronca, acomodándose la camisa mojada.
—Eso es problema de su terapeuta, no mío. Que tenga buenas noche, señor Moretti.
Arnold me dedicó una última mirada cargada de sospecha antes de dar media vuelta y salir de la oficina, dejando la puerta abierta tras de sí.
Solo cuando escuché el sonido del ascensor alejarse, me dejé caer en mi silla ejecutiva. Apoyé las manos temblorosas sobre el escritorio y dejé escapar un largo suspiro.
