Capítulo 4 Capítulo 4

POV: Alessia / Lyuba

Tres días después del incidente en mi oficina, la ciudad entera no hablaba de otra cosa: la primera gala de la alianza logística entre Romanova Holdings y las empresas de transporte marítimo.

Aunque odiaba las reuniones ostentosas, sabía que era la oportunidad perfecta para consolidar mi posición legal y acorralar públicamente a Arnold. 

Él no podía faltar; el contrato lo obligaba a estar presente como socio minoritario.

Me miré al espejo del vestidor. 

Llevaba un vestido de noche color borgoña, ajustado al cuerpo, de cuello alto pero con la espalda totalmente descubierta. Nadie en ese salón sospecharía que bajo la elegancia de la seda llevaba una navaja táctica oculta en la jarretera de mi pierna.

Al llegar al salón del club privado, la prensa y los inversionistas nos rodearon. Sonreí con serenidad, respondiendo preguntas sobre finanzas y proyecciones de mercado.

De pronto, un murmullo recorrió la entrada.

Arnold acababa de llegar. 

Llevaba un esmoquin negro impecable. 

Su presencia imponente y su aura peligrosa hicieron que varios empresarios se apartaran instintivamente a su paso. 

Sus ojos grises barrieron el lugar hasta fijarse directamente en mí.

A diferencia del primer día, esta vez no lució descolocado. Había recuperado su máscara de frialdad y cálculo.

Caminó hacia mí sostenidamente, sosteniendo dos copas de champán.

—Doctora Romanova —saludó con una voz profunda que vibró en mi pecho— Veo que se ha recuperado por completo de la... molestia de la otra noche.

—Perfección absoluta, señor Moretti —contesté tomando la copa que me ofrecía, asegurándome de que nuestros dedos se rozaran apenas una fracción de segundo— Trabajo mejor bajo presión.

—Eso me he dado cuenta —murmuró él, dando un paso más hacia mí, ignorando a los fotógrafos que intentaban retratarnos— Investigué su supuesto accidente de yate en Europa.

Mantuve la sonrisa, aunque mi pulso se aceleró.

—¿Ah, sí? Espero que mi vida privada le haya parecido suficientemente aburrida.

—Un historial impecable —admitió él, fijando su mirada en mi espalda descubierta, donde no había rastro de la bala de hace cinco años, solo piel tersa— Informes médicos, entradas y salidas de hospitales en Suiza... Todo milimétricamente perfecto. Casi demasiado perfecto para ser real.

—Se llama eficiencia, Moretti. Algo que su clan debería aprender.

Antes de que pudiera responder, un camarero tropezó ligeramente al pasar cerca de nosotros, dejando caer una bandeja metálica al suelo. 

El estruendo resonó en el salón.

En un reflejo puramente instintivo, mi mano derecha bajó con rapidez hacia la línea de mi cadera, buscando el arma que solía llevar en mis años de entrenamiento, mientras mis ojos escaneaban el salón en posición de defensa.

Arnold notó el movimiento al instante. Sus pupilas se dilataron.

Ninguna empresaria de la alta sociedad reaccionaba a un ruido seco buscando una pistola en su muslo.

—Ese es un reflejo de combate táctico, Doctora Romanova —susurró él, tomándome suavemente del codo para apartarme hacia la terraza privada, lejos de las miradas curiosas.

—Suélteme —exigí entre dientes en cuanto cruzamos los ventanales hacia la noche fría.

—¿Quién te enseñó a reaccionar así? —preguntó Arnold, acorralándome contra la barandilla de mármol de la terraza. 

La distancia entre nuestros cuerpos desapareció.

—Las ejecutivas suizas no se preparan para un tiroteo cuando cae una bandeja.

—Crecí en un mundo peligroso, señor Moretti —mentí con rapidez, sosteniéndole la mirada con desafío— Un mundo donde las mujeres independientes aprenden a defenderse de hombres peligrosos como usted.

Arnold me observó durante varios segundos en silencio. 

La distancia era tan corta que podía sentir el calor de su cuerpo atravesando la tela de mi vestido y el aroma de su perfume envolviéndome por completo.

—Si no eres Alessia... —murmuró, acercando su rostro al mío hasta que su aliento cálido rozó mi mejilla— dime por qué cada vez que te tengo cerca siento que me ahogo en la misma culpa que me persigue desde la noche en que la perdí.

Mi corazón dio un vuelco salvaje. 

La rabia y la atracción se mezclaron en mi garganta.

¿Culpa? ¿Él sentía culpa por haberme disparado?

—No intente usar su culpa para manipularme —susurré con la voz rota por la intensidad del momento— No se lo que haya pasado con usted y esa mujer. Pero yo no soy su redención.

Arnold bajó la mirada a mis labios. 

Durante un segundo, vi en sus ojos una súplica desesperada, la misma que solía ver cuando estábamos juntos en la intimidad.

Su mano subió despacio por mi brazo fino hasta posarse en mi nuca, atrapando un mechón de mi cabello.

—Demuéstralo —desafió él con voz ronca— Mírame a los ojos y dime que no sientes nada cuando te toco así.

Mi respiración se volvió agitada. 

El contacto de sus dedos en mi piel despertaba un fuego que creí muerto hace cinco años. 

Quería besarlo, quería morderlo, quería clavarle la navaja que llevaba en la pierna...

Pero antes de que alguno de los dos pudiera romper la tensión, el sonido sordo de un disparo con silenciador impactó contra el mármol de la barandilla, justo a centímetros de mi cabeza.

Los cristales de la barandilla saltaron en pedazos.

Un francotirador.

En una fracción de segundo, Arnold me sujetó por la cintura y nos arrojó al suelo de la terraza, cubriendo mi cuerpo por completo con el suyo mientras una ráfaga de disparos en silencio perforaba las puertas de cristal detrás de nosotros.

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