Capítulo 5 Capítulo 5

POV: Alessia / Lyuba

El peso del cuerpo de Arnold sobre el mío y el olor familiar de su perfume borraron cualquier vestigio de elegancia de la gala.

El impacto del silenciador contra el mármol aún retumbaba en mis oídos.

—¡No te muevas! —gruñó él contra mi cuello, manteniendo su cuerpo como un escudo impenetrable frente a la trayectoria de los disparos.

—Puedo cuidarme sola, Moretti —susurré entre dientes, intentando zafarme, pero su agarre en mi cintura era de hierro.

—Cállate y no te asomes —ordenó con una frialdad táctica que me recordó por qué gobernaba el bajo mundo.

A través de los cristales rotos de la terraza, se podía ver el caos que estalló en el salón principal. 

Los gritos de la élite empresarial resonaban mientras la gente corría a ciegas. 

Arnold metió la mano en la parte trasera de su esmoquin y sacó una pistola compacta de 9 mm.

Evaluó la distancia en un segundo: el tirador estaba ubicado en la azotea del edificio contiguo.

—En el tres, rodamos hacia la cobertura de la columna —murmuró él, pegando su frente a la mía. 

Sus ojos grises ardedores fustigaban los míos en la penumbra.

—Si te alcanzan, te juro que quemo esta ciudad.

Esa mirada, era exactamente la misma expresión desesperada de la noche en que me traicionó.

—Uno... dos... ¡tres!

Rodamos juntos sobre el suelo cubierto de vidrios rotos. 

Un nuevo proyectil perforó el suelo justo donde estábamos hace un segundo. 

Nos ocultamos tras la gruesa columna de hormigón.

Sin dudarlo, me deslicé la mano por debajo de la seda de mi vestido borgoña y alcancé la jarretera en mi muslo. Desenfundé la navaja táctica y el pequeño transmisor encubierto que llevaba conmigo.

Arnold me miró de reojo, sorprendido por la velocidad y la naturalidad con la que manejaba el arma blanca.

—Bastante bien para una doctora en finanzas —comentó con una sonrisa amarga y tensa mientras se asomaba para calcular el ángulo del tirador.

—Las finanzas en Suiza son más peligrosas de lo que crees —respondí con una mueca fría, oprimiendo el botón de mi transmisor para alertar a mi equipo de seguridad personal.

Arnold salió de la cobertura por una fracción de segundo y ejecutó tres disparos certeros hacia la azotea contigua. 

Un grito ahogado a la distancia y el ruido de un cuerpo cayendo contra las láminas de metal confirmaron que había neutralizado al francotirador.

El silencio volvió a caer sobre la terraza, sofocado por el murmullo lejano de las sirenas de policía.

Arnold bajó el arma, respirando agitadamente. 

Se volvió hacia mí y me sujetó por los hombros para examinarme.

—¿Estás herida? Dime si te dio alguna esquirlas —exigió con la voz tomada por la adrenalina.

—Estoy bien —dije, tratando de mantener la distancia, pero me congelé al ver su camisa blanca.

Una mancha roja y densa se expandía rápidamente sobre el costado izquierdo de su abdomen. La seda de su traje estaba empapada en sangre.

—Moretti... estás sangrando.

Él miró de reojo su herida con indiferencia, como si fuera un simple rasguño, aunque el tono de su piel se volvía cada vez más pálido.

—Una esquirla de cristal al rodar... No es nada —mintió, aunque las piernas le temblaron levemente.

Instintivamente, olvidé mi papel de Lyuba. Olvidé mi sed de venganza y los cinco años de rencor. 

El miedo puro de perderlo sin tener la oportunidad de cobrarle todo lo que me hizo me atravesó el pecho con la misma fuerza que la bala de mi pasado.

—Eres un idiota insensato —siseé, tomándolo de la solapa de la chaqueta para guiarlo hacia la puerta de servicio del club, lejos de la muchedumbre y la prensa— Muévete antes de que te desmayes aquí.

Lo llevé hasta el ascensor de carga que llevaba al estacionamiento subterráneo. 

Mis guardias de seguridad privada ya nos esperaban con la camioneta blindada encendida.

—Señora Lyuba, los médicos van en camino a su residencia —informó mi escolta principal al ver el estado de Arnold.

—Suban —ordené de inmediato.

En el asiento trasero del vehículo, la penumbra nos envolvió. Arnold apoyó la cabeza contra el respaldo de cuero, cerrando los ojos mientras apretaba mi pañuelo de seda contra su herida.

Me acerqué a él y tomé sus manos temblorosas para aplicar presión sobre la hemorragia.

—Abre los ojos, Moretti. No te atrevas a cerrarlos —le exigí con la voz entrecortada.

Arnold abrió los ojos despacio. 

Esas pupilas grises, despojadas de su frialdad habitual, me miraron con una vulnerabilidad devastadora. 

Su mano ensangrentada subió lentamente hasta posarse sobre mi mejilla, dejando un rastro tibio de sangre en mi piel.

—Si no eres Alessia... —susurró con el aliento débil—... ¿por qué estás temblando por mí?

Mi corazón se detuvo. 

Busqué en mi mente una excusa corporativa, una mentira refinada sobre mantener con vida a mi socio comercial, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.

—Cállate y guarda fuerzas —fue lo único que pude articular.

—Llevo cinco años muriendo por dentro, Alessia... —continuó él, con la voz rota por el dolor de la herida y del pasado— La noche en que ella desapareció en el mar, el disparo no se lo llevé yo en el cuerpo, pero me mató el alma. Todos creen que soy un monstruo... pero no sabes cuánto daría por cambiar mi vida por la suya.

Las lágrimas quemaron mis ojos. 

Escuchar esas palabras de su propia boca resquebrajó los cimientos de todo lo que había construido en mi mente durante cinco años.

¿Por qué hablaba así? ¿Por qué sufría por mí si él mismo había jalado del gatillo y disparado el arma?

Antes de que pudiera formular la pregunta que quemaba mi garganta, la mano de Arnold se resbaló de mi mejilla y sus ojos se cerraron al perder el conocimiento por la pérdida de sangre.

—¡Arnold! —grité, sujetando su rostro entre mis manos— ¡Arnold, mírame!

Apreté su cuerpo contra el mío en la oscuridad del auto blindado, sintiendo el calor de su sangre mezclándose con la seda de mi vestido.

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