Capítulo 7 Capítulo 7
POV: Alessia / Lyuba
El sonido de los frenos de las camionetas blindadas retumbó en la explanada de la residencia.
Miré a Arnold una última vez.
Yacía en la cama de hospitalización, pálido, empapado en sudor y sosteniendo su abdomen sangrante mientras intentaba procesar la frialdad de mis palabras.
—Quédate aquí si aprecias el poco aire que te queda en los pulmones. —le dije con indiferencia ejecutiva, acomodándome las solapas de la chaqueta de seda negra que me acababa de poner.
—Lyuba... no dejes que Matteo... —murmuró con voz ronca, tratando de incorporarse.
—No necesito las advertencias de un herido, Moretti. Mis hombres saben exactamente cómo tratar a los intrusos.
Le di la espalda sin contemplaciones, ignorando la mirada desesperada que clavaba en mi nuca, y salí de la suite médica cerrando la puerta con un chasquido seco.
Caminé por el pasillo a paso firme.
Elena me esperaba en la sala principal con dos guardias armados tras de sí.
—Matteo Moretti ha cruzado el perímetro exterior con seis hombres, señora. —informó en voz baja— Nikolai y el equipo de seguridad los tienen encañonados en el gran vestíbulo.
—Perfecto. Déjenlos entrar solo a él y a su escolta personal. El resto que espere fuera bajo la lluvia.
Ajusté mi postura, me pasé la mano por el cabello para asegurar que no hubiera un solo alfiler fuera de lugar y bajé por la escalinata de mármol.
En el centro del vestíbulo, rodeado por mis hombres con fusiles apuntando directamente a su cabeza, se encontraba Matteo Moretti. Llevaba un abrigo costoso, peinado hacia atrás, pero su mandíbula apretada delataba el nerviosismo de quien sabe que ha pisado terreno minado.
Cuando el eco de mis tacones resonó en el suelo de granito, Matteo levantó la vista.
En un segundo, toda su compostura de hombre de negocios se desintegró.
Sus ojos se dilataron con un terror casi religioso, como si estuviera contemplando a un muerto saliendo de su tumba.
—¿A... Alessia? —se le escapó en un susurro entrecortado, con la voz ahogada por el pánico.
Me detuve en el último escalón.
Lo miré desde mi altura con una ceja sutilmente elevada y la barbilla en alto, dejando escapar una risa corta, helada y llena de veneno.
—Ya se les está volviendo una molesta costumbre en esta ciudad llamarme por ese horrible nombre. —escupí con elegante desprecio, cruzando los brazos sobre el pecho.
Matteo parpadeó varias veces, tragando saliva con evidente dificultad. Se pasó una mano temblorosa por la boca, intentando recuperar el aliento y la cordura.
—Yo... lo siento. Discúlpeme, doctora Romanova. —se apresuró a decir, inclinando la cabeza con torpeza mientras sus ojos escaneaban obsesivamente mi rostro, buscando una cicatriz, una falla, algo que desmintiera su cordura— Es solo que... es impactante. Es usted idéntica. Exactamente igual.
Una mueca de profundo disgusto se dibujó en mis labios.
—No me compare con los fantasmas de su familia, señor Moretti. —respondí con tono tajante que hizo eco en las paredes del vestíbulo— Desde que tengo uso de razón me he considerado una mujer única en mi clase. Que esa difunta tuviera la coincidencia de compartir mis rasgos no le da derecho a faltarme al respeto en mi propia casa.
—Por supuesto. No fue mi intención ofenderla. —dijo Matteo, tratando desesperadamente de recomponer su máscara de control, aunque el sudor frío brillaba en su frente— Comprenderá que la situación es extraordinaria.
—Lo único extraordinario aquí es su audacia para cruzar el portón de mi propiedad a las tres de la mañana. —lo interrumpí con frialdad implacable— Haga las presentaciones de una vez y dígame cuál es el motivo de este despliegue de violencia, antes de que ordene a mi jefe de seguridad que le ponga una bala entre los ojos.
Matteo aclaró su garganta, ajustándose la corbata con dedos rígidos.
—Soy Matteo Moretti, vicepresidente del Consorcio Moretti y primo de Arnold. Vine porque me informaron que mi primo sufrió un atentado en la gala de esta noche y que usted se lo llevó retenido en su vehículo blindado.
—¿Retenido? —sonreí con malevolencia— Señor Moretti, el señor Arnold recibió una esquirla de cristal y un impacto de bala por interponerse torpemente en la línea de fuego de un francotirador. Mi equipo médico simplemente le salvó la vida.
—En ese caso, le agradezco el gesto en nombre del clan. —respondió Matteo, dando un paso adelante con intención de avanzar hacia el pasillo— Pero como líder interino de la organización en su ausencia, me corresponde llevar a Arnold a nuestro centro médico privado para garantizar su custodia.
—De ninguna manera. —decreté con voz firme, haciendo que mis guardias cortaran el paso bruscamente con sus armas.
Matteo se congeló, apretando los puños.
—Doctora Romanova, Arnold es el Don de nuestra familia. No puede mantenerlo aquí contra su voluntad.
—En este momento, el señor Moretti es mi invitado personal. —contesté con altivez, disfrutando cada segundo de su frustración— Y más importante aún: es mi único canal de negociación directo para la reestructuración del Puerto de Génova, negocio en el cual poseo el cincuenta y un por ciento de las acciones. No voy a entregar a mi socio moribundo a un primo ambicioso cuya escolta pretende intimidarme.
—¡Esto es una afrenta a la familia Moretti! —exclamó Matteo, perdiendo la paciencia— Si Arnold muere en su propiedad, la guerra será inevitable.
—Si Arnold muere, será porque el francotirador que ustedes no supieron detectar en su propia gala hizo bien su trabajo. —apunté con veneno— Pero mientras respire, estará bajo mi protección y mis reglas. Ahora, le sugiero que se retire antes de que ordene la congelación inmediata de los activos de su filial en los bancos suizos.
Matteo me sostuvo la mirada con rabia contenida.
Podía ver el engranaje de su mente trabajando a mil por hora: la duda mortal de si realmente era Alessia buscando venganza o una magnate implacable dispuesta a aplastar a su familia en el ámbito financiero.
—Esto no se quedará así. —amenazó en un susurro bajo— Arnold no es el único Moretti con poder en esta ciudad.
—Y usted claramente no es el Moretti al que le tengo miedo. —sentencié con una sonrisa burlona.
Matteo dio media vuelta, masticando su furia, y le hizo una señal a su escolta para retirarse. La pesada puerta principal se cerró tras ellos, dejando un silencio denso en el vestíbulo.
—Mantengan la guardia. — ordené a Nikolai—. Matteo no se quedará con los brazos cruzados.
Volví sobre mis pasos hacia el ala médica para comprobar el estado de Arnold.
Sin embargo, al cruzar el umbral de la suite, un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Arnold no estaba en la cama.
Antes de que pudiera dar un paso hacia el centro de la habitación, una sombra se movió velozmente a mi espalda.
Un brazo de hierro me sujetó por el cuello y el frío metal de un arma de fuego se clavó con fuerza contra mi sien derecha.
—No te muevas o te vuelo la cabeza... —gruñó una voz rasposa, jadeante y empapada en dolor.
—Baja el arma, Moretti. —ordené en voz baja, manteniendo la cabeza fría sin mostrar un solo átomo de pánico— Estás en mi mansión.
