Capítulo 2 San Valentín y sus mentiras

 Mi mano cubre mi boca callando mi llanto. La escena parece sacada de una película de terror: ropa tirada en el piso, condones usados y los sobres donde vienen guardados están en la mesa de noche, la cama desordenada y mu esposo debajo del cuerpo de una mujer que nunca he visto.

Sin duda alguna es la escena más horrible que he visto en mi vida.

No puedo entender qué es lo que está pasando, qué fue lo que hice para merecer esto, que hice para estar aquí, viendo a mi esposo engañarme de esta manera. Cómo fue que llegamos a esto si solo fue una discusión absurda.

Duele ver como cierra sus ojos disfrutando lo que ella le hace, algo que conmigo no pasaba; como gime él y le dice lo experta que es. Eso me quiebra aún más, ¿puede ser que no fui lo suficientemente mujer? … es que simplemente no lo entiendo, mi esposo está teniendo sexo con una mujer, que no soy yo, en nuestra casa, en nuestra cama. No está solo como supuse, tampoco está durmiendo como lo creí encontrar. ¿En qué momento pasó todo esto?

La bolsa resbala de mi mano y cae al suelo con un sonido seco y fuerte. Ambos dan un salto por el susto. Él gira el rostro y nuestros ojos se encuentran.  Sus ojos se abren, su expresión es indescifrable, nunca antes lo había visto así. Es una mezcla de susto, miedo, sorpresa, culpa; no lo sé, pero evidentemente no se esperaba verme.

En un movimiento rápido, tira a la mujer y la quita de él. Ella se baja de la cama y busca con desesperación algo con qué taparse. Se cubre el cuerpo con las sábanas sin darme la cara y Richard se viste torpemente mientras habla, aunque son oraciones sin terminar.

—Yo… —empieza nuevamente, pero su voz no llega completa.

No quiero escucharlo. Simplemente no puedo.

Siento algo dentro de mí quebrarse con una claridad brutal. Como si todo lo que creía seguro se desmoronara al mismo tiempo. Mis sueños, mi futuro, mis planes apostados a él se han venido abajo, se han destruido en segundos.

Niego con la cabeza con movimientos cortos y rápidos. Doy un paso atrás y luego otro.

—No… —susurro, pero no es para él. Es para mí. Como si negar la escena pudiera borrarla de mi mente.

Mi mirada baja un segundo, apenas un segundo y veo el regalo en el suelo. Pensamientos van y vienen sin que pueda analizarlos. No podría describir como se siente ver su regalo allí.

Suelto una risa vacía como si fuera sarcasmo.

—Qué bonito San Valentín —digo, y mi propia voz me suena ajena. —Ahí está tu regalo.

Él intenta acercarse.

—Espera, déjame explicarte— dice, pero levanto la mano para detenerlo.

—No quiero escucharte.

—No es lo que parece, te lo puedo asegurar. —Suelta con descaro.

No logro entender por qué me toma si lo acabo de ver siéndome infiel. Se está burlando de mí y no logró comprender su cinismo al decir que no es lo que parece. No estoy loca, sé que vi y lo tengo grabado.

—No digas nada —añado, con la voz quebrándose apenas—. Porque no hay nada que puedas decir que arregle esto. ¿Cómo pudiste hacerme esto?

Me doy la vuelta y esta vez no camino despacio. Richard viene detrás de mí, corre pidiendo detenerme para explicarme qué fue lo que pasó. Pero no hay nada ya, me ha destruido la vida, me ha roto de la forma más vil y cobarde que un hombre puede herir a una mujer.

El aire frío de la noche me golpea el rostro al cruzar la puerta de la casa. Respiro hondo, pero no alivia la carga que siento. El dolor sigue más fuerte con cada minuto que pasa, conforme la realidad me va golpeando. Aprieto los puños mientras las lágrimas finalmente caen sin ser detenidas.

Me abrazo el cuerpo mientras camino por la acera intentando protegerme del frío, aunque es un esfuerzo inútil. Tiemblo y ya no sé si es por la temperatura o porque, hace apenas unos minutos, descubrí que el hombre al que le juré mi vida se la estaba entregando a otra mujer.

Sigo caminando sin rumbo, en automático. No sé cuánto tiempo llevo así; solo necesito alejarme de esa casa, de esa habitación y … y de Richard.

Sigo en shock repitiendo esas imágenes en mi casa mientras sigo caminando. No tengo rumbo definido, no sé exactamente dónde ir y tampoco es como que lo pensar con claridad.

Solo estoy caminado por las aceras queriendo ser invisible, que nadie me mire. Simplemente quiero desaparecer.

Las imágenes vuelven una y otra vez a mi cabeza: Richard, esa mujer, nuestra cama; luego está su risa, sus manos sobre ella.

—¿Por qué Richard? —reclamo en voz bajo.

Cierro los ojos con fuerza. Me niego a pensar en ello, es que no, no quiero recordarlo. Pero cuanto más intento apartar esos recuerdos, con más violencia regresan.

Me detengo unos segundos para recuperar el aliento. Es como si alguien hubiera colocado un enorme peso sobre mi pecho y respirar se hubiera convertido en una tarea imposible.

¿Y ahora qué hago? No tengo a dónde ir. Estoy completamente perdida, en casa está Richard... con su nueva mujer. Mi mejor amiga no está en la ciudad y presentarme en casa de mis padres no es una opción. Mi padre sería capaz de ir al hospital y golpear a Richard con sus propias manos, mi madre terminaría llorando conmigo toda la noche y no quiero cargarles este dolor. Quizá lo único que me queda sea pasar la noche en un hotel.

—¡Maldición! —murmuro entre un sollozo cuando el celular vuelve a sonar.

Es Richard otra vez.

La pantalla está llena de llamadas perdidas y también hay mensajes que no necesito leer. Ni siquiera necesito leerlos. Ya sé exactamente lo que dicen.

"Podemos hablar."

"No es lo que parece."

"Déjame explicarte."

Mentiras. Todo es mentira, todas y cada una de sus palabras son una vil mentira.

—¡Idiota! —aprieto el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.

Por un instante pienso en lanzarlo contra el pavimento, pero me detengo, allí está la prueba. La única cosa que impedirá que algún día él intente convencerme de que imaginé todo.

Continúo caminando hasta que veo un taxi preparándose para marcharse.

Levanto una mano.

—¡Espere! —Grito, corriendo hacía el taxi.

El conductor alcanza a verme y detiene el vehículo.

—Buenas noches —digo intentando controlar mi voz—. ¿Podría llevarme al hotel más cercano, por favor?

El anciano me observa unos segundos. Estoy segura de que mi aspecto habla por mí, pero no hace preguntas, solo asiente.

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Al acercarme a recepción, la joven detrás del mostrador me dedica una sonrisa profesional.

—Buenas noches. ¿Tiene una reservación?

Niego con la cabeza.

Respiro profundo tratando de controlar el nudo en mi garganta, estoy tan cerca de romperme otra vez que apenas puedo hablar.

—No.

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