Capítulo 3 La realidad

La recepcionista me mira con su ceño fruncido.

—No, pero necesito una habitación para esta noche. Acabo de regresar de un viaje de negocios y... —estoy a punto de decir la verdad. "...y descubrí a mi esposo acostándose con otra mujer." Pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta. —...y no tengo dónde pasar la noche.

La recepcionista revisa la computadora.

—Parece que está de suerte. Tenemos una habitación disponible.

No sabe cuánto necesito escuchar algo de buena suerte hoy.

—Muchas gracias.

Intento sonreír, aunque supongo que debe de ser una imagen lamentable. El maquillaje corrido, el cabello desordenado, los ojos hinchados. Ni siquiera recuerdo cuándo dejé de parecer una mujer enamorada para convertirme en alguien que acaba de perderlo todo.

Voy directo a la habitación. Introduzco la tarjeta una vez y no abre. Lo intento por segunda vez y es lo mismo, nada. Suspiro, derrotada ya con lágrimas amenazando salir. Lo intento una vez más, sin embargo, la puerta sigue sin abrirse.

—Por favor... —Chillo.

Le doy un pequeño golpe con la frente a la puerta.

—Hoy no, por favor, no más —lloro.

—¿Se le ofrece algo?

La voz masculina hace que dé un pequeño salto llevando mi mano hacia mi pecho. La puerta se abre despacio y un hombre alto aparece frente a mí. Tiene el cabello húmedo, una toalla sobre el hombro y el pantalón apenas abrochado, como si acabara de salir de la ducha.

Durante un segundo mis ojos recorren al hombre de pies a cabeza, me quedo inmóvil, no porque sea un desconocido atractivo, sino porque acabo de darme cuenta de que llevo varios minutos intentando entrar en la habitación equivocada.

—Lo... lo siento —balbuceo sintiendo que el calor sube a mis mejillas—. Intentaba entrar en mi habitación, no sabía… no noté que era la habitación equivocada. Lo siento.

Él mira la tarjeta, luego el número de la puerta y finalmente vuelve a observarme.

Una sonrisa divertida aparece en su rostro.

—Creo que se equivocó de habitación... aunque también existe la posibilidad de que estuviera intentando secuestrarme.

Quisiera que la tierra me tragase en este mismo instante. Estoy tan avergonzada que la llave se me ha caído por los nervios y él la ha levantado.

—¡Discúlpeme! De verdad, no fue mi intención.

Con una gran sonrisa señala la puerta de enfrente.

—Su habitación es esa.

Sigo la dirección de su dedo. Cierro los ojos un instante.

—Gracias —Es lo único que puedo pronunciar,

Tomo la tarjeta con rapidez y, con la poca dignidad que me queda, prácticamente huyo hacia mi habitación.

Entro y cierro la puerta detrás de mí. Dejo la tarjeta sobre la mesa de noche y me quedo de pie en medio de la habitación, sin saber qué hacer conmigo misma. Durante unos segundos intento mantenerme firme, hacer como si nada ha pasado, pero fallo. Mis piernas flaquean y termino sentándome en el suelo junto a la cama.

Me cubro el rostro con ambas manos y vuelvo a llorar.

Lloro por Richard, por la mujer, por nuestra casa y por la vida que creía tener. Lloro por el regalo que quedó tirado en el suelo de nuestra habitación.

Lloro hasta que me duele la cabeza y la garganta se siente seca. En algún momento intento levantarme para acostarme en la cama, pero apenas consigo quitarme los zapatos antes de volver a sentarme.

No quiero pensar, no quiero recordar; solo quiero que esta noche termine.

Me recuesto contra el costado de la cama y cierro los ojos. Quizá mañana pueda pensar con claridad. Quizá mañana pueda decidir qué hacer. Por ahora, solo necesito descansar.

No sé cuánto tiempo pasa. Solo sé que, cuando vuelvo a abrir los ojos, sigo en el suelo de la habitación del hotel. La alfombra ha dejado marcas en mi mejilla y el cuerpo me pesa como si hubiera corrido durante horas.

Parpadeo varias veces, intentando recordar dónde estoy.

Entonces vuelve todo como torbellino: Richard, la mujer, nuestra cama, el video y el nudo en mi garganta aparece con tanta fuerza que tengo que cubrirme la boca para no gritar.

No fue una pesadilla. Sí sucedió de verdad.

Mi esposo me ha engañado.

—¿Por qué? —Reprocho.

Cierro los ojos con fuerza, deseando despertar en cualquier otro lugar o cualquier otro día, uno que sea antes de subir aquellas escaleras o antes de abrir esa puerta. Pero el silencio de la habitación es demasiado real.

Con movimientos torpes me obligo a ponerme de pie y camino hasta el baño. Abro el grifo sin siquiera comprobar la temperatura del agua. Necesito sentir algo diferente al dolor.

Cuando termino de ducharme, el vapor cubre el espejo. Lo limpio con la palma de la mano. Y ahí estoy yo, completamente desnuda sin un gramo de maquillaje, con los ojos hinchados de tanto llorar.

Me observo durante largos segundos detallando cada centímetro de mi cuerpo. nunca antes me había detenido a buscar defectos en mi cuerpo, pero no puedo dejar de encontrarlos.

Mis propios pensamientos me traicionan y as preguntas aparecen una detrás de otra, crueles, casi imposibles de detener.

¿Es culpa mía? ¿hice algo para que me traicionaran? ¿hay algo mal en mí? ¿acaso soy fea?

Recorro con la mirada cada parte de mi cuerpo como si estuviera viéndome por primera vez y, por primera vez en mucho tiempo, no me agrada la mujer que tengo enfrente. No porque hubiera cambiado, sino porque alguien acaba de hacerme sentir que nunca fui suficiente.

Me cubro mi cuerpo tan pronto brota ese sentimiento y me aparto del espejo.

Las preguntas no vienen una por una. Vienen todas al mismo tiempo, como si hubieran estado esperando este instante para atacarme.

Salgo del baño con el cabello húmedo pegado a la piel. Me visto sin pensar demasiado como en automático.

Tomo el celular y Richard otra vez desde el celular de la empresa. La pantalla está llena de llamadas perdidas y mensajes de texto.

“Podemos hablar.”

“No es lo que parece.”

“Déjame explicarte.”

Bloquear, aunque el dedo me tiembla un segundo antes de confirmarlo, como si una parte de mí todavía dudara, pero como si fuese una señal del cielo, una llamada de mi jefe entró a mi celular sacándome del transe en el que estaba.

—Sé que estás de vacaciones, pero te necesito ahora. Uno de los clientes más importantes llegó a la ciudad ayer, necesito que viajes en unos días y cierres el contrato. Pídeme lo que quieras, te lo compenso, pero ayúdame, te lo ruego ¿qué dices?

Sin pensarlo acepto.

—Claro, pero me gustaría integrarme a mis labores mañana mismo —al otro lado un silencio aguardó por varios segundos, por lo que prosigo con mi petición. —Es mejor tener todo preparado para el cliente.

—Bueno —duda mi jefe —si es lo que quieres, no tengo problema.

—Gracias Sr Martínez.

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