Capítulo 4 Un golpe a mi realidad
El taxi avanza en silencio por la ciudad mientras voy hundida en mis pensamientos. Siento que ya no tengo lágrimas por derramar y a pesar del dolor que cargo dentro solo llevo conmigo una calma difícil de explicar hasta que el auto se detiene frente a la casa.
Me quedo unos segundos frente a la puerta, mi corazón late de prisa inquieto por la incertidumbre de qué hay allí adentro por enfrentarme a lo que me espera.
Respiro profundo y entro. El silencio de la casa es peor que cualquier grito y todo sigue extrañamente en su lugar.
Subo sin hacer ruido, no quiero encontrarlo, pero para mí mala dicha allí está él como si me hubiera estado esperando.
—Llegaste… —dijo, y su voz intenta sonar normal.
Me detengo a observarlo sin decir una palabra, él me mira y sus ojos se posan en mi rostro y entonces lo vi cambiar. La máscara de calma se le cayó.
—Tenemos que hablar —dijo rápido, avanzando un paso—. No es lo que crees.
Suelto una risa corta. Sin humor.
—No empieces.
—Fue un error —insiste—. No significó nada. Tú… tú no entiendes—
—Sí entiendo —lo interrumpo, firme—. Entiendo perfectamente lo que vi.
El aire entre nosotros empieza a ser tenso y asfixiante.
Richard respira hondo, como si buscara una salida que no existe.
—No destruyas esto —dice en un grito.
—¿Yo? ¿Yo estoy destruyendo esto? … te recuerdo que fuiste tú quien estuvo en esa cama con una mujer que no era tu esposa… no digas que soy yo la que está destruyendo este matrimonio cuando fuiste tú quien me falló.
—Por favor. Podemos arreglarlo. —Comienza a llorar.
“Podemos arreglarlo.” Como si eso fuera una mesa rota o como si yo fuera una cosa que se puede pegar otra vez.
Lentamente niego con mi cabeza.
—Ya está destruido, no hay nada que pueda hacer. Me fallaste y eso no voy a perdonártelo, nunca.
Doy un paso hacia la habitación y él me tiene.
—No te vayas así, hablemos, arreglemos las cosas. ¿déjame compensarte, ¿sí?
Su mano roza mi brazo y el contacto me estremece.
—No me toques —exijo, pero no me suelta —No puedes compensar o arreglar algo que tú mismo has dañado, me fallaste Richard, en San Valentín, en mi casa, en mi cama. No puedes compensarlo.
—Te amo —dice, y esta vez su voz se quiebra—. Fue un error, pero te amo.
Y algo dentro de mí se apagó del todo.
Lo miro, de verdad lo miré, solo que no vi amor en él. Vi miedo, ego quizás, vi desesperación por no tener el control.
—No me ames así —digo en voz baja. —No quiero que me ames de esa forma, solo quería un amor real, nunca te pedí nada más allá de tu amor y fidelidad, y no lo cumpliste.
Intento apartarme mas no me permite hacerlo.
—Escúchame —insiste, más fuerte ahora—. No puedes irte. No así, eres mi esposa.
—Ya no quiero ser tu esposa Richard, ya no quiero nada que venga de ti.
—¡Por favor! —Su agarre se hace más fuerte —. No puedes dejarme.
—¡Richard suéltame! —Lo empujo.
En un movimiento rápido, Richard levanta su mano y la estrella en mi mejilla, fue como un reflejo rápido que no pude esquivar.
El golpe me gira el rostro y por un segundo, el mundo entero se detiene. Todo queda en blanco, no hay pensamientos, no hay nada. Simplemente el ardor de mi mejilla ya enrojecida.
Cuando vuelvo a mirarlo, Richard está tan inmóvil como yo. Sus ojos reflejan la misma sorpresa que siento. Como si no pudiera creer lo que acaba de hacer. Como si esa mano no hubiera sido la suya.
Doy un paso atrás. Lento, muy lento y algo dentro de mí termina de romper el ultimo hilo que me unía a él.
—No quise… —Intenta tocarme el rostro.
—No… —susurro, pero no es para él si no para mí, para la mujer que todavía intentaba salvar este matrimonio.
Llevo una mano hasta mi mejilla. El golpe duele, pero lo que realmente duele es darme cuenta de que el hombre al que amo acaba de cruzar un límite del que no hay regreso.
Lo miro una vez más y ya no queda amor que rescatar.
—Acabas de terminar con este matrimonio para siempre.
Richard abre la boca para hablar, pero levanto una mano antes de que pronuncie una sola palabra.
—Mañana mismo inicio el divorcio.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
Me doy la vuelta sin volver a mirarlo. Entro en el vestidor y abro las maletas con las que regresé del viaje. Apenas saco un par de vestidos para hacer espacio y guardo lo imprescindible: mis documentos, algunas prendas, mi computadora portátil, el cargador del celular y un pequeño neceser. No pienso quedarme más tiempo del necesario.
El resto puede esperar. Ya habrá tiempo para volver por las cosas que aún me pertenecen.
—Enviaré a alguien por el resto de mis cosas. Espero que no haya inconveniente.
Hago una pausa antes de mirarlo por última vez.
—Ah, Richard... que tengas una buena vida.
No espero una respuesta.
Salgo de la casa con las maletas en la mano. Al cruzar la puerta entiendo que no solo estoy abandonando ese lugar; estoy dejando atrás a la mujer que habría perdonado cualquier cosa por amor. Y esa mujer... acaba de morir allí dentro.
