Capítulo 5 Volver a casa
Miro las maletas que están a mi lado. Son las mismas con las que regreso del viaje de negocios. Hace apenas unas horas estaban llenas de regalos y ropa para volver a casa. Ahora llevan únicamente lo indispensable para empezar una vida que jamás imaginé.
Las dejo sobre la acera y levanto una mano cuando veo un taxi acercarse.
El conductor se detiene frente a mí y guarda las maletas en el maletero sin hacer preguntas lo cual se lo agradezco en silencio.
—¿A dónde la llevo? —pregunta.
Abro la boca, pero ninguna dirección sale de inmediato. Caigo en cuenta que ya no tengo una casa y la idea cae sobre mí con un peso insoportable. Solo existe un lugar al que puedo ir, a casa de mi mamá.
Durante todo el trayecto permanezco mirando por la ventana. La ciudad sigue igual que siempre. Hay personas caminando con prisa, cafeterías llenas, parejas tomadas de la mano y niños corriendo detrás de una pelota.
El mundo sigue avanzando, el único que se detuvo fue el mío.
Apoyo la frente contra el cristal y dejo escapar un suspiro tembloroso. No sé cómo voy a decirle a mi mamá que mi matrimonio acaba de terminar.
No sé cómo voy a explicarle que el hombre al que recibió como un hijo me engañó... y después me golpeó. Solo de pensarlo siento otra vez el ardor en la mejilla.
Llevo la mano hasta el lugar del impacto casi por instinto. Todavía duele, ya no tanto por el golpe sino por quien me lo dio.
El taxi continúa avanzando y yo permanezco con la frente apoyada contra el cristal, observando cómo las calles conocidas comienzan a quedar atrás. No sé qué espero encontrar cuando llegue a casa de mi mamá. Lo único que sé es que no quiero estar sola.
Cuando finalmente el taxi se detiene frente a la casa, levanto la cabeza.
La fachada continúa exactamente igual a como la recuerdo. Las mismas plantas junto a la entrada, las ventanas con las cortinas claras y aquella lámpara del porche que mi papá insiste en mantener encendida durante toda la noche.
Por un instante siento algo extraño como si hubiese regresado a una versión de mi vida en la que todo todavía estaba bien.
Pago el viaje y bajo del vehículo. El conductor saca mis maletas del maletero y las deja junto a mí.
—¿Necesita ayuda para llevarlas hasta la puerta? —pregunta a lo que niego con la cabeza.
—No, gracias. Así estoy bien.
Tomo una de las maletas y arrastro la otra detrás de mí. Cada paso hacia la puerta se siente más pesado que el anterior. Cuando llego, me quedo quieta frente a ella. Levanto la mano para tocar el timbre, pero dudo.
Me siento como niña pequeña, no quiero que mi mamá me vea así. No quiero tener que explicar por qué llego con las mismas maletas con las que debía regresar a casa después de mis vacaciones, mucho menos quiero pronunciar en voz alta lo que ocurrió, pero ya no puedo seguir huyendo de ello.
Respiro profundo y presiono el timbre. Escucho pasos en el interior venir hacia mí y mi corazón comienza a latir más rápido.
—¡Ya voy! —La voz de mi mamá provoca que mi garganta se cierre.
La puerta se abre y el semblante cambia al verme
—¡Hija! Pensé que llegabas dentro de dos días, — su sonrisa desaparece poco a poco, primero mira mi rostro y después las maletas. Finalmente vuelve a mirarme —.¿Qué pasó?
Intento sonreír, sin embargo, es un intento miserable.
—Hola, mamá.
Ella frunce el ceño.
—¿Qué pasó, Valeria?
Y ahí está la pregunta que llevo evitando desde que salí de aquella casa.
—¿Puedo quedarme unos días? —Pregunto.
Mi mamá no responde. Sus ojos vuelven a recorrer mi rostro y entonces los veo detenerse en mi mejilla. Instintivamente intento cubrirla con el cabello siendo ya demasiado tarde.
—¿Qué tienes ahí?
—Nada. —Digo tratando de restarle importancia.
—No me digas que nada.
Ya no es la mamá que acaba de recibir a su hija en casa, es la mujer que sabe que algo le pasó a su hija y está intentando descubrir qué.
—Mamá...
—¿Richard te hizo eso?
La pregunta me deja completamente inmóvil, no sé qué decir por más que busco una respuesta para lo que pasó, pero mi silencio responde por mí.
—Dios mío.
—No quiero hablar de esto en la puerta.
—Pasa, pasa. — Ella no vuelve a preguntar simplemente lo ha entendido y se aparta inmediatamente para dejarme entrar.
Arrastro las maletas hasta el interior y, apenas cruzo la puerta, siento que algo dentro de mí comienza a ceder.
—Mamá, estoy bien. —Comienzo a decir en un intento de calmarle los nervios.
—No estás bien. —Refuta de inmediato señalando el sofá.
Me siento en el mismo sofá donde pasé tantas tardes durante mi adolescencia. El mismo donde mi mamá solía sentarse conmigo cuando tenía algún problema en el colegio, cuando terminaba una relación o cuando simplemente necesitaba llorar por algo que, en aquel entonces, parecía el fin del mundo.
Es un poco irónico, supongo.
Mi mamá desaparece unos segundos y regresa con un vaso de agua.
—Toma.
Lo recibo con ambas manos y la bebo inmediatamente.
—Gracias.
Ella se sienta a mi lado sin decir una palabra, tampoco lo hago yo y durante varios segundos solo escuchamos el ruido del reloj en la pared y nuestra respiración.
—Richard me engañó. —Decido hablar para matar el silencio.
Mi mamá cierra los ojos. Parece que necesita unos segundos para procesarlo.
—¿Qué?
Trago saliva.
—Lo encontré con otra mujer. —El vaso tiembla ligeramente entre mis manos. —En nuestra casa. En nuestra habitación.
Mi mamá lleva una mano hasta su boca. —No...
—Lo vi. —Las lágrimas comienzan a acumularse otra vez. —.Lo vi todo mamá, me engañó en nuestra casa.
Ella toma mi mano.
—¿Estás segura?
Por alguna razón, esa pregunta no me molesta. Sé que no está dudando de mí, está intentando encontrar una explicación que haga que todo esto tenga sentido.
—Lo grabé.
Mi mamá me mira confundida.
—¿Lo grabaste? — Asiento.
—No sé por qué lo hice. Supongo que necesitaba una prueba. Necesitaba saber que no estaba imaginando todo después. —Aprieto los labios — . Y luego fui por mis cosas.
La expresión de mi mamá cambia.
—¿Y él estaba allí?
Asiento otra vez.
—Intentó convencerme de que fue un error. Que no significaba nada. Que me amaba. —Suelto una risa breve, pero amarga —. Como si decir que me ama pudiera borrar lo que hizo.
Mi mamá me acaricia la mano.
—¿Y qué pasó?
La pregunta me deja en silencio.
Miro hacia mi regazo.
—No quería dejarme ir.
Mi mamá se queda quieta.
—¿Qué quieres decir?
Levanto la mirada.
—Me tomó del brazo. Le pedí que me soltara, —la garganta vuelve a cerrárseme. —Y cuando intenté apartarme...
No consigo terminar, pero mi mamá ya sabe.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—No.
Esta vez soy yo quien asiente.
—Sí.
Ella se pone de pie.
—Voy a llamar a tu padre.
—¡No! —Mi respuesta la sorprende. —Mamá, por favor.
