Capítulo 6 Golpes freneticos

—¡Ese hombre te golpeó!

Puedo mirar el enojo en sus ojos, pero no puedo permitir que ellos se involucren más allá de lo debido.

—Lo sé —Respondo.

—Entonces tu padre tiene derecho a saberlo.

—Y lo sabrá. —Respiro profundamente. —Pero no quiero que vaya a buscarlo. No quiero una pelea. No quiero que Richard termine haciendo otra cosa y tampoco quiero que esto se convierta en un problema todavía más grande.

Mi mamá me observa durante unos segundos.

—Entonces ¿qué vas a hacer?

Quedo en silencio unos minutos, sé lo que tengo que hacer, pero dentro de mis planes no estuvo contemplado terminar de esta manera.

—Divorciarme, eso haré.

La palabra sale de mi boca con una firmeza que no sabía que todavía tenía.

—¿Estás segura?

—Sí. —suspiro. —No quiero volver con él. No quiero escuchar otra explicación. No quiero darle otra oportunidad. Quiero terminar esto.

Mi mamá se sienta a mi lado, toma mis manos en las suyas y las acaricia.

—¿Entonces lo vas a terminar?

La miro.

—¿Estoy mal?

Ella niega con la cabeza.

—No, por supuesto que no. Quiero que estés bien, solo eso me importa.

Y esa frase termina de romper la última barrera que me queda. Me cubro el rostro con ambas manos, mis lagrimas brotan sin consuelo. Me abraza con fuerza y esome alienta para hablar con el abogado antes que me arrepienta.

Tengo que reunir algunos documentos relacionados con el matrimonio, nuestras propiedades y cualquier otra información que pueda ser necesaria. Quisiera decir que no quiero nada, solo ser libre, pero la realidad es que ambos tenemos derechos sobre esa casa.

—Mañana tengo una cita con él —me giro hacia ella — Mañana comienzo oficialmente el proceso para terminar mi matrimonio.

—¿Ya está? —Asiento—. Entonces mañana empiezas a poner todo en orden.

—Aunque, me da miedo enfrentarme a todo esto.

No sé si mi vida puede volver a estar en orden después de lo que ocurrió, pero al menos puedo empezar por algunas cosas: mi divorcio, mi trabajo, un lugar donde vivir y, eventualmente, aprender a respirar sin sentir que Richard todavía está sentado sobre mi pecho.

—Creo que necesito dormir —Menciono tomando un poco de aire.

Doy apenas un par de pasos cuando mi teléfono vuelve a vibrar. Me detengo. No necesito mirarlo para saber quién es, es Richard otra vez.

Desbloqueo el celular y encuentro un mensaje.

“Tenemos que hablar.”

Lo ignoro. Pero llega otro.

“No puedes terminar nuestro matrimonio así.”

Aprieto los labios y vuelve a llegar otro.

“Valeria, contéstame.”

Dejo el teléfono sobre la mesa.

—¿Es él? —pregunta mi mamá.

—Sí.

—No tienes que responderle.

—No voy a hacerlo.

Pero mi teléfono vuelve a vibrar. Lo tomo con fastidio.”

“Después de todo lo que hemos vivido, ¿así me pagas?”

Me quedo mirando la pantalla y una risa amarga se me escapa.

¿Así me paga él a mí? ¿Después de engañarme? ¿Después de golpearme?

Sigo leyendo.

“Sé que hice algo mal, pero tampoco eres una víctima perfecta.”

Mi expresión cambia.

—¿Qué pasa? —pregunta mi mamá.

No respondo, no tengo tiempo de hacerlo, un nuevo mensaje aparece.

“Llevabas meses ignorándome.”

Y otro.

“Te fuiste tres semanas. ¿Qué esperabas que hiciera?”

Mi mano se queda inmóvil. Eso sí consigue hacerme daño, no porque una pequeña parte de mí todavía se pregunta si realmente pude haber hecho algo diferente para salvar el matrimonio. Regresé antes porque lo extrañaba, porque quería recuperar nuestro matrimonio, sin embargo, él no estaba esperándome. Estaba con otra mujer.

—No —murmuro.

Mi mamá me observa.

—¿Qué?

Niego con la cabeza.

—Nada.

Miro nuevamente el mensaje. Esta vez no siento culpa, si no rabia.

“No vuelvas a culparme por lo que tú decidiste hacer.” —Escribo la respuesta.

Mi dedo queda suspendido sobre la pantalla. Leo la respuesta una vez, después otra y finalmente la envío.

Los tres puntos aparecen casi de inmediato. Richard está escribiendo e inmediatamente bloqueo su número antes de que pueda responder.

—Listo. —Dejo el teléfono sobre la mesa. —Espero que ya no vuelva a molestar más.

Mi madre me dedica una sonrisa.

—Richard ha perdido una gran mujer.

De alguna forma esas palabras le dan calor a mi corazón herido.

—No lo sé mamá, ahora necesito buscar un lugar para vivir.

—¿Qué? —me cuestiona —. No has llegado a casa y ya quieres irte.

Suelto una carcajada tras el reclamo de mamá.

—Nada de eso mamá, solo que ya estoy muy mayor para vivir con ustedes. Mañana quiero ir a ver apartamentos.

Mi mamá sonríe apenas.

.

.

.

A la mañana siguiente me despierto antes de que suene la alarma. Durante unos segundos permanezco mirando el techo.

No quiero levantarme, no quiero enfrentar el día porque hacerlo significa aceptar que mi vida cambió, pero quedarme acostada no va a cambiar nada, así que me levanto. Me miro en el espejo y frunzo el ceño incrédula a que Richard me haya golpeado.

Con maquillaje cubro un poco la marca para evitarme miradas curiosas. Cuando llego a la oficina, el movimiento habitual me recibe como si mi vida no se hubiera derrumbado unas horas atrás. Y, extrañamente, eso me tranquiliza.

Los teléfonos suenan, las personas hablan, alguien se queja de una impresora, una compañera pasa junto a mí con una taza de café y casi choca con otro empleado.

Me siento frente a mi computadora y abro mi correo. Tengo varios pendientes que sé que me van a distraer de mis pensamientos.

—Valeria. — Levanto la mirada.

—Buenos días, señor Martínez.

—¿Cómo estás? —La pregunta me incomoda.

—Bien.

Me observa unos segundos.

—¿Segura?

—Sí.

No sé si me cree, pero tampoco me importa.

—Necesito hablar contigo de la reunión.

Cierro la computadora.

—Claro.

—El cliente que te mencioné ayer ya está en la ciudad.

Asiento.

—¿Cuándo es la reunión?

—En una hora.

Miro el reloj.

—¿Una hora?

—Sí.

—¿Y me lo dices ahora y así?

Mi jefe sonríe.

—¿Así cómo?

—Tan tranquilo.

—Tengo a la mejor.

Lo miro con incredulidad.

—Eso no es confianza, señor Martínez. Eso es abuso laboral con una sonrisa.

Él suelta una carcajada y yo sonrío.

—Es uno de nuestros clientes más importantes. Quiero que lleves tú la presentación.

Miro la carpeta que ha colocado en mi escritorio.

—De acuerdo.

—Y necesito que prepares la propuesta para el viaje.

Levanto la mirada.

—¿El viaje?

—Sí. El cliente quiere cerrar el contrato personalmente. Probablemente tendrás que acompañarlo.

Abro la carpeta.

—¿Cuándo?

—En unos días.

A decir verdad, no me preocupa, de hecho, quizá viajar sea exactamente lo que necesito.

Necesito distancia, trabajo y una excusa para no pensar.

—Cuente con ello.

—Sabía que podía confiar en ti.

—Solo me tienes a mí —Le sonrío.

Abro la carpeta y comienzo a leer, durante los siguientes cuarenta minutos desaparece todo lo que me atormenta. No existe Richard en este instante, solo números, estadísticas y todo lo que me hace amar este trabajo.

Cuando llega la hora, cierro la computadora y tomo la carpeta. Camico hasta la sala de reuniones donde se escucha la voz de un hombre hablando.

—Buenos días.

Doy un paso y me quedo quieta. Mi corazón da golpes freneticos y la vergüenza del otro día ha vuelto a mí.

“No” “No puede ser”

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