Capítulo 1 Capítulo 1
Nunca debí haber nacido.
Esa era la primera verdad que aprendí en esta manada. La segunda era que una Omega sin lobo no merecía ni el aire que respiraba. Y la tercera… la tercera la descubrí la noche de mi decimoctavo cumpleaños, cuando el destino decidió reírse de mí frente a todos.
Me llamo Elara.
Y esta es la historia de cómo me destrozaron.
Desde que tengo memoria, fui la sombra que nadie quería ver. Mientras las demás cachorras jugaban, entrenaban y esperaban con ilusión el momento en que su lobo despertara, yo me quedaba en los márgenes. Observando. Callada. Inexistente. Mi madre murió al darme a luz y mi padre… bueno, mi padre prefirió fingir que yo nunca había existido. Me dejó al cuidado de la manada como quien abandona un peso inútil.
Crecí barriendo pisos, lavando sábanas manchadas de sangre después de las cacerías y sirviendo comida a quienes ni siquiera se dignaban a mirarme a los ojos. “La sin lobo”, me llamaban. “La defectuosa”. “La que nunca será reclamada”. Las burlas eran diarias. Los empujones, constantes. Y las miradas de desprecio… esas eran las que más dolían.
Alpha Ethan siempre había sido el centro de todo. Alto, fuerte, con ese aura de poder que hacía que las lobas se derritieran a su paso. Desde que éramos niños supe que él estaba destinado a grandes cosas. Yo, en cambio, solo estaba destinada a limpiar el desastre que dejaban los demás. Nunca imaginé que la Luna tendría el cruel sentido del humor de emparejarnos.
La mañana de mi cumpleaños amaneció gris. El cielo parecía tan pesado como el nudo que llevaba en la garganta desde hacía semanas. Cumplir dieciocho años significaba una sola cosa para cualquier miembro de la manada: la ceremonia del despertar. Esa noche, bajo la luna llena, la Diosa decidiría quién era tu compañero destinado. Para la mayoría era un momento de emoción. Para mí era una sentencia.
Pasé el día como siempre: invisible. Fregué los suelos del comedor hasta que mis rodillas ardiaron. Llevé cubos de agua hasta la casa de los guerreros. Escuché cómo Selena, la hija del Beta, se reía con sus amigas mientras hablaban de lo hermoso que se vería Ethan esa noche. Ella siempre había estado segura de que él la elegiría. Y, honestamente, yo también lo creía.
—¿Tú también vas a la ceremonia, sin lobo? —me preguntó una de las jóvenes mientras pasaba a mi lado, empujándome lo suficiente para que el cubo se me cayera de las manos y el agua sucia me empapara la falda.
No respondí. Había aprendido hacía mucho que el silencio era mi única defensa.
Cuando el sol comenzó a descender, me ordenaron que me preparara. No porque me consideraran digna de la ceremonia, sino porque todas las jóvenes de dieciocho años debían estar presentes. Me dieron un vestido viejo, de un color beige apagado que alguna vez debió ser blanco. Me miré en el pequeño trozo de espejo roto que tenía en mi habitación del sótano y apenas me reconocí. El cabello castaño me caía lacio sobre los hombros. Los ojos grises —demasiado grandes para mi cara delgada— parecían los de un animal acorralado. No había nada especial en mí. Nunca lo había habido.
La ceremonia se realizó en el claro sagrado, ese lugar donde los árboles formaban un círculo natural y la luna parecía más cerca. Toda la manada estaba reunida. Las antorchas parpadeaban. El aire olía a tierra húmeda y a expectación. Yo me coloqué al final del grupo de jóvenes, intentando hacerme lo más pequeña posible.
Alpha Ethan estaba al frente, imponente con su camisa negra y esa mirada orgullosa que siempre había tenido. A su lado, Selena brillaba con un vestido rojo que resaltaba su figura. Se veían perfectos juntos. Como si el destino ya hubiera decidido por ellos.
El anciano de la manada comenzó a recitar las palabras antiguas. Una por una, las jóvenes fueron llamadas. Algunas encontraron a sus compañeros entre gritos de alegría. Otras lloraron de emoción cuando el lazo se activó. Yo esperé mi turno con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que todos podrían oírlo.
—Elara —dijo finalmente el anciano.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Sentí cientos de miradas clavarse en mí. Di un paso al frente, las manos temblando a los costados. El anciano cerró los ojos, concentrándose en la conexión con la Luna. Pasaron segundos que se sintieron eternos.
Entonces lo sentí.
Un tirón profundo, caliente, casi doloroso en el centro del pecho. Como si algo invisible se hubiera enganchado a mi alma y tirara con fuerza. Mis ojos se abrieron de golpe. Busqué de inmediato la fuente de esa sensación… y me encontré con la mirada de Ethan.
Él también lo había sentido. Lo vi en la forma en que su cuerpo se tensó, en cómo sus ojos dorados se abrieron con sorpresa y luego… con algo que se parecía demasiado al horror.
El lazo estaba ahí. Vibrante. Real. Inequívoco.
Durante un segundo absurdo, una parte diminuta de mí —la parte que todavía guardaba esperanza a pesar de todo— se atrevió a ilusionarse. Tal vez esta vez sería diferente. Tal vez la Luna sabía algo que yo no.
Ethan dio un paso hacia mí. El claro entero contuvo la respiración.
Luego habló.
—No.
La palabra cayó como una losa.
—No la acepto —repitió, más fuerte, mirándome con una mezcla de asco y determinación—. Esta no puede ser mi compañera. Es una Omega sin lobo. Una defectuosa. La Luna se ha equivocado.
Un murmullo recorrió la manada. Selena sonrió. Una sonrisa lenta, cruel, triunfante.
—Ethan… —susurré, la voz quebrada. El lazo tiraba con más fuerza, como si intentara unirnos a la fuerza, pero él lo rechazaba con cada fibra de su ser.
—No me digas por mi nombre —espetó—. No eres nadie para hacerlo. Mírate. No tienes lobo. No tienes fuerza. No tienes nada que ofrecerme. ¿Crees que voy a atar mi vida a alguien tan… inútil?
Las risas comenzaron. Primero suaves, luego más fuertes. Alguien gritó “¡Rechazada!”. Otro se unió. Pronto el claro entero parecía reírse de mí.
Ethan se giró hacia el anciano.
—Rechazo el lazo. Pública y definitivamente. Prefiero a Selena. Ella sí es digna de ser la compañera de un Alfa.
Selena se acercó a él con gracia, pasando un brazo por su cintura como si siempre hubiera pertenecido allí. Ethan no la apartó. Al contrario, la atrajo más cerca.
El dolor fue físico. El lazo, al ser rechazado de esa forma tan brutal, se retorció dentro de mí como una cuchilla. Caí de rodillas sin poder evitarlo, una mano apretada contra el pecho. Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas, pero no solté ni un sollozo. No les daría ese gusto.
—Levántate —ordenó Ethan con voz fría—. No ensucies el claro sagrado con tu debilidad.
Alguien me empujó por la espalda. Caí hacia adelante, las manos hundiéndose en la tierra húmeda. Más risas. Más comentarios venenosos.
—Mírala. Ni siquiera puede mantenerse en pie.
—Qué vergüenza para la manada.
—La Luna debió de estar borracha esa noche.
Selena se agachó un poco, lo suficiente para que solo yo pudiera oírla.
—Pobre cosita —susurró con dulzura falsa—. ¿De verdad creíste que alguien como él podría quererte? Eres patética, Elara. Siempre lo has sido.
Me obligaron a levantarme. Me obligaron a quedarme allí mientras el resto de la ceremonia continuaba como si yo no existiera. Ethan y Selena fueron anunciados como la futura pareja alfa entre aplausos. Yo solo existía como el recordatorio vivo de lo que nadie quería ser.
Cuando finalmente terminó, me ordenaron volver a mi habitación del sótano. Caminé entre la multitud con la cabeza baja, sintiendo cada mirada, cada risa contenida, cada susurro. Nadie me ofreció consuelo. Nadie me defendió. Ni siquiera el anciano dijo una palabra.
Esa noche me senté en el borde de mi miserable colchón, abrazando las rodillas contra el pecho. El lazo seguía ahí, dolorido y rechazado, como una herida abierta que se negaba a cerrar. Lloré en silencio hasta que no me quedaron lágrimas.
Había soñado, tontamente, con ser amada. Con tener un lugar. Con que alguien me mirara y no viera solo a la defectuosa.
La Luna me había dado un compañero… y él me había mirado con asco.
Me sequé la cara con el dorso de la mano. En la oscuridad de esa habitación fría, tomé una decisión.
No me quedaría.
No seguiría siendo su hazmerreír.
No permitiría que me rompieran más de lo que ya estaba.
Mañana, o pasado, o cuando encontrara la fuerza… me iría.
Aunque tuviera que arrastrarme. Aunque tuviera que sangrar. Aunque el mundo entero se negara a recibirme.
Porque si algo había aprendido esa noche era que nadie iba a salvarme.
Tendría que salvarme yo misma.
Y mientras la luna llena seguía brillando allá afuera, indiferente a mi dolor, algo dentro de mí —algo pequeño y afilado— comenzó a endurecerse.
Elara, la Omega sin lobo, la rechazada, la invisible…empezaba a morir.
Y yo todavía no sabía qué clase de mujer nacería de sus cenizas.
