Capítulo 2 Capítulo 2
Los días después del rechazo fueron peores que la propia ceremonia.
Creí, ingenuamente, que lo más doloroso ya había pasado. Que una vez que Ethan me hubiera rechazado frente a todos, el lazo se debilitaría y el mundo seguiría girando como si yo no existiera. Me equivocaba. El lazo no desapareció. Se quedó allí, retorciéndose dentro de mi pecho como una herida que se negaba a cerrar, recordándome cada segundo que había sido elegida… y descartada.
La mañana siguiente me despertaron de un empujón.
—Levántate, rechazada —espetó una de las guerreras, pateando el borde de mi colchón—. El Alpha ordenó que hoy limpies los establos. Toda la mierda. Hasta que brillen.
Me levanté sin protestar. Había aprendido que quejarme solo empeoraba las cosas. Me puse la misma ropa sucia del día anterior —nadie se había molestado en darme otra— y subí las escaleras del sótano con las piernas todavía temblorosas.
El resto de la manada ya estaba despierta. Algunos me miraban con lástima fingida. La mayoría, con diversión. Selena estaba en el comedor, sentada en el regazo de Ethan, riéndose de algo que él le susurraba al oído. Cuando me vio pasar, su sonrisa se ensanchó.
—Mira quién decidió aparecer —dijo en voz alta—. Pensé que te habrías escondido bajo tierra de la vergüenza.
Ethan levantó la vista. Sus ojos dorados me recorrieron de arriba abajo con una indiferencia tan fría que dolió más que cualquier insulto.
—Que no se acerque a la mesa —ordenó sin siquiera dirigirme la palabra—. No quiero oler su debilidad mientras como.
Bajé la cabeza y seguí caminando. El estómago me gruñó, pero sabía que no me darían desayuno. Desde la noche anterior, mi ración había sido reducida a sobras… cuando había sobras.
Los establos apestaban. Pasé horas recogiendo estiércol con las manos desnudas porque “las herramientas son para quienes realmente sirven a la manada”. El sol subió, el calor se volvió sofocante y el dolor en mis hombros se transformó en un ardor constante. Nadie vino a relevarme. Nadie me ofreció agua. Cuando finalmente terminé, ya era casi mediodía y mis manos estaban agrietadas y sucias.
Al volver hacia la casa principal, me interceptó un grupo de jóvenes guerreros.
—Oye, sin lobo —llamó uno de ellos, el hijo del jefe de patrulla—. ¿Es verdad que lloraste de rodillas anoche? Cuéntanos cómo se siente que tu propio compañero te vomite encima.
Me aparté para pasar, pero uno me bloqueó el paso.
—Te estoy hablando.
—No tengo nada que decir —respondí en voz baja.
Fue un error. La respuesta, por mínima que fuera, se interpretó como desafío. El golpe llegó rápido: un empujón fuerte contra la pared de madera. El aire se me escapó de los pulmones.
—Más respeto, basura —gruñó—. Deberías estar agradecida de que todavía te dejen respirar en esta manada.
Me dejaron ir después de unos cuantos empujones más y de un par de comentarios sobre lo patética que resultaba una Omega sin lobo intentando parecer digna. Caminé hacia la cocina cojeando ligeramente, ignorando las miradas y las risitas.
Así fueron los días.
Cada mañana una nueva humillación. Cada tarde un nuevo recordatorio de que yo no pertenecía. Me asignaban los peores trabajos: limpiar las letrinas, lavar la ropa manchada de sangre de las cacerías, barrer los patios bajo el sol hasta que la piel se me quemaba. Cuando alguien necesitaba desahogar su frustración, yo era el blanco perfecto. Un empujón aquí. Una bofetada “juguetona” allá. Insultos constantes.
Ethan nunca me golpeó directamente. No hacía falta. Su desprecio silencioso era suficiente. Cada vez que nos cruzábamos, su olor —ese olor a bosque y poder que el lazo insistía en reconocerme como mío— me golpeaba el pecho con fuerza. Y cada vez él apartaba la mirada como si yo fuera algo desagradable que se había pegado a la suela de su bota.
Selena, en cambio, disfrutaba activamente de mi sufrimiento. Una tarde me ordenó que le llevara té a su habitación. Cuando llegué, “tropezó” y derramó el líquido hirviendo sobre mi brazo. Grité. Ella se disculpó con una sonrisa dulce frente a las demás, pero en cuanto nos quedamos solas me susurró:
—La próxima vez ten más cuidado, Elara. No querrás que piense que lo haces a propósito.
El brazo me ardió durante días. Nadie me dio ungüentos. “Las heridas de los inútiles se curan solas”, dijo la sanadora cuando me atreví a pedirle ayuda.
Por las noches, en la oscuridad de mi habitación del sótano, el lazo se volvía insoportable. Tiraba. Dolía. Me recordaba una y otra vez que había un hombre en esa misma casa que la Luna había elegido para mí… y que ese hombre prefería a otra. A veces me despertaba ahogada en sollozos que no podía contener. Otras veces simplemente me quedaba mirando el techo, con los ojos secos y el corazón endureciéndose un poco más.
Empecé a contar los días.
No sabía exactamente cuándo me iría, solo sabía que lo haría. Cada humillación era un clavo más en el ataúd de la niña que había sido. La Elara que todavía esperaba, en el fondo, que alguien la defendiera, estaba muriendo. Y en su lugar algo más frío, más silencioso, empezaba a tomar forma.
Una semana después de la ceremonia, la situación empeoró.
Hubo una reunión de guerreros en el gran salón. Ethan anunció que él y Selena formalizarían su unión en la próxima luna llena. La manada estalló en aplausos. Yo estaba al fondo, sirviendo jarras de cerveza, cuando Selena alzó la voz.
—Qué lástima que algunas no puedan entender lo que significa ser elegida —dijo, mirándome directamente—. Algunas nacen para ser amadas. Otras… nacen para servir.
Las risas no se hicieron esperar. Ethan sonrió. No dijo nada para detenerla. No movió un solo músculo para protegerme. Y en ese instante algo dentro de mí se quebró de forma definitiva.
Esa noche, cuando todos dormían, me senté en el suelo de mi habitación con un trozo de pan duro que había escondido y un mapa viejo que había robado de la biblioteca semanas atrás. El territorio de nuestra manada no era enorme, pero estaba rodeado de bosques densos y de tierras de otras manadas que no dudarían en devolverme… o peor. Más allá, hacia el norte, había territorios salvajes. Y más lejos todavía, según los rumores, el Reino de los Lycan.
No sabía si llegaría. No sabía si sobreviviría. Pero prefería morir intentándolo antes que seguir existiendo como el juguete roto de esta gente.
Empecé a preparar un pequeño saco con lo poco que tenía: una muda de ropa, el mapa, un cuchillo de cocina que había “perdido” días atrás y un frasco con agua. Cada noche añadía algo más. Un poco de pan seco. Unas hierbas medicinales que robé del jardín. La determinación se fue solidificando dentro de mí como hielo.
Los días siguientes fueron un ejercicio de paciencia y de tragarme el orgullo. Sonreía cuando me ordenaban. Bajaba la cabeza cuando me insultaban. Aceptaba los empujones y las burlas sin responder. Necesitaba que bajaran la guardia. Necesitaba que creyeran que me había resignado.
Una tarde, mientras limpiaba los pasillos del segundo piso, escuché a Selena hablar con una de sus amigas.
—Ethan dice que después de la formalización deberíamos echarla de la manada —comentó con tono ligero—. Ya no tiene sentido mantener a una rechazada aquí. Solo ensucia el ambiente.
—¿Y si se muere en el bosque? —preguntó la otra.
Selena se rio.
—Entonces problema resuelto.
Me apoyé contra la pared, con el trapo apretado entre los dedos. El corazón me latía con fuerza, pero ya no era solo miedo. Era algo más oscuro. Más afilado.
Esa misma noche el cielo se cubrió de nubes pesadas. El viento empezó a aullar entre los árboles. Olía a tormenta. Perfecto.
Esperé hasta que la casa quedó en silencio. Me puse la única chaqueta que tenía, eché el saco al hombro y subí las escaleras del sótano con extremo cuidado. Cada tabla que crujía me helaba la sangre. Crucé el patio trasero evitando los puntos donde sabía que había patrullas. El viento me azotaba el rostro y las primeras gotas de lluvia empezaban a caer.
Estaba a punto de alcanzar la línea de árboles cuando una voz me detuvo.
—¿A dónde crees que vas, rechazada?
Me giré lentamente. Era uno de los guerreros de la ronda nocturna, un hombre corpulento llamado Derrick. Su expresión oscilaba entre la sorpresa y la diversión cruel.
—Vuelve a tu agujero —ordenó—. Antes de que decida informar al Alpha.
No respondí. No tenía palabras. Solo sabía que si me detenía ahora, nunca tendría otra oportunidad. El viento sopló con más fuerza. La lluvia empezó a caer con fuerza. Y yo… corrí.
Escuché su grito a mis espaldas. Escuché los pasos pesados persiguiéndome. Las ramas me azotaban la cara mientras me adentraba en el bosque. El suelo resbaladizo hacía que mis pies resbalaran. Caí una vez. Me levanté. Volví a caer. El saco se me enredó en un arbusto y tuve que abandonarlo. El cuchillo, sin embargo, lo apreté con fuerza.
Los aullidos de alerta comenzaron a resonar a lo lejos. Habían dado la alarma.
Corrí hasta que los pulmones me ardieron y las piernas amenazaron con fallarme. La lluvia caía en torrentes, empapándome hasta los huesos. El frío se me metía bajo la piel. Tropecé con una raíz y caí de bruces en el barro. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca. Me había cortado el labio.
Me arrastré hasta un árbol caído y me escondí debajo, temblando sin control. A lo lejos escuchaba voces. Ladridos. Aullidos. Me buscaban.
Apreté el cuchillo contra el pecho y cerré los ojos. El lazo, traicionero, seguía tirando hacia el sur… hacia la manada… hacia él. Hacia el hombre que me había rechazado y que ahora, probablemente, estaba furioso porque su juguete se había atrevido a escapar.
—No voy a volver —susurré entre dientes, aunque nadie pudiera oírme—. Prefiero morir aquí.
El viento aulló como respuesta. La lluvia no cesaba. Y yo, empapada, herida y completamente sola en medio de la tormenta, sentí por primera vez en mucho tiempo una extraña y amarga sensación de libertad.
Había dado el primer paso.
Ahora solo tenía que sobrevivir al resto.
