Capítulo 3 Capítulo 3

No sé cuánto tiempo permanecí escondida bajo aquel árbol caído.

La lluvia caía con una furia casi personal, como si el cielo mismo quisiera arrancarme de la tierra. El barro se me pegaba a la piel, al cabello, a la ropa. Cada ráfaga de viento hacía que las ramas crujieran sobre mí y yo contenía la respiración, temiendo que el siguiente sonido fuera el de pasos acercándose.

Los aullidos seguían resonando a lo lejos. Algunos más cerca. Otros más lejos. La manada me buscaba. Por supuesto que lo hacían. No por preocupación. No porque les importara si vivía o moría. Me buscaban porque una Omega rechazada que huía era una afrenta. Un recordatorio de que incluso la más insignificante podía decidir que ya había tenido suficiente.

Apreté el cuchillo contra el pecho hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El metal frío era lo único real en medio de aquella tormenta. El lazo con Ethan seguía allí, tirando con insistencia hacia el sur, hacia la manada, hacia él. Cada tirón era un recordatorio cruel de lo que me habían hecho. De lo que me habían negado.

—Suéltame —susurré entre dientes, aunque sabía que nadie podía oírme—. Suéltame de una vez.

El viento respondió con un aullido más fuerte. La lluvia arreciaba. Y yo supe que no podía quedarme allí para siempre. Tarde o temprano me encontrarían. Tarde o temprano Derrick u otro guerrero seguiría mi rastro aunque el agua hubiera borrado gran parte de él.

Me arrastré fuera del refugio improvisado. El frío me golpeó con más fuerza en cuanto abandoné la protección del tronco. Mis dientes castañeteaban. Las piernas me temblaban. El corte del labio seguía sangrando y el sabor a metal llenaba mi boca cada vez que tragaba.

Empecé a caminar.

No corría. Ya no me quedaban fuerzas para correr. Avanzaba a trompicones entre los árboles, guiándome más por instinto que por el mapa que había perdido junto con el saco. El bosque era un laberinto oscuro y hostil. Las raíces parecían levantarse a propósito para hacerme caer. Las ramas bajas me azotaban el rostro. En más de una ocasión resbalé y caí de rodillas, clavándome piedras y ramas en las palmas de las manos.

En algún momento escuché voces cerca.

—¡Por aquí! ¡El rastro se dirige al norte!

Me tiré al suelo de inmediato, ocultándome tras un matorral denso. El corazón me latía con tanta fuerza que estaba segura de que podrían oírlo. Dos guerreros pasaron a pocos metros de mí. Uno de ellos era Derrick. El otro, un hombre más joven cuyo nombre nunca me había molestado en aprender.

—Maldita basura —gruñó Derrick—. Cuando la encuentre le voy a enseñar lo que le pasa a las que intentan escapar.

—El Alpha está furioso —respondió el otro—. Dice que si la traemos de vuelta la va a hacer pagar frente a toda la manada.

Se alejaron. Esperé hasta que sus pasos se perdieron por completo antes de volver a ponerme en pie. El miedo me recorrió la espalda como un escalofrío distinto al del frío. No volvía. Prefería que me encontraran muerta antes que regresar a ese lugar.

Seguí avanzando.

El tiempo se volvió difuso. Solo existía el siguiente paso. Y el siguiente. Y el siguiente. La lluvia no cesaba. El viento me empujaba como si quisiera derribarme. En un momento dado tropecé con una pendiente resbaladiza y caí rodando varios metros. El golpe me dejó sin aire. Sentí algo caliente y húmedo en la frente. Cuando me toqué los dedos salieron manchados de sangre.

Me quedé allí, tirada en el barro, mirando el cielo oscuro a través del dosel de los árboles. Por un instante absurdo pensé en rendirme. En quedarme quieta hasta que el frío o el cansancio hicieran el resto. Sería más fácil. Más rápido. Nadie me lloraría. Nadie notaría realmente mi ausencia más allá del enfado por haberles complicado la noche.

Pero entonces recordé la sonrisa de Selena. Recordé la mirada de asco de Ethan. Recordé cada empujón, cada insulto, cada momento en que me habían hecho sentir que no merecía ni el aire que respiraba.

Me levante.

Me levanté porque odiaba la idea de darles la satisfacción de que me había roto del todo. Me levanté porque, aunque el mundo me hubiera enseñado que no valía nada, una parte minúscula y terca de mí se negaba a morir de rodillas.

No sé cuántas horas pasaron. Solo sé que en algún momento la lluvia comenzó a amainar y el cielo empezó a aclararse débilmente hacia el este. El bosque se abría poco a poco. Los árboles se espaciaban. Y entonces, sin previo aviso, el terreno cambió.

Llegué a un claro pequeño y rocoso. En el centro había una piedra grande, casi plana, cubierta de musgo. El lugar tenía un aire antiguo. Sagrado, incluso. El tipo de sitio donde las historias viejas decían que la Luna escuchaba con más claridad.

Mis piernas finalmente cedieron. Caí de rodillas frente a la piedra y luego me desplomé de lado, temblando sin control. Estaba empapada, herida, exhausta y más sola de lo que había estado en toda mi vida. El lazo con Ethan seguía allí, débil pero presente, como una cadena oxidada que se negaba a romperse del todo.

Las lágrimas llegaron sin permiso.

Al principio fueron silenciosas. Después se convirtieron en sollozos ahogados que me sacudían el pecho. Lloré por la niña que había sido. Por la esperanza estúpida que había guardado hasta la noche de la ceremonia. Por cada vez que había bajado la cabeza y aceptado el desprecio como si fuera lo único que merecía.

—¿Por qué? —susurré hacia el cielo, donde la luna todavía se asomaba entre nubes rotas—. ¿Por qué yo? ¿Qué hice para merecer esto?

No esperaba respuesta. Nunca la había recibido antes. Pero esa noche, rota y abandonada en medio de la nada, algo dentro de mí se atrevió a pedir.

—Solo… solo quiero una oportunidad —dije con la voz hecha trizas—. Una sola. De ser amada. De no ser una carga. De no tener que pedir perdón por existir. Por favor…

Mi voz se quebró. Me enroscué sobre mí misma, abrazándome las rodillas, y dejé que el agotamiento me arrastrara. El frío ya no dolía tanto. El dolor de las heridas se volvía lejano. Pensé, con una extraña calma, que quizás así era como se sentía rendirse de verdad.

Entonces lo sentí.

No fue el lazo viejo. Ese seguía allí, apagado y dolorido. Esto era distinto. Más fuerte. Más profundo. Como si alguien hubiera tomado mi alma entre manos enormes y la hubiera envuelto con un calor que no conocía. Un tirón poderoso, antiguo, que venía de muy lejos… del norte.

Abrí los ojos de golpe.

El claro parecía diferente. La luz de la luna se filtraba de una forma más intensa, bañando la piedra frente a mí con un brillo plateado. El aire olía a algo limpio y salvaje. Y en el centro de mi pecho, donde antes solo había un vacío roto, ahora latía una presencia nueva.

No era Ethan.

Era… otra cosa.

Más grande. Más antigua. Más intensa.

Una voz —no escuchada con los oídos, sino sentida en lo más profundo— susurró dentro de mí:

Te he escuchado, hija mía.

Me quedé paralizada. El corazón me golpeaba las costillas.

El lazo que te fue negado no era tu final. Te concedo una segunda oportunidad. Un compañero que no te rechazará. Uno que te protegerá incluso de ti misma.

El calor en mi pecho se intensificó. El nuevo lazo se asentó con una fuerza que me dejó sin aliento. Por un instante vi —o creí ver— ojos dorados oscuros, casi ámbar, mirándome desde la distancia. Una presencia imponente. Poderosa. Posesiva.

Él te encontrará —continuó la voz—. Y cuando lo haga… ya nada volverá a ser igual.

La presencia se desvaneció tan rápido como había llegado. El claro volvió a ser solo un claro. La luna, solo la luna. Pero el lazo nuevo seguía allí. Firme. Inquebrantable. Tirando hacia el norte con una insistencia que no admitía discusión.

Me toqué el pecho con mano temblorosa. Las lágrimas volvieron, pero esta vez eran distintas. Ya no eran solo de dolor. Había algo más. Algo que se parecía peligrosamente a la esperanza… y al miedo.

Porque si la Diosa había dicho la verdad, entonces alguien me estaba buscando.

Alguien que, según sus palabras, no me rechazaría.

Y yo ya no sabía si todavía era capaz de creer en eso.

Me arrastré hasta apoyar la espalda en la piedra cubierta de musgo. El agotamiento finalmente me venció. Mientras mis ojos se cerraban, el nuevo lazo latía con fuerza constante, como un faro lejano.

En algún lugar, muy lejos de allí, alguien acababa de sentir lo mismo que yo.

Y por primera vez en mucho tiempo, el destino había dejado de ser solo una condena.

Se había convertido en una promesa.

Una promesa que, aunque yo todavía no lo sabía, cambiaría absolutamente todo.

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