Capítulo 2 Capitulo 2

—Escuchad.

Alaric no alzó la voz. No le hizo falta. El salón ya estaba inclinado hacia su boca, y una orden dicha en ese tono —el de los tratados, no el de los amantes— viaja más lejos que un grito.

Isadora seguía con la mano dentro de la suya. Abierta. Exhibida. El calor de la palma le llegaba todavía, obsceno, como si el cuerpo no hubiera entendido lo que el iris ya había retirado. Quiso soltarse. Los dedos no le obedecieron a la primera. Él tampoco apretó. La sostenía lo justo para que nadie pudiera decir, al día siguiente, que la había empujado.

—Durante meses —dijo el rey— esta corte ha hablado de un pacto. De una frontera. De una mujer.

El violín había muerto. En su lugar quedó el roce de las sedas, el crujido mínimo de un abanico que alguien no se atrevía a cerrar del todo. Isadora oyó, a su espalda, la respiración de su tía. Corta. Ya culpable.

Alaric volvió la cara hacia ella. De cerca, la luz de las arañas le doraba la boca y le dejaba los ojos en sombra.

—Isadora Calder ha cumplido lo que su casa prometió. Vino. Bailó. Olió a lo que mi cámara eligió para ella. —Una pausa. El pulgar, todavía, en el monte de su palma. Un gesto que cualquier mujer habría confundido con ternura si no le estuviera mirando la decisión en la cara—. Y la luna, esta noche, no ha dicho su nombre junto al mío.

Un murmullo. No de asombro. De alivio mal disimulado en unas gargantas, de hambre en otras. Isadora sintió el sonido en la nuca, como un insecto.

—Eso no es cierto —dijo.

Le salió bajo. Firme. No había pensado decirlo. La frase se le adelantó al orgullo, o el orgullo se le adelantó al miedo. Alaric arqueó apenas una ceja. No era sorpresa. Era la cortesía de quien permite un último movimiento antes de cerrar la trampa.

—¿No?

—No me has dado tiempo de sentirla. —La garganta le ardía. Azahar y cera. El dulzor de la sala se le había vuelto espeso, casi podrido—. Me has tenido la cintura en medio de todos y me has hablado al oído como si ya supieras el final. La marca no responde a un veredicto. Responde a una mano que se queda.

Alguien rió. Una sola nota, femenina, pronto tragada. Isadora no giró la cabeza. Si giraba, vería la sonrisa, y la sonrisa iba a poder más que el discurso.

Alaric le soltó la mano.

El frío llegó enseguida. No el del salón: el de la piel que acaba de perder un contacto y se niega a admitir que lo echa de menos. A Isadora le quedó la palma abierta en el aire, ridícula, hasta que la bajó. El vestido le pesó de golpe en los hombros. El bordado de oro le raspó el hueso.

—La marca —dijo él, y ahora sí habló para la sala— no se negocia en un baile. No se suplica. No se finge con un pacto firmado al mediodía por un padre que quiere cerrar un camino. —La miró otra vez. Más despacio. Como se mira una copa antes de decidir si el vino se ha picado—. Yo no he sentido nada que me obligue a arrodillar una corona delante de ti.

La frase entró limpia. Sin grito. Por eso dolió mejor.

Isadora notó el calor subiéndole del pecho a la cara, esa vergüenza física que no pide permiso y se instala en las mejillas, en el nacimiento del escote, donde cualquiera podía leerla. Quiso que la rabia llegara primero. La rabia tarda más que el sonrojo. Entre una y otra quedó el recuerdo indecente de su muslo contra la falda, de la palma abierta en la columna, del modo en que su nombre —Isadora, sin casa, sin tratado— le había aflojado las rodillas hacía apenas un puñado de minutos.

Él lo sabía. Tenía que saberlo. Un rey no pone la boca tan cerca de una oreja si no está midiendo el temblor.

—Si no sientes nada —dijo ella—, ¿por qué me has traído al centro? Podías haber rechazado el pacto en una carta. Podías haber dejado que mi casa se enterara de rodillas, en un despacho, sin música. —Tragó. La voz no se le rompió. Le salió más baja, y eso fue peor, porque sonó a alcoba—. Me has hecho oler tu invierno delante de todos. Eso no es ausencia. Eso es crueldad con testigos.

El silencio cambió de calidad. Ya no era espera. Era escándalo contenido, esa delicia secreta de las cortes cuando una mujer dice en voz alta lo que ellas solo murmuran en los corredores.

Alaric dio un paso. Uno solo. La distancia se volvió íntima otra vez, y el cuerpo de Isadora —traidor, todavía caliente donde él la había tocado— no supo si retroceder o cerrarse. No hizo ninguna de las dos cosas. Se quedó. El aire entre los dos olía a cuero y a la sal fina del nervio.

—Porque debían verte —dijo, y solo ella alcanzó el filo entero de la frase—. Debían ver que te toqué y que no bastó. Que no eres mi pareja. Que no vas a ser mi reina. Que la frontera del norte puede cerrarse de otro modo, sin que yo tenga que despertarme el resto de mi vida con tu duda en la cama.

A Isadora se le cortó el aire.

No por la política. La política la había ensayado. Por la cama. Por la imagen que él acababa de poner en la sala y luego le había arrancado de las manos: ella, el alba, la duda, el peso de un hombre que jamás iba a quedarse lo suficiente para que la marca hablara. Sintió un vacío bajo el ombligo, físico, humillante. Deseo que no había tenido tiempo de ser deseo y ya era pérdida.

—Míralos —añadió Alaric, sin volverse—. Ya están eligiendo el relato. Dentro de una hora serás la ambiciosa que confundió un tratado con un destino. Dentro de un día, la mujer a la que el rey probó en la pista y devolvió. —La boca se le tensó. Casi dolor. Casi nada—. Yo no voy a corregirlos.

—No te lo he pedido.

—Me lo estás pidiendo con las rodillas. Te tiemblan.

Era verdad. Le temblaban. No iba a dárselo.

Isadora enderezó la espalda hasta que el vestido protestó en las costuras. El salón le ardía en la piel desnuda. Cada mirada era un dedo. Pensó, con una claridad que le dio náusea, en el hermano que el linaje no nombraba. No era un pensamiento noble. Era un lugar donde poner la rabia para que no se le cayera delante del rey. Ceniza. La frontera borrada. El hombre sin corona del que las nodrizas hablaban bajito, como de una enfermedad que la casa real había decidido no tener. Si Alaric podía rechazarla en el centro de su propia luz, alguien, en alguna oscuridad, iba a tener que recibir lo que el trono escupía.

No lo dijo. Decirlo habría sido mendigar otro apellido.

—Entonces termina —susurró—. Si ya has elegido el relato, no me dejes de pie en medio de tu pista como un ejemplo. Di la palabra. O déjame cruzar esa puerta con lo que me queda de nombre.

Alaric la miró la boca. Un segundo de más. Isadora sintió ese segundo en el labio inferior, como un contacto que no ocurrió y por eso iba a dolerle más tiempo. Él podía haberla besado ahí. Delante de todos. Habría sido otra forma de destruirla, más dulce, más difícil de contar. No lo hizo. La misericordia de un rey a veces consiste en no tocar lo que ya ha decidido romper.

Se apartó.

La ausencia de su cuerpo dejó un hueco frío en el centro del salón. Isadora se quedó sola sobre el mármol, con el carmín del vestido demasiado vivo y las manos a los lados, inútiles. La orquesta no se atrevió a resucitar. Nadie se atrevió a acercarse. Hasta su tía, a quien el pacto le había iluminado la cara durante meses, permaneció a media distancia, calculando ya el coste de dar un paso.

Alaric habló sin mirarla.

—La casa Calder será recibida al amanecer. No esta noche. Esta noche la señorita ha bailado bastante. —Hizo una seña mínima. Dos guardias se separaron de la columna. No la tocaron. Se colocaron a una distancia que era, en sí misma, una orden—. Acompañadla a sus habitaciones. Que no reciba a nadie. Que no escriba. Que no salga.

Isadora entendió antes que la sala.

No era todavía el destierro. Era la antesala. La noche cerrada con llave, para que el amanecer pudiera hacer el trabajo sucio con la corte ya alimentada. Le tembló un párpado. Solo uno. Lo dominó.

Pasó junto a él de camino a la puerta. No le rozó la manga. El olor a invierno la alcanzó igual, íntimo, injusto. Alaric no giró la cabeza. Pero ella vio, en el reflejo de una copa abandonada, que los ojos se le habían cerrado un instante. Como duele un hombre que necesita que su crueldad parezca limpia.

En el umbral, la voz de una dama —joven, feliz, imposible de identificar— cruzó el aire justo a la altura de su oído:

—Dicen que el borrado todavía recibe lo que el rey no quiere en su cama.

Isadora no se volvió.

Siguió caminando, con los guardias a la espalda y el vestido pesándole en los tobillos, mientras el salón, por fin, soltaba el aire que había estado conteniendo toda la noche. Detrás de ella, la música no volvió. Volvió la risa. Baja. Educada. Eterna.

Y en la palma, donde la mano de Alaric había estado abierta, le quedó un calor que ya no significaba promesa. Significaba que iba a recordar exactamente cómo se sintió ser tocada por el hombre que había elegido no quedarse.4

Capítulo anterior
Siguiente capítulo