Capítulo 3 Capitulo 3
La habitación olía todavía al vestido. Carmín, calor de cuerpo, el azahar que la cámara del rey le había puesto en el cuello como si el perfume pudiera adelantar un destino. Isadora no se lo quitó al entrar. Se quedó de pie junto a la cama, con los guardias al otro lado de la puerta y las manos colgando, mientras el salón —la risa, la copa, la palma abierta— seguía ocurriendo en alguna parte de su piel.
No lloró.
El llanto habría sido un alivio, y no pensaba regalarle alivio a una noche que ya le había cobrado el nombre. Se miró las palmas. En una quedaba el fantasma de los dedos de Alaric, un calor absurdo, ya sin significado. Se las frotó contra la seda del vestido hasta que la tela protestó. No sirvió. El cuerpo guarda peor que la memoria. El cuerpo no entiende de decretos.
Llamaron una vez. La voz de su tía, baja, urgente, pegada a la madera.
—Isadora. Abre. Podemos todavía escribir. Tu padre no sabe lo que se ha dicho en la pista. Si llegamos antes que el rumor…
—No van a dejaros entrar.
—Entonces habla conmigo. Dime qué te ha prometido al oído. Un rey no expone a una Calder para devolverla intacta. Algo quiere. Siempre quieren algo.
Isadora apoyó la frente en el poste de la cama. La madera estaba fría. La voz de su tía olía, incluso a través de la puerta, a la misma ambición que la había vestido de carmín.
—Quería que me vieran —dijo—. Ya me han visto. Id a dormir.
—No seas niña.
—Esta noche no soy nada que podáis usar. Aprovechadlo.
Silencio. Luego pasos que se alejaban, rápidos, ofendidos. Isadora soltó el aire que no sabía que estaba sosteniendo. Le temblaban los muslos. No de miedo. De la pieza de baile que el cuerpo aún no había terminado: el giro, el muslo de él bajo la tela negra, la mano abierta en la columna. Se odió por recordarlo con esa precisión. Se odió más porque, si cerraba los ojos, la boca de Alaric seguía a la altura de su oído, diciéndole que olía a mujer que todavía cree que van a salvarla.
Se sentó en el borde de la cama sin desvestirse. El bordado le raspaba el hombro. Afuera, el palacio no dormía. Oía puertas, un cubo, la risa de alguien que no tenía nada que perder en aquella sala. La frase de la dama le volvió sin pedir permiso. El borrado. Lo que el rey no quiere en su cama. Isadora apretó los dedos contra la colcha hasta que le dolieron. No iba a convertir esa frase en esperanza. La esperanza, dicha demasiado pronto, se parece a la mendicidad.
No durmió. Veló el cambio de la luz en la rendija del postigo, de oro sucio a gris. Cuando tocaron de nuevo, ya no era su tía.
—Señorita Calder. El rey os recibe.
La antecámara del alba no tenía orquesta. Tenía una mesa larga, tres consejeros que no levantaron la vista, y a Alaric de pie junto a la ventana, ya con la chaqueta cerrada, ya sin nada en la boca que pudiera confundirse con una noche. La luz le daba de lado. Parecía más joven y más definitivo. Isadora entró sin que nadie le indicara dónde detenerse. Se detuvo a una distancia que no era súplica.
Su padre estaba allí. No lo había oído llegar. Tenía la cara de los hombres que han pasado la noche ensayando una dignidad que ya no les sirve. No la miró. Miró al rey, y en esa elección Isadora entendió que la casa Calder había empezado a soltarla antes de que el decreto lo pidiera.
—Acercaos —dijo Alaric.
Ella no se movió.
Uno de los consejeros carraspeó. El rey no repitió la orden. Cruzó la estancia. El olor a invierno llegó antes que él, limpio, injusto, el mismo de la pista. Isadora sintió el pulso en la garganta. No era marca. Era rabia con forma de cuerpo.
—Anoche hablaste delante de mi corte —dijo él—. Hoy vas a escuchar delante de la tuya.
—Mi casa no está entera en esta sala. Mi tía se quedó detrás de una puerta que tus hombres no abrieron.
—Tu casa está donde yo digo que está.
El padre de Isadora hizo un gesto mínimo, un ruego mudo para que callara. Ella no lo recogió. Alaric se detuvo a un paso. Demasiado cerca para un decreto. Demasiado lejos para la mano que anoche le había contado la columna.
—El pacto Calder queda disuelto —dijo—. No por falta de firma. Por falta de vínculo. No sois mi pareja. No seréis presentada como reina. No dormiréis bajo este techo otra noche.
La palabra no seréis le golpeó más bajo que el rechazo. El futuro, dicho en negativo, tiene filo.
—¿Y la frontera del norte? —preguntó ella—. Anoche os importaba lo bastante para ponerme en el centro.
—Se cerrará sin vos. Hay otros modos. Más limpios.
—Más cobardes.
El consejero de la izquierda levantó la cabeza. Alaric no. La miraba la boca otra vez, y ese hábito —ese segundo de más— le encendió a Isadora un calor malo en el pecho. Deseo residual. Vergüenza de desear todavía la atención del hombre que estaba borrándola con frases de cancillería.
—Podría haceros quedar —dijo él, tan bajo que los consejeros tuvieron que inclinarse para no oír—. En un ala. Sin título. Sin baile. Una mujer a la que la corte ya ha entendido. Algunos reyes llaman a eso misericordia.
A Isadora se le secó la lengua. La imagen llegó entera: pasillos, una puerta que no se cierra del todo, la mano de él en la cintura cuando ya nadie mira, el nombre dicho sin casa y sin promesa. El cuerpo, estúpido, respondió con un latigazo bajo el ombligo. La mente lo rechazó con una nitidez que le salvó la voz.
—Eso no es misericordia. Es dejarme viva para que vuestra sala no se aburra. —Le sostuvo la mirada—. No voy a ser el ejemplo que visitáis cuando la corona pesa.
Algo cruzó la cara de Alaric. No arrepentimiento. Reconocimiento. Como si hubiera esperado la negativa y aun así le doliera oírla en esa voz, ronca de no haber dormido.
Se apartó. Hizo una seña. Un pergamino apareció sobre la mesa, ya escrito. No improvisaban. La noche cerrada con llave había servido para secar la tinta.
—Isadora Calder queda fuera de la protección del trono —leyó el consejero, sin adornos—. Cruzará la frontera sur antes de la puesta de sol. No llevará escolta real. No escribirá a esta corte. Si vuelve a ser hallada en tierras de la corona, será tratada como intrusa, no como huésped.
El sur. No el norte que el pacto debía cerrar. El sur, donde el mapa de las nodrizas se quedaba en blanco y el linaje pretendía no tener hermano.
El padre de Isadora habló por fin.
—Majestad, la casa puede recibirla. No es necesario empujarla a un camino sin nombre.
—La casa la entregó a mi pista —dijo Alaric—. La casa puede aprender lo que cuesta una ambición mal medida. Si la acogéis hoy, acogéis también mi desagrado.
Nadie discutió. Isadora oyó el silencio de su padre como se oye una puerta. Se le aflojó algo detrás de las costillas, no el amor —nunca había tenido de eso en abundancia—, sino la última idea infantil de que alguien, en aquella sala, iba a ponerse entre el decreto y su cuerpo.
Alaric no la miró al terminar. Miró la ventana, el día ya claro, el reino que seguía en su sitio.
—Dadle un caballo y agua. Nada que lleve mi sello. —Una pausa, mínima—. Y quitadle el vestido de anoche. No va a cruzar mi frontera disfrazada de promesa.
Isadora sintió la orden en la piel desnuda de la espalda, donde la mano de él había estado. El carmín iba a quedar en el suelo de una antecámara, como una piel mudada. No iba a darles el gusto de pedir conservarlo.
Inclinó la cabeza. No ante él. Ante el hecho.
—Antes del anochecer estaré fuera —dijo—. No porque me hayáis convencido. Porque no pienso pasar otra noche oliendo vuestra cera.
Se volvió. En el umbral, la voz de Alaric la alcanzó sin título y sin testigos suficientes. Baja. Casi cansada.
—Isadora.
Ella se detuvo. No se giró.
—No busquéis en el sur lo que yo no os di. Allí no hay corona. Hay un hombre que cobra en otra moneda.
Por primera vez desde la pista, a Isadora se le escapó algo parecido a una sonrisa. No llegó a la boca. Se quedó en el aliento.
—Entonces —dijo— quizá allí alguien sepa quedarse con lo que toca.
Salió antes de que él pudiera contestar. El pasillo olía a piedra fría y a día nuevo. Detrás, el pergamino seguía sobre la mesa, secándose, con su nombre ya escrito del lado de los que no vuelven.
