Capítulo 4 Capitulo 4
Le quitaron el vestido en una antecámara sin fuego. Dos mujeres que no levantaron la vista, las manos prácticas, el carmín cayendo alrededor de los tobillos como si la noche pudiera desprenderse de un tirón. Isadora no se cubrió. El pudor, a esas horas, era un lujo de quien todavía espera ser mirada con intención. El aire le puso la piel de gallina en la espalda, justo en el trecho que Alaric había ocupado con la palma. Una de las mujeres dejó ahí los dedos un segundo de más, desabrochando un broche. No fue caricia. Fue inventario.
—El caballo está en la poterna —dijo—. Agua en el arzón. Pan. Nada con sello.
—¿Y mi padre?
La mujer se agachó a recoger la seda. No contestó. La respuesta iba en el silencio, y el silencio olía a lana recién sacada de un arcón: el vestido gris que le pusieron encima, áspero, de viaje, cerrado hasta la garganta. Isadora metió los brazos en las mangas y sintió el roce como una segunda piel que no le pertenecía. Cuando le calzaron las botas, el cuero le apretó el empeine. Agradeció el dolor pequeño. Servía para no pensar en la risa del salón.
Nadie la acompañó hasta la puerta. Los guardias se quedaron en el umbral de la poterna, como si cruzar con ella un palmo más los manchara. El caballo era manso, oscuro, sin gualdrapa. Isadora montó sola. Las riendas le olían a sudor seco y a hierba. A su espalda, el palacio empezaba a dorarse con el día, indiferente, bello. No se volvió. Si se volvía, iba a buscar una ventana, y en esa ventana —lo supo con una certeza que le dio náusea— Alaric no iba a estar.
El camino del sur olía a polvo y a romero caliente. A media mañana el sol le pegó en la nuca, allí donde el azahar todavía insistía, dulce, obsceno, un resto de la cámara real que el viento no se llevaba. Bebió poco. El agua sabía a odre. El pan, a nada. Cada legua le devolvía un fragmento de la pista: el pulgar en la palma, la frase sobre la cama, el segundo en que él le había mirado la boca y no la había besado. El cuerpo, ingrato, guardaba el casi con más fidelidad que el rechazo. Apretó los muslos contra la silla hasta que le dolió. No era castigo. Era un modo de decirle a la piel que el rey ya no estaba.
Pasó dos aldeas sin detenerse. En la segunda, una mujer levantó la cabeza del pozo y la bajó enseguida, como se baja la vista ante una carta que no se quiere leer. Isadora entendió que el relato había cabalgado más rápido que ella. La ambiciosa. La devuelta. La que el rey probó en la pista. El sonrojo le subió igual, inútil, bajo el sol. Nadie iba a verlo. Por eso pudo permitírselo.
Al mediodía el camino se estrechó entre colinas pálidas. Las piedras de la frontera no tenían estandarte. Eran solo eso: piedras, una línea de cal y un silencio distinto, más seco. Isadora frenó. El caballo movió las orejas. Delante, el aire olía a ceniza fría y a salvia, no a cera. Detrás quedaba un reino que la había nombrado intrusa antes de que terminara de salir.
—No es un buen lugar para dudar.
La voz llegó de la izquierda, entre los romeros. Isadora no se sobresaltó. El cuerpo ya no tenía sobresaltos disponibles. Giró la cara despacio. Eran tres. No llevaban el lobo del rey. Llevaban cuero oscuro, polvo en las botas y la paciencia de quien espera hace rato. El que había hablado era joven, con una cicatriz fina en el labio. No sonreía.
—La frontera está abierta —dijo ella—. O lo estaba al amanecer.
—Abierta para los que el trono escupe. Cerrada para los que creen que pueden cruzarla solos. —Hizo un gesto con la barbilla hacia el odre—. Bajad.
—No.
El segundo hombre se acercó al freno del caballo. No lo tomó. Lo miró, y el animal, traidor, se quedó quieto. Isadora sintió el pulso en las muñecas.
—No vengo a pedir hospitalidad. Vengo porque me han quitado el techo. Si vuestro señor cobra peaje, que lo diga. No pienso negociarlo con la mano de un desconocido en mi rienda.
El de la cicatriz ladeó la cabeza. Por un instante se pareció a la corte: esa atención que pesa más que un contacto.
—Nuestro señor no cobra peaje a las rechazadas del rey. Las cuenta. —Una pausa—. Y hoy le han avisado de que una venía en caballo manso, con vestido gris y olor a palacio. Bajad, señorita Calder. Si os resistís, el caballo llega igual. Vos llegáis peor.
El apellido en boca ajena le cerró la garganta. No era amenaza de cama. Era peor: ya sabían quién era antes de que el polvo del camino terminara de posarse. Isadora miró el sur, las colinas sin corona, el cielo demasiado claro para un destierro. Pensó en la frase de Alaric. Allí no hay corona. Hay un hombre que cobra en otra moneda. Pensó en volver. No había vuelta. El pergamino se estaba secando en una mesa que ya no la nombraba huésped.
Desmontó.
El suelo estaba caliente a través de las botas. Uno de los hombres tomó el caballo. El otro no la tocó. Se limitó a ponerse a su espalda, a una distancia que era, otra vez, una orden. Isadora echó a andar porque quedarse quieta habría parecido ruego. El romero le rozó la manga. Olía limpio, agrio, vivo. Nada que ver con el azahar.
Caminaron poco. Detrás de la loma había un puesto de piedra baja, un estandarte sin bordar —tela oscura, ninguna bestia— y más hombres de los que una frontera olvidada debería tener. No la llevaron a una celda. La llevaron a la sombra de un porche donde el aire era más fresco y el silencio tenía dueño. Isadora lo notó antes de verlo: la manera en que los tres se quedaron a media distancia, como anoche los guardias del rey, solo que aquí la obediencia no olía a cera. Olía a alguien que no necesita alzar la voz.
Él estaba sentado en el murete, no en una silla. Sin corona. La camisa abierta en el cuello, el pelo negro desordenado por el viento, una mano colgando entre las rodillas con la calma de quien lleva horas sin tener prisa. No se parecía a Alaric. Se parecía al lugar donde Alaric habría sido si nadie lo hubiera pulido. Más ancho de hombros. La boca menos precisa. Los ojos, cuando los levantó, de un castaño que no pedía luz de araña para verse.
La miró el vestido gris. Luego la garganta, donde el perfume del rey insistía. Luego la cara.
Isadora sintió ese recorrido en la piel, lento, sin la prisa de la pista. No era deseo. Todavía no. Era tasación. Y la tasación, hecha por un hombre que no tiene que devolverla a nadie, le encendió en el vientre un calor distinto del sonrojo: alerta, rabia, una curiosidad que se negó a nombrar.
—Isadora Calder —dijo él. La voz era más baja que la de su hermano, y no se parecía en nada a un decreto—. El rey os ha escupido antes del anochecer. Puntual. Siempre lo fue para lo que no quiere guardar.
Ella no inclinó la cabeza.
—Y vos debéis de ser el que cobra en otra moneda.
Una sombra de algo —no sonrisa— le tocó la boca.
—Kael Veyne. El que vuestro mapa no escribe. —Se levantó. No se acercó del todo. Lo justo para que ella oliera polvo, salvia y piel caliente de sol—. No sois huésped. No sois libre. Sois la prueba de que mi hermano sigue creyendo que lo que tira al sur deja de existir. —La miró la mano, la que anoche había estado abierta en la del rey, como si pudiera ver el calor que ya no estaba—. Entrad. Antes de que el palacio se arrepienta y mande a alguien a recoger lo que ha tirado. Yo no devuelvo lo que cruza.
Isadora no se movió. El corazón le golpeaba en el sitio exacto donde el vestido gris le apretaba. Detrás quedaba un reino. Delante, un hombre sin corona y con la paciencia ya puesta en la cara.
—Si entro —dijo—, no va a ser porque me hayáis salvado.
Kael sostuvo su mirada. El viento le movió un mechón sobre la frente. No lo apartó.
—Me alegro. Las salvadas piden cama y perdón. Vosotras, las escupidas, todavía tenéis dientes. —Se hizo a un lado. El porche quedó abierto, fresco, peligroso—. Entrad igual.
