Capítulo 5 Capitulo 5
Lo que no se devuelve
El porche olía a madera caliente y a salvia. Isadora cruzó el umbral porque quedarse fuera, con tres hombres a la espalda y el sol ya bajo, habría sido otra forma de pedir. Kael no la tocó al pasar. Se limitó a seguirla con la mirada, esa atención lenta que no se parecía a la de la pista. Allí Alaric la había medido para devolverla. Aquí el hombre sin corona la medía para quedársela.
El interior era más fresco. Piedra, una mesa larga, un jarro de agua que alguien había dejado al alcance. No había oro en las paredes. Había mapas clavados con clavos, un manto oscuro sobre una silla y el olor limpio de un lugar que se usa de verdad. Isadora se detuvo en el centro. El vestido gris le pesaba en los hombros. El polvo del camino le picaba en la garganta.
—Bebe —dijo Kael.
No era una invitación. Ella miró el jarro. Tenía sed. También tenía el orgullo todavía caliente de la antecámara del rey, donde había dicho que no pensaba oler más cera ajena. Tomó el jarro con las dos manos. El barro estaba frío. El agua, más. Le bajó por el pecho como un alivio indecente. Cuando dejó el jarro, Kael seguía mirándole la boca.
—No soy tu prisionera de guerra —dijo ella—. No hay guerra. Hay un decreto y un camino.
—Hay un hermano que cree que lo que tira al sur deja de existir. —Kael se apoyó en el borde de la mesa. La camisa se le abrió un poco más en el cuello. Piel tostada, una línea de polvo en la clavícula—. Tú existes. Por eso estás aquí. Siéntate o quédate de pie. Me da igual. Pero no vas a salir de esta casa hasta que yo diga que el camino es seguro. Y el camino no va a ser seguro mientras Alaric pueda arrepentirse en voz alta.
Isadora no se sentó. El cuerpo le pedía una silla y la cabeza se lo negó. Sentarse era aceptar el techo. Quedarse de pie era fingir que todavía podía elegir el polvo.
—Me quitó el sello. Me quitó la casa. Si vuelvo, soy intrusa. No tiene por qué arrepentirse.
—Los reyes se arrepienten cuando lo que escupieron empieza a oler a otra cama. —La frase cayó sin énfasis. Kael no sonrió—. No te he puesto la mano encima. Todavía. Pero él lo va a imaginar igual. Y cuando lo imagine, va a querer comprobar que sigues oliendo a su azahar.
El calor le subió a Isadora por el cuello. No era sonrojo de corte. Era el recuerdo exacto de la palma de Alaric en la columna, el segundo en que la boca había estado a la altura de su oído y no había besado. Ese casi le ardía más que el rechazo. Lo odió por seguir doliendo aquí, delante de otro hombre, en una casa sin arañas.
—No hables de su cama como si la conocieras.
—No la conozco. Conozco lo que hace con las cosas que no puede guardar. Las nombra delante de todos y después las manda al sur para no tener que mirarlas de día. —Kael se enderezó. Dio un paso. Solo uno. El aire entre los dos se estrechó. Olía a salvia y a sol, no a invierno—. Tú todavía llevas su perfume en la garganta. Puedo olerlo desde aquí. Si quieres quedarte en esta casa sin que mis hombres te miren como a un resto del palacio, vas a lavarte. Agua caliente. Ropa que no haya pasado por sus manos. Y vas a dormir donde yo diga.
Isadora apretó los dedos contra la falda gris. La tela áspera le raspó las palmas. Quiso decir que no iba a obedecer a otro Veyne. La frase se le quedó a medio camino porque el cuerpo, traidor, ya estaba calculando el peso del polvo, el picor del sudor bajo el vestido, el alivio de quitarse el último resto de cera. No era rendición. Era asco de seguir oliendo a la noche que la había nombrado nada.
—Si me lavo —dijo—, no es porque me lo ordenes. Es porque no pienso llevarlo encima ni una hora más.
Kael inclinó apenas la cabeza. El gesto no era cortesía. Era reconocimiento.
—Me da igual el motivo. El resultado es el mismo. —Hizo una seña hacia el fondo del pasillo. Una mujer mayor apareció en el umbral, con un lienzo doblado sobre el brazo y la cara de quien ha visto llegar otras rechazadas y ya no pregunta—. Mara te llevará. No cierres la puerta del todo. En esta casa las puertas que se cierran solas se abren desde fuera.
Isadora lo miró. Él sostuvo la mirada sin prisa. No había hambre todavía en sus ojos. Había paciencia, y la paciencia, puesta en un hombre que acababa de decir que no devolvía lo que cruzaba, le encendió bajo el ombligo una alerta que se negó a llamar deseo. Se parecía demasiado a la forma en que Alaric la había mirado antes de retirar la mano. Solo que este no parecía dispuesto a retirar nada.
—No soy un ejemplo para tu frontera —dijo ella, baja—. Si me quedo, no va a ser para que tus hombres aprendan lo que el rey hace con las mujeres que no le sirven.
—Mis hombres ya lo saben. —Kael dio otro paso. Ahora el calor de su cuerpo le llegaba a la manga. No la tocó. El no tocarla fue peor, porque el espacio entre su mano y su codo se volvió un lugar que ella podía sentir—. Tú no estás aquí para enseñarles nada. Estás aquí porque si te dejo seguir camino, dentro de dos días alguien del palacio te encuentra en una posada y te devuelve envuelta en una disculpa que no te van a dejar rechazar. Prefiero tenerte donde pueda ver quién viene a buscarte.
La verdad de la frase le cerró la garganta. No era protección. Era posesión política. Y aun así, por un segundo indecente, Isadora imaginó lo que sería que esa posesión no fuera solo política. La mano que ahora colgaba a un palmo de su brazo cerrándose en la cintura. La voz baja diciéndole que olía a miedo y a otra cosa. Se odió por la imagen. Se odió más porque Kael, que no la había tocado, pareció verla pasar por sus ojos.
—Mara —dijo él, sin apartar la mirada de ella—. Agua caliente. Y quítale el gris. Quémalo si hace falta.
La mujer asintió. Isadora no se movió hasta que Kael dio un paso atrás y le devolvió el aire. Entonces sí. Siguió a Mara por el pasillo de piedra, con el corazón golpeándole en el sitio donde el vestido le apretaba y la certeza, nueva y peligrosa, de que el hombre del porche no iba a pedirle permiso para quedarse con lo que el rey había tirado.
El cuarto era pequeño. Una tina de cobre, vapor, una ventana alta que daba a un patio de tierra. Mara dejó el lienzo sobre un banco y salió sin hablar. La puerta quedó entornada, como había dicho él. Isadora se quedó sola con el agua. Se desabrochó el gris con dedos que no temblaban. La tela cayó. El aire le puso la piel de gallina en la espalda, exactamente donde anoche había estado otra mano. Se metió en la tina. El calor le subió por los muslos, por el vientre, por los pechos. Cerró los ojos. Por un momento no hubo rey ni bastardo. Solo agua y el olor a salvia que entraba por la ventana.
Cuando abrió los ojos, el azahar ya no estaba. Se había ido con el polvo. Se pasó las manos por la garganta, despacio, comprobando. Limpia. El gesto le arrancó un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Al otro lado de la puerta entornada, en alguna parte de la casa, Kael estaba decidiendo dónde iba a dormir. Y ella, con la piel todavía caliente y el nombre del rey por fin fuera de su cuello, entendió que esa decisión iba a dolerle de un modo distinto al rechazo. Porque esta vez nadie iba a devolverla al amanecer.
