Capítulo 6 Capitulo 6

La cama que no es suya

La ropa que Mara dejó sobre el banco no tenía bordado. Lino claro, suave de tanto lavado, y un cinturón de cuero fino que no apretaba. Isadora se lo puso con el pelo todavía húmedo. El tejido le rozó los pezones al pasar por el pecho y el contacto, mínimo, le recordó que llevaba horas sin que nadie la mirara con intención de devolverla. Se peinó con los dedos. No había espejo. Mejor. No quería ver si la cara que le devolvía el agua seguía siendo la de la pista.

Cuando salió, el pasillo olía a pan y a leña. Mara la esperaba con las manos cruzadas.

—El señor ha dicho que comas. Después te enseño el cuarto.

—¿El cuarto de los que no pueden salir?

Mara no sonrió. Tampoco se ofendió.

—El cuarto de los que todavía no han decidido si morder o agradecer. Ven.

El comedor era la misma sala de la mesa larga. Ahora había un cuenco de caldo, pan partido y un plato de higos abiertos. Kael no estaba. Isadora se quedó de pie un momento, midiendo la ausencia. Sentarse sola era aceptar el techo. Quedarse de pie era seguir fingiendo que el decreto no le había quitado las piernas. Se sentó. El caldo estaba caliente y salado. Le supo a algo que no había pedido y que el cuerpo agradeció igual. Comió despacio. Cada cucharada le devolvía un fragmento del día: el sol en la nuca, la voz de Kael diciendo que no devolvía lo que cruzaba, el agua de la tina llevándose el azahar. Cuando terminó el pan, la puerta del fondo se abrió.

Kael entró sin chaqueta. La camisa seguía abierta en el cuello, ahora con una mancha de polvo más oscura en el antebrazo, como si hubiera estado fuera mientras ella se lavaba. Se detuvo al verla sentada. No dijo que le alegraba. No dijo que comiera más. Se sirvió agua y se quedó de pie al otro lado de la mesa, a una distancia que no era cortesía ni amenaza. Era medida.

—El cuarto está al final del pasillo de la izquierda —dijo—. Tiene cerrojo por dentro. No lo uses para cerrarme a mí. Úsalo si alguno de mis hombres se equivoca de puerta. Mañana te diré a qué horas puedes salir al patio. Esta noche no.

Isadora dejó la cuchara. El metal chocó suave contra el cuenco.

—¿Y si salgo igual?

—Te traen de vuelta. Sin golpe. Con más polvo. Y yo dejo de fingir que te estoy dando tiempo para entender dónde estás. —Bebió. La miró por encima del borde del vaso—. No eres la primera que llega oliendo a palacio y cree que la frontera es un pasillo. Las otras pidieron carta para el rey a la segunda noche. Tú todavía no has pedido nada. Me interesa saber cuánto tardas.

El calor le subió otra vez, esta vez más bajo. No era vergüenza. Era la claridad de que él la estaba contando, igual que había dicho en el porche, y de que esa cuenta incluía el momento en que ella abriera la boca para suplicar. Isadora sostuvo la mirada. El lino le rozaba la piel cada vez que respiraba. Se dio cuenta de que él lo notaba: la forma en que el tejido se movía sobre el pecho, el pelo húmedo pegado al cuello limpio. No apartó los ojos. Tampoco los bajó a su boca. Peor. La miraba como se mira una puerta que todavía no se ha decidido a forzar.

—No voy a pedirte carta —dijo—. Ni a él. Si quieres que tarde, vas a esperar sentado.

—Tengo práctica. —Kael dejó el vaso. Rodeó la mesa despacio. No se acercó del todo. Se detuvo a un paso de su silla, lo bastante cerca para que ella oliera el polvo y la salvia y el calor de quien ha estado al sol—. El cerrojo es para ti. La ventana del cuarto da al patio interior. Si intentas salir por ahí, el patio tiene hombres. No porque tema que escapes esta noche. Porque Alaric ya debe de saber que cruzaste, y los reyes mandan gente incluso cuando han dicho que no quieren verte.

Isadora giró la cara hacia él. Desde la silla, la diferencia de altura le ponía la garganta de Kael a la altura de los ojos. Vio el pulso ahí, lento. Vio que no temblaba. La mano de él colgaba a la altura de su hombro, abierta, sin intención de posarse. El espacio entre esa mano y su piel se volvió, otra vez, un lugar que podía sentir. Se le endurecieron los pezones bajo el lino. Lo odió. Lo odió más porque él no había hecho nada más que quedarse quieto y hablar de cerrojos.

—Anoche me dijo que no buscara en el sur lo que él no me dio —murmuró—. Que aquí no hay corona. Que hay un hombre que cobra en otra moneda.

Kael no se movió. El silencio se alargó lo bastante para que ella oyera su propia respiración.

—¿Y qué le contestaste?

—Que quizá aquí alguien sepa quedarse con lo que toca.

La frase quedó entre los dos, más desnuda de lo que había estado en el umbral del palacio. Kael bajó la vista, por fin, a su boca. No fue un segundo de más como el del rey. Fue una pausa entera, deliberada, en la que Isadora sintió el labio inferior como si ya lo hubiera rozado. No lo rozó. Cuando volvió a mirarla a los ojos, algo se había asentado en su cara. No sonrisa. Reconocimiento otra vez, más hondo.

—Entonces no me hagas mentiroso —dijo, bajo—. Levántate. Te enseño el cuarto antes de que decidas que mi paciencia es una invitación.

Isadora se levantó. El movimiento la puso a un palmo de su pecho. El lino rozó la tela de la camisa de él. Un contacto mínimo, de manga contra manga, que le subió por el brazo como el agua caliente de la tina. Kael no retrocedió. Tampoco avanzó. Esperó a que ella diera el primer paso hacia el pasillo. Ella lo dio. Él la siguió sin tocarla, y esa elección —la de no ponerle la mano en la espalda como había hecho el rey en la pista— le resultó más íntima que un agarre. Porque significaba que todavía podía elegir no correr.

El cuarto era estrecho. Cama angosta, manta oscura, una jofaina y la ventana alta que él había nombrado. Kael se quedó en el umbral. No entró.

—El cerrojo está por dentro —repitió—. Si lo echas, yo puedo abrirlo. No lo hagas para probarme esta noche. Hazlo si te sirve para dormir.

Isadora se volvió. La luz del pasillo le recortaba los hombros. Tenía las manos a los lados, quietas.

—¿Y si no duermo?

—Entonces oirás la casa. Y sabrás que no estás sola en ella. —Una pausa. El viento movió la cortina de la ventana—. Mañana te diré las reglas del patio. Esta noche la única regla es que no salgas. Si sales, te encuentro. Y no voy a devolverte a la cama como se devuelve a una niña.

El silencio que siguió tuvo peso. Isadora sintió el pulso en la garganta limpia, allí donde ya no había azahar. Asintió una sola vez. No era obediencia. Era el reconocimiento de que la puerta, entornada o cerrada, ya no daba a un camino que ella pudiera tomar sola.

Kael se apartó del umbral. Antes de irse, dejó la mano en el marco, a la altura de donde habría estado su cintura si hubiera entrado.

—Isadora.

Ella esperó.

—No eres un resto. Eres lo que él tiró y yo no pienso recoger para devolver. Duerme con eso. O no duermas. Mañana seguimos.

Se fue. La puerta quedó abierta un palmo. Isadora no la cerró del todo. Se sentó en el borde de la cama, con el lino todavía fresco contra la piel y el olor a salvia colándose por la ventana, y entendió que la noche iba a ser larga precisamente porque nadie iba a entrar a terminarla.

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