Capítulo 2 EL HOMBRE CON LOS OJOS DE HIELO
Elara obedeció avanzando con pasos que aparentaban firmeza aunque por dentro sentía el corazón golpearle el pecho con tanta fuerza que temía que se rompiera en cualquier instante.
—Johnny dijo que usted tenía algo para mí.
Las risas estallaron alrededor de la mesa. Elara sintió cómo se le tensaban los hombros, no entendía por qué sus palabras habían causado la burla de esas personas.
—Tu padrastro y yo tenemos un acuerdo.
La sonrisa del hombre dejó expuesto un diente de oro entre una hilera perfecta, pero no era una sonrisa amigable, en absoluto, era una sonrisa macabra.
—¿Qué acuerdo? —preguntó, con la voz quebrándose.
—Uno bastante conveniente para mí.
Elara sintió cómo el miedo se deslizaba por su espalda como un animal vivo. Entonces Yuri se levantó. La sombra de su cuerpo se proyectó sobre ella, era más alto de lo que parecía ahí sentado, más corpulento, más intimidante. Elara retrocedió un paso, y en ese instante comprendió que algo estaba mal, terriblemente mal, como si cada fibra de su ser le advirtiera que había entrado en un terreno del que no podría escapar. Sus ojos recorrieron el lugar buscando una salida, la única estaba detrás de ella bloqueada por el grandulón que la había conducido hacia el salón.
—Tu padrastro debe más dinero del que puede pagar.
Elara tragó saliva, intentando que su voz no temblara.
—Yo no tengo nada que ver con eso.
—Claro que sí.
La sonrisa de Yuri se amplió, venenosa, como si disfrutara del miedo que comenzaba a reflejarse en sus ojos
—Tienes todo que ver, querida. Una chica como tú, joven, bonita… —le acarició la mejilla con el dorso del dedo índice, bajando lentamente hasta su cuello, deteniéndose allí con una presión apenas perceptible— virgen. —le susurró al oído, su aliento era una mezcla de alcohol y nicotina — Usarte pagará parte de la deuda de Johnny.
"usarte" la palabra le atravesó como una puntada ene l hígado.
El silencio cayó sobre la habitación. Elara sintió cómo el corazón se detenía, mientras las miradas de los hombres se clavaban en ella como cuchillos.
—Jamás aceptaría algo así —murmuró, con la voz quebrada por el miedo.
—¿Y quién dijo que tu opinión importa? —La mano de Yuri se cerró con fuerza alrededor de su cuello, y en sus ojos negros brillaba una mezcla de ira contenida y satisfacción cruel.
Elara sintió el pánico apoderarse de cada fibra de su ser. —Suéltame —gruñó, asfixiada por la presión en su garganta.
Intentó liberarse, pero Yuri la atrajo hacia él con violencia. —Escúchame bien, niña. Te conviene cooperar.
Elara le clavó las uñas en la mano con toda la fuerza que le quedaba. Yuri soltó una maldición, y ella aprovechó para empujarlo y retroceder buscando desesperada la salida. Los hombres se levantaron, algunos divertidos, otros sorprendidos, como si presenciaran un espectáculo.
Yuri observó los arañazos sangrantes en su piel. La diversión desapareció de su rostro, sustituida por una furia oscura.
—Pequeña perra.
Elara corrió hacia la puerta, pero no llegó. Yuri la alcanzó antes, la sujetó por el cabello y la arrastró hacia atrás. Ella gritó, intentó golpearlo, lo arañó otra vez, pero un golpe le estalló en el rostro y cayó al suelo. Un sabor metálico inundó su boca. Tardó varios segundos en comprender que estaba sangrando, que su labio inferior se había partido. La habitación comenzó a girar, y las voces se mezclaron con risas y murmullos indiferentes.
—Te dije que cooperaras —escupió Yuri, avanzando hacia ella con furia mientras el resto de los presentes observaban sin intervenir.
Elara retrocedió sobre el suelo, buscando una salida, cualquier forma de escapar. Entonces la puerta se abrió y bastó el sonido del metal al girar para que todo cambiara. Las conversaciones se apagaron de inmediato, las risas se desvanecieron como si alguien hubiera cortado la corriente, y hasta Yuri, que segundos antes se mostraba altivo, quedó petrificado.
Elara levantó la vista y lo vio entrar: primero los zapatos negros, luego el traje impecable, y finalmente el hombre. Alto, imponente, con una elegancia que no necesitaba ostentación. La autoridad parecía seguirlo como una sombra, tan natural como el aire que respiraba. Caminaba despacio, con la calma de quien sabe que todo lo que lo rodea le pertenece.
Sus ojos grises que parecían dos piedras de hielo, recorrieron el salón una sola vez, y bastó ese gesto para que los presentes bajaran la mirada. Algunos se apartaron, otros contuvieron la respiración, como si el simple hecho de existir en su presencia pudiera ser interpretado como una ofensa.
Elara lo comprendió sin necesidad de palabras: aquel hombre era el más poderoso de aquella habitación, incluso más poderoso que Yuri.
Su mirada se detuvo en Yuri, y después descendió hasta la sangre que manchaba el rostro de Elara. El silencio se volvió insoportable, tan intenso que Elara tenía la impresion de que el mundo entero podía escuchar su resiración entre cortada y sus latidos desbocados.
—Yuri —dijo al fin, con una voz tranquila, demasiado tranquila, tan controlada que resultaba más intimidante que un grito—. Explícame por qué encuentro a una mujer sangrando en mi salón privado.
Yuri tragó saliva, y por primera vez desde que Elara había llegado, el hombre que la había golpeado pareció pequeño, ridículamente pequeño. Elara sintió que el miedo cambiaba de forma; ya no era solo terror, sino una mezcla de fascinación y peligro. No sabía a quien debía tenerle más miedo, al hombre que acabab de golpearla o al que acababa de salvarla.
