Capítulo 3 UNA EXTRAÑA QUE DESPERTÓ EL DOLOR

—Hermano, no es lo que piensas. La voz de Yuri rompió el silencio.

Adrick no respondió de inmediato. Seguía observando la sangre en el labio de la muchacha, la marca rojiza que comenzaba a aparecer alrededor de su cuello.

—La chica se cayó —continuó Yuri con una sonrisa forzada—. Ha bebido demasiado.

Adrick levantó lentamente la mirada. Conocía a Yuri, lo conocía mejor que nadie. Sabía cuándo mentía, cuándo ocultaba algo, y aquella era una de esas veces. Suspiró lentamente. A veces se preguntaba por qué seguía tolerándolo. Quizá porque era su hermano, quizá porque era lo único que le quedaba.

Había perdido a Ekatherina, había perdido a Sergei antes incluso de tener la oportunidad de conocerlo. Toda su familia había desaparecido en una sola noche, y desde entonces el mundo se había vuelto más frío, más vacío, más silencioso. Solo quedaban dos personas: su padre y Yuri. Su padre apenas seguía respirando, y Yuri… Yuri era un desastre ambulante. Mujeres, alcohol, drogas, problemas. Siempre problemas. Y como de costumbre, él terminaba limpiando el desastre.

—Ven, Elara, querida —la voz de Yuri lo devolvió al presente—. Te presento a mi hermano, Adrick Romanov.

La joven se incorporó con dificultad. Sus piernas parecían temblar, una mano sostenía su cuello y la otra intentaba limpiar la sangre de su boca. Cuando levantó la cabeza, sus ojos verdes chocaron con los de Adrick y algo dentro de él se tensó. Aquellos ojos, aquella mirada, el miedo, la vulnerabilidad, el dolor… algo le resultó insoportablemente familiar, como una vieja herida que jamás había terminado de cerrar.

—Lo siento —murmuró ella—. Solo quiero irme. Su voz apenas fue un susurro.

—Está ebria —intervino Yuri.

Aquello preocupó a Adrick mucho más de lo que debería. Era demasiado joven, ni siquiera parecía tener edad para estar allí, mucho menos para participar en los negocios que se desarrollaban en aquel salón.

—Sí —dijo finalmente—. Creo que deberías irte a casa.

Normalmente habría terminado ahí. Normalmente la habría dejado marcharse. Normalmente jamás volvería a pensar en aquella desconocida. Pero algo se había removido dentro de él aquella noche, algo que no lograba identificar.Se acercó a Yuri.

—¿Ya le pagaste por sus servicios?

La pregunta salió en un susurro. Elara reaccionó inmediatamente.

—No soy una prostituta.

La indignación en su voz fue instantánea, genuina, como si aquellas palabras hubieran herido algo profundo dentro de ella. Aquello despertó aún más la curiosidad de Adrick.

—Entonces, ¿qué eres?

La muchacha abrió la boca, pero Yuri respondió antes.

—Solo vino por un préstamo. Intervino Yuri.

Adrick giró la cabeza hacia su hermano y vio cómo la sombra regresaba a sus ojos.

—Ya le expliqué que no hacemos caridad.

—No he venido a pedir caridad —la voz de Elara tembló—. Mi padrastro me envió aquí. Me dijo que Yuri me daría dinero. Era mi dinero. Él me lo robó y…

Las palabras comenzaron a atropellarse, luego simplemente se apagaron, como si estuviera demasiado cansada para seguir explicándose, como si ya no creyera que valiera la pena.

Adrick permaneció en silencio unos segundos. Después miró a Yuri.

—Dale el dinero.

Yuri frunció el ceño.

—¿Qué?

—Dale el dinero.

La sorpresa fue evidente, y tenía motivos para sorprenderse. Adrick rara vez intervenía, menos aún por una desconocida. Pero incluso Adrick estaba desconcertado, porque tampoco entendía por qué estaba haciéndolo.

Yuri terminó entregándole un fajo de billetes de mala gana. Elara lo recibió como si no terminara de creerlo. Durante unos segundos permaneció inmóvil, luego levantó la vista, abrió la boca pero se marchó sin decir nada más. La puerta se cerró tras ella, y bastó una mirada de Adrick para que el resto de los presentes abandonara el salón. Uno a uno, sin protestar, sin preguntar, hasta que quedaron solos.

Entonces caminó lentamente hacia la mesa.

—¿Qué demonios estabas haciendo?—Yuri rugió, —sabes cuánto nos debe su padrastro? Es...

—Cállate. —La voz de Adrick no era fuerte, pero hizo callar a Yuri al instante. —No toques a personas que no deberías tocar.

—Fue idea de Jhonny. Pero no iba a tocarla. —Yuri soltó una risa seca. —¿acaso te gustó? puiedo conseguirla para ti.

El silencio volvió a instalarse. Fue entonces cuando Adrick sintió algo presionando contra la suela de su zapato. Miró hacia abajo y apartó el pie, vio una delgada cadena de plata con un pequeño colgante en forma de corazón en el centro. Se agachó y la recogió. El corazón de plata estaba frío al tacto. Abrió la pequeña hebilla como si estuviera poseído.

Había dos fotos en el interior. En una de las fotografías estaba Elara, pero era una versión distinta, más feliz, más viva. Sus ojos brillaban, su sonrisa iluminaba todo su rostro. La tristeza todavía no había llegado. La segunda fotografía mostraba a un niño. Tendría unos ocho años, quizá menos. Algo en sus ojos le recordó a irina, su pequeña, y de nuevo sientió que algo le apretaba pecho con fuerza. La misma sensación que había experimentado al verla, la misma incomodidad, la misma necesidad irracional de proteger algo que no le pertenecía.

—Maldita sea, —murmuró entre dientes.

Sujetó el colgante con fuerza, y los bordes afilados del metal se le clavaron en la palma de la mano. Cerró el relicario, miró hacia la puerta y antes de darse cuenta ya estaba caminando. Primero despacio, después cada vez más deprisa. Atravesó el corredor, descendió las escaleras, ignoró las miradas de los empleados. Solo había un pensamiento en su cabeza: tenía que alcanzarla, tenía que devolverle aquel relicario. Y por alguna razón que no lograba comprender, esperaba desesperadamente no haber llegado demasiado tarde.

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