Capítulo 5 LOBO
Adrick caminó algunas cuadras en vano, la chica se había esfumado. Decidió regresar. Cuando volvió al salón privado, estaba vacío. Las botellas seguían sobre las mesas, las copas medio llenas permanecían abandonadas y la música llegaba amortiguada desde algún lugar lejano.
Tomó asiento, metió la mano en el bolsillo y sacó el relicario. Durante varios segundos simplemente lo observó. El pequeño corazón de plata brillaba bajo la luz tenue. Lo abrió nuevamente y la fotografía de Elara apareció frente a él. Aquella sonrisa, aquellos ojos, tan diferentes de la joven ensangrentada que había visto unas horas antes.
Y entonces ocurrió. El recuerdo regresó, violento, cruel, implacable. Ekatherina. Su esposa. El amor de su vida. La única mujer a la que había amado, la única que había conseguido atravesar todos los muros que había levantado alrededor de sí mismo. Todavía podía verla, todavía podía oler la sangre, todavía podía escuchar los gritos, todavía podía sentir el frío.
La había encontrado tirada en el suelo. La sangre escapaba lentamente de la comisura de sus labios. Sus ojos estaban abiertos, pero ya no lo veían. Miraban algún punto inexistente del techo. Vacíos. Perdidos. Sin vida. Y aun así, incluso en sus últimos segundos había intentado proteger a su hijo, Sergei. Ambos brazos rodeaban su vientre, como si pudiera esconderlo, como si pudiera salvarlo, como si pudiera evitar lo inevitable.
Años después seguía siendo incapaz de pensar en ellos sin sentir que algo se rompía dentro de él. Había llegado demasiado tarde. No había podido protegerlos. No había podido salvarlos. No había podido hacer absolutamente nada. La impotencia seguía ahí, siempre, esperándolo.
Y ahora sentía algo parecido. Una sensación absurda, ridícula. Cerró el relicario de golpe, molesto consigo mismo. Era una desconocida. Nada más.
Su teléfono vibró. El sonido rompió el silencio. Adrick frunció el ceño. Rara vez recibía mensajes en aquella línea privada. Tomó el dispositivo y se quedó inmóvil. Durante años había escuchado rumores, historias, susurros. Una organización que operaba desde las sombras, más poderosa que cualquier gobierno, más rica que cualquier corporación, más influyente que cualquier familia criminal.
La Asociación.
Durante mucho tiempo creyó que eran simples cuentos inventados por hombres desesperados por sentirse importantes. Después empezó a escuchar los mismos rumores en demasiados lugares, demasiadas veces, y dejó de parecer una coincidencia.
Su compromiso con Anastasia Volkov le había dado esperanzas: Romanov y Volkov, las dos familias más poderosas de Montreal unidas, una alianza capaz de controlar prácticamente toda la ciudad. Durante un tiempo creyó que aquello sería suficiente, que finalmente llamaría la atención de la Asociación. Pero el tiempo pasó y nadie apareció. Había comenzado a pensar que jamás sucedería.
Hasta aquella noche. Su mirada recorrió lentamente el mensaje:
ADRICK ROMANOV
La Asociación tiene el honor de extenderle una invitación oficial a la Subasta semestral.
La temática de este año será: DEPREDADORES.
Nuestros analistas consideran que el señor Romanov representa de manera ejemplar al lobo.
Un cazador nato.
Un líder de manada.
Un protector de los suyos.
Adrick soltó una carcajada amarga. Protector de los suyos. La ironía era casi insultante. No había podido proteger a Ekatherina. No había podido proteger a Sergei. No había podido proteger a Irina. Toda su manada había desaparecido. Y él seguía respirando. Solo.
Continuó leyendo. La Subasta tendría lugar dentro de cuarenta y ocho horas. Los detalles logísticos serían enviados próximamente. El mensaje desapareció y otro llegó inmediatamente después: la fecha, la hora, las coordenadas. Nada más.
Adrick dejó el teléfono sobre la mesa. La Subasta. ¿Qué demonios era exactamente? ¿Obras de arte? ¿Colecciones privadas? ¿Joyas? ¿Automóviles exclusivos? ¿Información? ¿Territorios? No tenía idea. Pero sabía una cosa: después de aquella invitación las puertas de un mundo completamente nuevo acababan de abrirse frente a él. Y no pensaba desaprovechar la oportunidad.
Llamaron a la puerta. Adrick levantó la vista.
—Adelante. Dijo escondiendo el teléfono
Nadie respondió. Frunció el ceño, se acercó y abrió. No había nadie. Solo una caja negra, pequeña, elegante. Y en el centro, un corazón plateado.
Por primera vez en mucho tiempo sintió algo parecido al nerviosismo. Tomó la caja, volvió al interior y la abrió lentamente. Contuvo la respiración. Dentro había una máscara negra, perfectamente elaborada, con pequeños diamantes incrustados alrededor de los bordes. La forma era inconfundible: un lobo.
Adrick pasó los dedos por la superficie observando cada detalle. Entonces una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—Entonces seré el lobo.
