Capítulo 6 DEPREDADORES
Un par de horas. Habían pasado solo un par de horas desde que había firmado y Elara ya estaba con Noah en su nueva habiatación en la mejor clínica de la ciudad, tal como le habían prometido. Elara apenas estaba asimilando el hecho de que había sido vendida legalmente. Cerró los ojos con fuerza y la primera imagen que vino a su mente fue el rostro de Jacob.
Recordó que la última vez que lo vio fue en el pasillo del hospital, justo después de haber firmado los documentos que aquel extraño le había dado. Jacob le había sujetado la muñeca con fuerza, con los nudillos blancos por la presión, y sus ojos marrones, normalmente amables, estaban llenos de pánico.
—Encontraré la manera de ayudarte —le había dicho —no tienes que hacer esto
Su voz temblorosa transmitía una certeza casi ingenua, como si pudiera llenar ese insondable agujero negro financiero con solo trabajar lo suficiente. Elara le había mentido, le había dicho que había firmado un contrato de trabajo y que sus nuevos jefes pagarían por todo pero que debía mudarse a otro país y nuca más volvería a verlo, una mentira estúpida y Jacob la había creído por completo, así era él; tan ingrnuo, tan gentil, tan noble, tan dispuesto a todo por Elara, pero lo único que Jacob no podía darle era lo único que Elara necesitaba: dinero.
Se puso de puntillas y le dio un largo beso en los labios agrietados, saboreando sus lágrimas saladas.
«Olvídame, Jacob, vete a buscar a una chica que no tenga que cargar con mi maldición». Pensó
Recibió un mensaje que la sacó de sus pensamientos, el número era desconocido, pero estaba firmado por la Asociación.
"Primera orden".
Decía el mensaje al que le siguió otro:
"En el estacionamiento en quince minutos". Ella obedeció con un nudo en el estómago, se sintió aliviadda al cerrar la puerta de la habiatación sabiendo que Noha recibiría la mejor atención posible, pero al mismo tiempo estaba terrada por lo que podía estar esperándola en el estacionamiento.
Cuando bajó un coche negro la esperaba, un auto de lujo, no sabía nada de autos de lujo pero aquel definitivamente lo era, cuando subió, había un papel en el asiento, tributo número 35 hoy serás preparada para la subasta.
"Subasta"? La palabra se repitió en su cabeza.
El corazón empezó a latir le con fuerza.
Los edificios fueron desapareciendo hasta que el paisaje que veía por la ventanilla se transformaba en un bosque espeso. Al fin el coche entró en una mansión. Más que una mansión, era una fortaleza moderna. Unas enormes puertas de hierro se abrieron silenciosamente, flanqueadas por guardias impasibles cuyas miradas recorrían el coche como rayos X. Cuando la condujeron al impresionante y espacioso vestíbulo, Elara casi se asfixió.
Todo era elegante, demasiado elegante. Los pisos brillaban como espejos pulidos, las paredes estaban revestidas con mármol y el aire olía a flores frescas. El último recuerdo después de llegar al lugar fue alguien ofreciendole una bebida y todo oscureciendose después de un par de sorbos.
Cuando despertó llevaba un vestido de gasa blanco marfil, cuyo dobladillo caía como una nube. Estaba en un salón amplio, no estaba sola, había otras chicas y chicos, vestidos tan elegantes como ella y que parecían igual de confundidos y aterrados
Se llevó la mano a la clavícula, era algo que hacía cuando estaba nerviosa, tocaba el collar de plata en forma de corazón que le había dejado su madre, eso la tranquilizaba, era como sentirla a su lado, cerca, muy cerca.
El collar no estaba, se había perdido en el caos del casino, pero Elara seguía buscandolo de forma instintiva cada vez que una situación la sobrepasaba.
—No te muevas. —Una voz femenina fría resonó en su oído.
Su mirada recorrió lentamente a Elara, desde su cabello hasta sus zapatos. No había hostilidad en su mirada, pero tampoco amabilidad. Solo parecía estar inspeccionando mercancía recién llegada.
Por un momento, Elara quiso encontrar un lugar donde esconderse. En ese momento, las luces del salón se atenuaron repentinamente, dejando solo una alfombra roja recta en el centro, como una vena marcando el camino al infierno. La música cambió; ya no era música clásica melódica, sino un ritmo de tambor profundo y opresivo que golpeaba el corazón de Elara con cada compás. Las puertas se abrieron. La luz la golpeó de lleno, tuvo que entrecerrar los ojos.
Durante un instante quedó completamente cegada. Cuando su vista se acostumbró al brillo, sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Frente a ellos se extendía un enorme salón. Mesas lujosas, candelabros, música, copas de cristal. Y decenas de personas observándola, todas llevaban máscaras.
Un león.
Una pantera.
Un águila.
Un lobo...
El anfitrión, vestido de esmoquin, se encontraba en una plataforma elevada, con una máscara de cuervo siniestro.
—Señoras y señores, depredadores, —resonó su voz a través de los altavoces, con un escalofrío emocionante, —Bienvenidos a la subasta semestral. Esta noche seremos testigos del cambio de propietario, de la conquista de la belleza y el poder.
Elara sintió que se le cortaba la respiración. Quería escapar, pero sus piernas se sentían como plomo. Los "depredadores" que la rodeaban fijaron sus miradas en ella a través de los agujeros de sus máscaras.
—La subasta comienza con la muestra número 35, —dijo el hombre, caminando hacia Elara.
