Capítulo 6 Fracturas invisibles

Roman llegó a casa después de un largo día de trabajo. La puerta se cerró suavemente tras él y, a pesar del rostro cansado y las incipientes ojeras que comenzaban a marcarse bajo sus ojos, una sonrisa de felicidad iluminaba su rostro. Había sido un día difícil, pero la victoria en el juicio lo llenaba de una satisfacción que lograba disipar cualquier fatiga. Se acercó a Aitana, que lo esperaba en la sala, y sin decir palabra, tomó su rostro entre las manos y lo miró con ternura.

—¡Lo logramos!— exclamó Roman, con una sonrisa radiante. —A pesar de la mala noche, logramos ganar el caso.

Aitana le sonrió, sintiendo también una alegría profunda. Roman la tomó de la cintura y, con un impulso de cariño, la hizo dar vueltas en el aire. Ella reía, llena de felicidad, disfrutando de ese momento de complicidad y amor que parecía borrar cualquier malestar.

—Prepárate—le dijo Roman, todavía con la sonrisa en los labios—. Ponte algo bonito para la cena, te llevaré a un lugar exclusivo. Hoy quiero que celebremos.

Aitana sonrió y luego la sonrisa se borró, frunció el ceño ligeramente, con una expresión de cansancio.

—No sé si puedo—se quejó—. Con Valentina aquí, no podemos ir a ningún restaurante. No aceptan niños, cariño. —  Roman bufó con frustración, cruzándose de brazos y dando un paso hacia atrás.

—Siempre lo mismo—dijo con tono molesto—. Nada es como antes. Espero que algún día podamos volver a tener nuestra vida normal, sin tener que preocuparnos por ella todo el tiempo, no es que me moleste su presencia, pero... Valentina llegó para cambiarlo todo, mi amor, y sinceramente no me agradan esos cambios bruscos.

—Lo sé—susurró Aitana, sonriendo e intentando calmarlo—. Pero ahora tenemos que adaptarnos. La niña necesita atención, no podemos dejarla sola y aún está muy pequeña para dejarla con alguna niñera, de hecho, no conseguiría una niñera en tan poco tiempo... te pido que comprendas cariño, te necesito más que nunca, necesito de tu apoyo...

Roman resopló, claramente molesto, y levantó la mano en un gesto de resignación.

—Supongo que lo mejor será pedir comida a domicilio—dijo, y sin más, se dirigió a la habitación, dejando a Aitana en la sala.

Roman se dejó caer en la cama, sintiendo una mezcla de frustración y tristeza. La presencia de Valentina había llegado como un torbellino que arrasó con su rutina y su paz. En pocos días, la pequeña había conseguido irritarlo hasta el punto de cuestionarse sus propios sentimientos. Él, que siempre había pensado que los niños eran alegres y adorables, siempre y cuando no fuesen suyos... ahora se encontraba sintiendo que su vida se había convertido en un caos.

—¿Por qué tuvo que pasar esto ahora?—se preguntó en voz baja, golpeando con la mano la almohada.—¿Por qué a mí?

Se levantó y se metió en la ducha, con la intención de quitarse esa sensación de que su momento de victoria se había arruinado. La ducha caliente le ayudó a calmarse, aunque su mente seguía dando vueltas en torno a Valentina y la incertidumbre que le provocaba el cambio en sus vidas.

Mientras tanto, Aitana, preocupada por Roman, decidió ir a la habitación. Se aseguró de que Valentina estuviera dormida en su cuna, con una expresión tranquila y relajada. Aitana sonrió suavemente, sintiendo un amor profundo por esa pequeña que había llegado para cambiarlo todo... mientras la pequeña doría, entonces ella podría tener un momento de tranquilidad e intimidad con Roman, aunque sinceramente estaba muy agotada, con los ojos ardiendo y sintiendo que nada la ayudaría más que dormir un poco, se dijo que necesitaba aprovechar aquel momento de tranquilidad con su esposo.

Sin dudarlo, se quitó la ropa y entró en la ducha con Roman. La calidez del agua y la cercanía con él la ayudaron a olvidar momentáneamente las preocupaciones. Roman, con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios, disfrutaba de la intimidad que hacía días no tenían. Los besos y las caricias iban en aumento, el agua cayendo sobre sus cuerpos, creando una especie de burbuja de felicidad en medio del caos que los rodeaba. Los labios de Roman recorrieron su cuello, sus ojos, su frente, se encontraron con sus propios labios en un beso ardiente, mientras las manos de él la acariciaban encendiendo los rincones de su ser.

Pero la calma fue interrumpida por un largo grito infantil, seguido de un llanto desconsolado. Roman maldijo en voz baja, cubriéndose los oídos por un momento.

—¿Qué demonios pasa ahora?—murmuró, con fastidio.— ¿no se supone que estaba dormida?

—Lo estaba... juro que estaba dormida.

Aitana, con una expresión de disculpa en su rostro, se secó rápidamente con una toalla y salió de la ducha, ignorando el enfado de Roman. Se enrolló en la toalla y se dirigió hacia la cuna, donde Valentina se removía inquieta, despertada por el hambre y la confusión, sus pequeños cabellos muy rojos contrastaban con las sábanas blancas de la cuna, y sus enormes ojos verdes estaban muy abiertos y llenos de lágrimas. La pequeña lloraba con una intensidad que parecía partir el corazón de cualquiera.

—Ya voy, mi amor—le susurró Aitana, acariciándole la cabecita—. Ya llegue, tesoro, la tía Tana está aquí.— le dijo con cariño.

Roman se quedó en la ducha, frustrado. La interrupción le recordaba que, en medio de su victoria, había otra batalla que librar. La presencia de Valentina le había robado la tranquilidad, alterando su rutina y poniendo a prueba su paciencia. En pocos días, esa pequeña había logrado despertar en él sentimientos que no esperaba: irritación, frustración y un cierto resentimiento por la forma en que su vida había cambiado... si antes había dudado de ser padre algun día, ahora estaba completaente seguro de que jamás tendría hijos.

¡Gracias por la experiencia, Valentina! Pensó con amargura.

—¿Por qué no puedo tener un momento solo para nosotros?—pensó, apretando los dientes.—¿Por qué todo tiene que ser así?

Terminado de ducharse, salió envuelto en una toalla y se secó el pelo, intentando ordenar sus pensamientos. La imagen de Valentina en brazos de Aitana, con esa expresión de hambre y necesidad, le recordó lo que realmente importaba. Aunque no hubiese sido su plan tener hijos, ahora esa pequeña era parte de su vida, y quizás, solo quizás, tendría que aprender a aceptarlo... Aitana lo necesitaba, se veía tan cansada y aún así luchaba por la niña, porque sabía que no tenía a nadie más.

Mientras tanto, en la habitación, Aitana acababa de calmar a Valentina, que ahora estaba tranquilamente entre sus brazos mientras se chupaba el dedo. Miró a la niña con ternura, sintiendo una mezcla de amor y tristeza por lo que estaban atravesando. Se acercó con cuidado, colocándola en la cuna y ajustando la mantita.

Luego, con una sonrisa tranquila, salió de la habitación, dejando que la niña descansara. Se vistió rápidamente, dejándo la maraña de cabello rojizo atada en un moño desordenado, luego se dirigió a la sala donde Roman la esperaba, con una expresión cansada pero determinada.

—Roman—le dijo suavemente—, sé que esto no es fácil para ninguno de los dos. Pero Valentina necesita de nosotros. Y aunque las cosas hayan cambiado, todavía podemos encontrar momentos de felicidad... Yo te necesito Roman, esto será una pequeña temporada mientras me acostumbro a ella y aprendo como cuidarla.

Roman la miró y, por primera vez en ese día, soltó un suspiro profundo. La tomó de la mano y la miró a los ojos.

—Lo sé, Aitana. Solo que a veces siento que todo se me escapa de las manos. Pero si ella es parte de esto, entonces también tengo que aprender a cuidarla y amarla, aunque no haya sido mi plan. Te amo cariño, realmente te amo y quiero que esto siga funcionando como hasta ahora.

Aitana sonrió, tomando su rostro entre las manos y besandolo con agradecimiento.

—Juntos podemos con esto. Solo necesitamos paciencia y amor.— le dijo con cariño— te amo, cariño. Te amo muchísimo.

Roman la abrazó, sintiendo que, a pesar de los obstáculos, aún había esperanza. La tormenta había llegado, sí, pero también había una promesa de calma, de un futuro en el que aprenderían a ser una familia, con sus errores y aciertos, pero sobre todo, con mucho amor.

Y en ese momento, en medio de la noche, la casa volvió a la tranquilidad, aunque solo fuera por un instante, antes de que otro grito infantil volviera a romper ese silencio. Pero ahora, Roman y Aitana estaban allí, unidos, listos para afrontar lo que viniera.

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