Capítulo quinientos diez

El segundo en que me giro para salir de la cuna en la que alguien me puso (probablemente ese árbol plantado a mi derecha), una ola de mareo me golpea seguida de una oleada de náuseas. La combinación me obliga a cerrar los ojos y me quedo congelada con las piernas colgando por el borde de la cama.

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