Capítulo quinientos setenta y siete

Todo esto es culpa de ella. Sus flores silvestres están invadiendo la cocina y no puedo respirar nada que no sea ella.

Mis ojos se fijan en donde ella está, dormitando en el sofá, y grito:

—¡Oye!

Se sobresalta, mirándome con esa mirada de doble tono, cada uno de sus ojos brillantes recorriendo cad...

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