Capítulo quinientos ochenta y ocho

Recostada en la cama, mi mente divaga hacia lo que acabo de hacer y lo absolutamente fuera de lugar que fue. Arrodillarse ante un hombre —cualquier hombre— siempre ha sido algo que no podía imaginarme haciendo, a menos que, quizás, me dispararan en los tobillos o me cortaran los pies —incluso ento...

Inicia sesión y continúa leyendo