Capítulo 2 La cabaña
El rugido del motor diésel de la camioneta era lo único que amortiguaba el silencio sepulcral dentro de la cabina. Andrés conducía con la mandíbula tan apretada que sentía los dientes a punto de estallar. Las manos, enfundadas en los guantes tácticos, se aferraban al volante con una fuerza que hacía crujir el cuero. Había tenido que abortar el búnker de los muelles de inmediato; un error de esa magnitud significaba que sus tiempos se habían reducido a cero. Si la policía o la seguridad de Sandoval encontraban el auto original, la red de búsqueda se cerraría sobre él antes del amanecer.
A su lado, en el asiento del copiloto, Daniela permanecía hecha un ovillo, con las rodillas pegadas al pecho y los ojos fijos en la negrura de la carretera de montaña. Ya no lloraba a gritos. El llanto ruidoso había mutado en un temblor constante, un estado de shock donde el aire entraba y salía de sus pulmones en siseos cortos y agónicos. Tenía las manos atadas al frente con bridas de plástico negro, las mismas que Andrés le había colocado tras descubrir su verdadera identidad.
—¿A dónde me llevas? —preguntó ella. Su voz era un hilo frágil, apenas un susurro que rasgó la monotonía del motor.
Andrés no respondió. Mantuvo la vista al frente, observando cómo los faros delanteros cortaban la densa niebla de los bosques de pino que bordeaban la frontera estatal.
—Por favor... —insistió Daniela, volviendo el rostro hacia él. La luz del tablero iluminaba de abajo hacia arriba sus facciones, acentuando las ojeras oscuras y el rastro de las lágrimas secas en sus mejillas—. Se lo juro por mi vida, no sé quién es esa Valeria de la que hablaba en el auto. Soy contadora. Trabajo en la firma de la calle 42. Vivo sola. Nadie va a pagar un centavo por mí...
—Sé perfectamente quién eres, Daniela —la interrumpió él. Su voz sonó como el eco de una tumba, carente de cualquier emoción—. Y sé que no vales nada para el hombre que busco.
—Entonces déjame ir. Déjame en la próxima gasolinera. No diré nada, no vi tu cara, no sé quién eres...
Andrés soltó una risa amarga, un sonido seco que erizó los vellos de la nuca de Daniela.
—Viste mi rostro en el almacén. Sabes que soy un exagente. Y lo más importante: ya estás en el tablero. Si te suelto ahora, Sandoval sabrá que voy tras su hija. Te interrogará, te torturará para saber qué te dije, y luego te matará solo para borrar el rastro. Estás viva porque estás conmigo, Daniela. Aunque ahora mismo pienses que soy tu peor pesadilla.
Ella se tragó un sollozo, comprendiendo la macabra lógica de sus palabras. La traición del destino era absoluta. Estaba atrapada no solo por su captor, sino por una red invisible de monstruos que ni siquiera conocía. La desesperación la invadió de nuevo, una opresión en el pecho tan fuerte que sintió náuseas.
La camioneta abandonó el asfalto y se adentró en un camino de tierra serpenteante, oculto por la vegetación. Ramas bajas golpeaban los costados del vehículo como garras que intentaban detenerlos. Finalmente, los faros iluminaron una estructura de madera oscura y piedra: una cabaña rústica, camuflada entre los árboles, que Andrés había preparado meses atrás como su plan de contingencia absoluto. Un refugio que nadie, ni el gobierno ni sus antiguos enemigos, tenía registrado.
Andrés apagó el motor y las luces. La oscuridad los envolvió por completo.
—Baja —ordenó, rodeando el vehículo para abrir la puerta del copiloto.
Daniela intentó moverse, pero sus piernas, entumecidas por el frío y el pánico, no respondieron bien. Tropiezo al salir y cayó de rodillas sobre la tierra húmeda y las hojas secas. Andrés la sujetó de inmediato por el brazo, levantándola con una mezcla de brusquedad y una extraña e involuntaria firmeza protectora. Al contacto con su piel a través de la tela del abrigo, una descarga extraña pareció cruzar entre ambos. Andrés la soltó casi al instante, como si se hubiera quemado.
La empujó suavemente hacia el porche de la cabaña. Abrió la cerradura de alta seguridad con una llave magnética y la obligó a entrar.
El interior olía a madera de pino, a pólvora limpia y a encierro. Andrés encendió una lámpara de gas que bañó la estancia principal con una luz ámbar, cálida y parpadeante. El espacio era austero: una chimenea de piedra apagada, una mesa de madera con un mapa topográfico, un sofá de cuero viejo y, al fondo, una sola cama matrimonial con mantas pesadas. En las paredes, varias armas cortas y rifles de precisión colgaban ordenados con una simetría militar que helaba la sangre.
Daniela se quedó de pie en el centro de la sala, temblando incontrolablemente. La combinación del frío exterior y el terror absoluto la hacían castañear los dientes.
Andrés se acercó a ella con un cuchillo táctico en la mano. Daniela contuvo el aliento, cerrando los ojos esperando el golpe fatal, pero solo escuchó el chasquido del plástico cortándose. Sus manos quedaron libres. Al abrirlos, vio que él había retrocedido y la observaba con una intensidad perturbadora.
Andrés la recorrió con la mirada. A pesar del desastre de su ropa, de la lluvia que había arruinado su cabello y del pánico que desfiguraba su rostro, Daniela poseía una belleza salvaje, una pureza que chocaba violentamente con el entorno violento en el que se encontraba. El instinto masculino de Andrés, dormido durante años bajo una capa de odio y dolor, reaccionó de una forma que lo enfureció. Sintió una punzada de deseo, un calor súbito en la pelvis que consideró una traición a su propia misión.
—Quítate el abrigo húmedo —dijo él, intentando mantener la voz áspera para ocultar su propia perturbación—. Hay ropa seca en el arcón junto a la cama. No me sirves enferma.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó ella, frotándose las muñecas marcadas por las bridas.
—Mantenerte aquí. Hasta que encuentre la forma de atraer a Sandoval sin que tú seas un cabo suelto.
Daniela caminó lentamente hacia la cama, sintiendo la mirada de Andrés clavada en su espalda como un hierro ardiente. La tensión en el aire ya no era solo de peligro de muerte; algo más denso, un magnetismo oscuro y prohibido, empezaba a llenar el espacio cerrado de la cabaña. El miedo de Daniela comenzó a transformarse en otra cosa: una desesperación que nublaba la razón, la necesidad primitiva de aferrarse a la vida, al calor del único cuerpo humano que estaba cerca, aunque ese cuerpo fuera el de su verdugo.
