Capítulo 3 Negociación básica
La lámpara chisporroteó, proyectando sombras sobre las paredes de la cabaña. El silencio de la montaña pesaba en el ambiente, roto únicamente por el crujido lejano de las ramas bajo el viento. Daniela se había quitado el abrigo y ahora vestía una camiseta de algodón gris, demasiado grande para ella, que había encontrado. Le caía a medio muslo, dejando al descubierto sus piernas desnudas, que aún conservaban un leve temblor.
Andrés estaba sentado a la mesa, desarmando una pistola Glock con una parsimonia mecánica y aterradora. Sus dedos largos limpiaban cada pieza con un paño, pero sus ojos oscuros no se apartaban de ella. Había una fijeza depredadora en su mirada, una intensidad que a Daniela no solo le causaba temor, sino que encendía una vibración desconocida y ardiente en su estómago.
Daniela respiró hondo, intentando que el aire estabilizara sus pensamientos. Como auditora, su mente estaba entrenada para encontrar orden en el caos, para analizar riesgos y buscar salidas numéricas cuando los números no cuadraban. Su vida racional había sido destruida hacía unas horas, pero el instinto de supervivencia le dictaba que el miedo paralizante solo la llevaría a la tumba. No sería una víctima pasiva.
Cruzó la estancia con pasos lentos, sintiendo el frío del suelo de madera bajo sus pies descalzos, y se detuvo al otro lado de la mesa, justo frente a él.
—Necesitamos hablar —dijo ella. Su voz, aunque baja, ya no tenía el temblor quejumbroso de antes. Tenía el filo de la determinación.
Andrés no levantó la vista de inmediato. Deslizó el resorte de la recámara de la pistola con un chasquido metálico antes de fijar sus ojos en ella. Una ceja oscura se elevó sutilmente.
—¿Hablar? —repitió, con una inflexión cargada de ironía—. Estás en una cabaña en medio de la nada, secuestrada por un hombre armado que se equivocó de objetivo. No estás en una posición donde se hable, Daniela. Estás en una posición donde se obedece.
—Cometiste un error —replicó ella, apoyando las manos en el borde de la mesa, inclinándose ligeramente hacia él. La camiseta se holgó, revelando por un instante la curva de sus clavículas y la sombra del nacimiento de sus pechos. Andrés lo notó; sus pupilas se dilataron casi imperceptiblemente—. Un error que te expone tanto a ti como a mí. Dijiste que, si me soltabas, ese hombre, Sandoval, me mataría para no dejar rastros. Eso significa que, nos guste o no, nuestros destinos están ligados hasta que esto termine. Y yo no pienso pasar el tiempo que me quede aquí tratada como un animal de matadero. Exijo condiciones.
Andrés soltó una carcajada seca, un sonido áspero que resonó en las vigas del techo. Dejó las piezas del arma sobre la mesa y se reclinó en la silla, cruzando los brazos sobre su pecho musculoso. La camiseta negra que vestía se tensaba contra sus hombros.
—¿Condiciones? Tienes agallas, te lo concedo. La mayoría de la gente en tu lugar estaría suplicando de rodillas o hiperventilando en un rincón. Muy bien, contadora. Sorpréndeme. ¿Cuáles son tus exigencias?
—Primero, privacidad —dijo Daniela, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Sé que la cabaña es pequeña y que hay una sola cama. Pero exijo que respetes mi espacio. No quiero que me toques a menos que... a menos que sea estrictamente necesario para mi seguridad.
Andrés la recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en sus labios, que aún tenían un pequeño rastro de sangre seca, y luego en la forma en que el tejido fino de la camiseta se marcaba contra sus pezones endurecidos por el frío y la tensión. Un calor denso, pesado y puramente físico se instaló entre sus piernas. El deseo que había sentido antes regresó con la fuerza de un golpe de corriente.
—Privacidad —repitió Andrés, con voz más ronca—. Concedido. Dormiré en el suelo, junto a la puerta. No tengo intenciones de compartir esa cama contigo... a menos que tú me lo pidas. ¿Qué más?
Daniela tragó saliva, ignorando la provocación y el súbito vuelco que había dado su corazón ante la mención de la cama.
—Segundo. Comunicación básica. Necesito saber qué está pasando afuera. Si mi ausencia ya fue reportada, si mi familia me busca. No quiero estar a oscuras mientras el mundo se cae a pedazos.
Andrés negó con la cabeza de inmediato.
—No. Olvídalo. No habrá teléfonos, no habrá internet, ni radios de onda corta que puedan ser rastreados. La seguridad de este lugar depende de su aislamiento absoluto. Te diré lo que consideré necesario que sepas sobre los movimientos de Sandoval y de la policía, pero nada más. No negociaré la seguridad de este perímetro.
Daniela apretó los puños sobre la mesa. La desesperación amenazó con romper su fachada de control, pero se obligó a mantener la compostura.
—Está bien —cedió, con los dientes apretados—. Pero la tercera condición no es negociable. Quiero comida, agua limpia y acceso al baño sin que me vigiles como a una criminal. No estoy encadenada, Andrés. Si intentara escapar por esa puerta en medio de la tormenta, moriría congelada de todos modos. Lo sabes tú y lo sé yo. Trátame como a una invitada forzosa, no como a una prisionera.
Andrés la observó en silencio durante un largo minuto. Evaluó la postura de la mujer, la mezcla de terror genuino y el orgullo salvaje que la empujaba a plantarle cara a un hombre que podría acabar con ella en un segundo. Había una dignidad en Daniela que lo desarmaba, una pureza que contrastaba con la podredumbre del mundo de traición y venganza en el que él había vivido los últimos dos años. Y, por encima de todo, estaba ese magnetismo animal, esa atracción eléctrica que flotaba en el aire, volviendo el ambiente denso y difícil de respirar.
Finalmente, Andrés se puso de pie. Su altura imponente obligó a Daniela a dar un paso atrás, teniendo que levantar la cabeza para seguir mirándolo a los ojos. Él se acercó tanto que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el olor a tabaco y lluvia que lo envolvía.
—De acuerdo, Daniela —dijo, su voz descendiendo a un susurro peligroso y cercano—. Comida, agua y privacidad para tu aseo. Pero que quede algo muy claro entre nosotros. —Él extendió una mano y, rompiendo la primera regla que acababan de acordar, rozó la mejilla de ella con el dorso de sus dedos enguantados. El contacto hizo que Daniela ahogara un suspiro y que un escalofrío le recorriera la espina dorsal—. Estás bajo mi techo y bajo mi protección. Si rompes las reglas, si intentas sabotear algo o si juegas a ser la heroína, la negociación se termina. Y créeme, no quieres ver lo que pasa cuando me olvido de ser un caballero.
Daniela sintió que las piernas le flaqueaban, no solo por la amenaza implícita, sino por la oleada de deseo explícito y prohibido que la caricia de ese hombre acababa de desatar en su interior. Asintió lentamente, incapaz de articular palabra, consciente de que el peligro real en esa cabaña ya no era solo el arma sobre la mesa, sino la inevitable atracción que amenazaba con consumirlos a ambos.
